Buscar blog.com.es

MENTIROSOS

por amagomis @ 2008-05-09 - 10:59:57

Ya saben que el famoso escritor francés André Malraux, era bastante fabulador también en lo que concernía a su vida privada. Vamos, que mentía cada vez que hablaba. No mantuvo, como se pensaba, con Mao y Nehru las conversaciones que describe detalladamente en su libro "Antimemorias". No fue uno de los pioneros de la Resistencia francesa, sino que se unió a ella cuando vio que funcionaba. Tampoco fue el héroe guerrillero que decía, sino un jefe de despacho con las manos ocupadas de órdenes. Su evolución política asimismo resulta curiosa. En los años 30 declaraba ser comunista y defensor del estalinismo, pero después de la Segunda Guerra Mundial pasó a aceptar el cargo de Ministro de Cultura en el Gobierno conservador y nacionalista del general De Gaulle. Todo esto lo encontré en una biografía de Malraux, de más de setecientas páginas, escrita tras varios años de investigaciones por Oliver Todd. El señor Todd opina que Malraux se forjó su propia leyenda y era "un actor extraordinario, casi un personaje de tebeo".
Lo cierto es que la mayoría de los escritores se forjan su propia leyenda y exageran sus méritos. Seguramente Cervantes no luchó en Lepanto, ni estuvo cautivo en Argel, ni era manco. Luego la leyenda crece y se multiplica. Cervantes era un poeta pésimo, un dramaturgo mediano y un gran novelista. Y a los grandes novelistas no hay que hacerles demasiado caso, porque mienten. La mentira no es que sea un género literario, es que es el género de los géneros. La mentira es la propia literatura. No se le puede pedir a un escritor que se pase el día transcribiendo mentiras a los folios y que luego, en su vida privada, sea un tipo sincero. Los escritores, como casi todos los empleados de oficina, de vez en cuando se llevan trabajo a casa, y le mienten a su mujer, a sus amigos, a sus editores, a los periodistas, incluso a sí mismos. Casi debería poder afirmarse que los buenos escritores, como lo era Malraux, son los que más y mejor mienten. Lo falso, engañoso e incierto es tan necesario en nuestras vidas, que sin ello seríamos apenas unos seres reales, medibles y catalogables, simples cuerpos carentes de esa capacidad fantaseadora que nos permite creer que el alma existe. Quiero decir con esto que todos tenemos sueños que sobrepasan los límites de la cruda realidad, porque vivir sumidos en la verdad concisa puede resultar deprimente.
Si Malraux era feliz mintiendo a todo el mundo, exagerando y dándose importancia, mejor para él. Ahora me interesa más como escritor. Voy a volver a leerle.

Amado Gómez Ugarte


 
 

EL ASESINO EN SERIE

por amagomis @ 2008-05-03 - 20:53:28

Dicen que Artemio Arauca era un criminal, también dicen que era una buena persona y que nunca mató a nadie por la espalda ni de dos balazos. Tenía mujer y cuatro hijos, a los que llevaba al cine todos los viernes por la noche y a los que hacía regalos siempre que cobraba algún trabajo. Se encontró en la modesta biblioteca de su casa una estantería llena de libros de Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Wade Miller, Charles Williams, Ross Macdonald, Hadley Chase, Jim Thompson y Chester Himes. Se ve que era un hombre leído en lo suyo. También se halló un pequeño cuaderno donde anotaba cuidadosamente el nombre, el lugar y la fecha de todas sus víctimas, acompañado de algunas notas en las que comentaba qué había sentido al apretar el gatillo. El cuaderno era de tamaño reducido, con hojas de un octavo, pero como escribía en letra minúscula y clara cabían muchos nombres. Más de cien muertes se le atribuyen. Su esposa no quiso creerlo, dijo que era una maniobra del casero, maldito codicioso, para desalojarlos del departamento y poner otro inquilino que pagase más alquiler. Dijo que el dueño era un hombre odioso, que siempre se inventaba quejas del ruido de los niños y de la máquina de coser. Porque la mujer de Artemio Arauca cosía, a veces toda la noche, para ganarse un sueldo con que ayudar en la economía familiar. Las vecinas dicen que cosía bien y que su marido era un hombre amable, al que nunca se le vio borracho, y que siempre daba los buenos días en la escalera y estaba dispuesto a ayudar con cualquier peso que hubiera que acarrear. Pero sí se creen que pudiera ser un asesino, pues tenía un punto extraño en la mirada y no podía girar el ojo derecho. También dicen que el bigote que llevaba era idéntico que el de los matones del cine. Andan todas haciéndose cruces de las veces en que se lo han encontrado por los descansillos y que podría haberlas asesinado allí mismo. Les dan pena los hijos, que se los llevaron a un internado mientras investigan si la mujer tenía algo que ver. Pero les gusta que los periodistas merodeen por el barrio y les pregunten su opinión. Desde que ocurrió todo esto van más a menudo a la peluquería, no fuera a ser que alguien les haga alguna foto que salga en los diarios. La policía dice que siguen investigando y que el difunto opuso resistencia, por eso lo mataron, pero que no encontraron el arma con que opuso la resistencia, porque las armas a veces desaparecen, como es habitual en tantas investigaciones. El cabo Larrouy, que fue quien disparó, asegura que el sospechoso se llevó la mano al bolsillo y sacó un objeto, pero que no había luz suficiente para ponerse a identificar qué tipo de arma o lo que fuera sostenía en la mano. Dicen que la culpa es de los libros que leía el tal Arauca, que seguramente lo volvieron loco y lo empujaron al delito. El caso sigue abierto, pero ya no se sabrá nunca nada más. Porque dicen algunos periodistas, pero lo dicen en voz baja, que Artemio Arauca trabajaba para algún diputado, quitándole de en medio los estorbos, y que a la policía no le va a interesar llegar al fondo de la cuestión. Otros dicen, sin embargo, en voz alta, que hay que dejarse de tanta mitología política, culpa de las películas yanquis, y pensar que el tipo ése era un matarife muy modesto, por cuenta propia, que se sacaba unos billetes haciendo encargos de poca monta, a tanto el muerto, y al que seguramente contrataban mujeres hartas de sus maridos, prestamistas a los que las víctimas no podían ya pagar o gente que quería librarse de alguien y no sabía cómo. De todos modos, tampoco han aparecido los muertos. Se sabe por la libreta que fueron tiroteados, pero nadie ha denunciado sus muertes ni en funeraria alguna se dio parte de su entierro. Además, en esta ciudad, los escapes de los automóviles suenan igual que el estampido de las armas, con lo cual nadie se preocupa demasiado por semejantes ruidos. Artemio trabajaba en una pequeña oficina del Estado. Dicen que llevaba los papeles de los jubilados. Un trabajo mal pagado, pero fijo, que le tenía ocupado hasta las dos y treinta de la tarde. Después, dicen, pasaba el resto del día maquinando sus crímenes. Su mujer asegura que nunca salía de casa, que solamente se entretenía, sentado en el sofá de la pequeña sala, pasando las hojas de los malditos libros. Pero hay testigos en todos los barrios de la ciudad, que afirman de modo tajante haberlo visto merodeando a todas horas por las calles. Como la señorita Sebastiana Rodríguez, de cuarenta y tres años y soltera, que está bien segura de que ese hombre la seguía con frecuencia hasta el portal de su casa, e incluso lo había comentado con algunas vecinas, pero ellas no habían querido creerla. O como el señor Luis Feter, dueño de un quiosco de prensa y chucherías, el cual ha reconocido al interfecto como el hombre de los caramelos, un tipo que le compraba todas las tardes una bolsa de dulces y la repartía entre los niños del lugar, a saber con qué intenciones... Hay doscientos diecisiete testimonios en todo Maracaibo, de personas honradas, que juran ante la Biblia haberlo visto rondando sin descanso por las aceras y las plazas, incluido el del ciego Patrocinio Gil, vendedor ambulante de lotería, tabaco, preservativos, sellos de correos y medias finas de señora. En la oficina del Estado donde trabajaba nadie quiere decir nada, todos hablan en corrillos, pero nadie suelta prenda, porque el jefe ha dicho que es una gran mancha la que ha dejado Artemio Arauca, oficial de tercera, en la institución, y que el daño es irreparable. El jefe anda cabizbajo temiendo que le puedan incluso cesar, por no haber sabido detectar un monstruo así entre sus empleados. Y dice que si le cesan se irán todos con él a las cavernas, incluido el conserje, y serán todos rebajados de categoría y sueldo, y antes de irse abrirá un expediente a cada uno y será el llanto y el crujir de dientes. Así que en la oficina están de eterno funeral, y ya nadie sale a tomar el café de la mañana ni ganas tienen de palmearle las nalgas a la mecanógrafa. Y Azcúnaga, que ocupaba la mesa más cercana a Artemio Arauca, con el que intercambiaba algunas palabras y un pitillo que otro, es ahora señalado por todos con el dedo. Dicen que si alguien podía saber que Arauca era un criminal tenía que haber sido él, y que por su culpa se la van a cargar todos. Hace días que no le saludan, por mucho que el pobre Azcúnaga insista hasta desgañitarse en que sólo hablaban del tiempo, las condiciones laborales y las piernas de la mecanógrafa. Y los jubilados que atendía personalmente Artemio han pedido todos revisar sus expedientes, por si se había cometido algún crimen también con sus pensiones, y hay un enorme montón de papeles sobre la mesa vacía del difunto Arauca, y colas de viejos quisquillosos, protestando a todas horas, que nadie quiere atender. Y varias veces han tenido que llegarse las fuerzas de orden para calmar a los más exaltados. Lo peor es que alguien con ganas de medrar a cuenta ajena le ha ido con el cuento al mismo subsecretario, y han anunciado desde arriba que cualquier día inesperado les caerá una inspección. En el Bar Florida, que queda enfrente de la oficina, nadie ha vuelto a ocupar la mesita del rincón, donde se sentaba un rato Artemio a tomar su café. La gente se la queda mirando y pasa de largo, como si fuera un lugar maldito. El dueño del bar la ha limpiado con lejía y avisado a los clientes, pero ni por esas. Dicen que las manchas del alma no se quitan frotando. Así que, por el bien del negocio, ya está pensando en traer a un cura para que eche unas bendiciones y que todos lo vean. A ver si así todo vuelve a la normalidad y el recuerdo del endiablado asesino se diluye en el tiempo como los azucarilllos en el líquido hirviente. Quien no podrá ya nunca olvidar el rostro de Artemio Arauca es el guardia Echevarri, que fue quien lo atendió en la comisaría cuando a Artemio se le ocurrió aquel día pasar por allí a preguntar cuántos años le caerían a un asesino en serie. Al guardia le pareció muy extraña la pregunta y además de no contestarla decidió investigar a aquel tipo. Ahí comenzó todo. A Echevarri lo ascendieron a raíz de esto y ahora tiene un pequeño despacho compartido con dos inspectores. Dicen que encontraron un apartado de correos a nombre de Artemio, donde le llegaba todos los meses un giro en efectivo por el importe de sus servicios. No era mucho dinero, pero suficiente para darse unos caprichos. Por eso hacía regalos a sus hijos y a su mujer, y los llevaba al cine todos los viernes, cosas que no puede permitirse un funcionario decente. La culpabilidad de Arauca estaba demostrada. Y por si fuera poco, con el dinero le llegaba una nota que decía textualmente: "Como pago del ASESINO EN SERIE". Así que los policías se fueron a su casa y la revisaron de abajo a arriba, y encontraron la libreta. Luego, cuando llegó Artemio y, tratando de explicarse, sacó del bolsillo su estilográfica, ocurrieron los disparos y la historia se acabó, al menos para él. En la oficina de correos, la señorita Nancy recuerda que aquel hombre llegaba todos los meses dos veces, una a primeros para mandar un sobre grande a una revista de esas de papel de pulpa que cuentan historias policíacas, la otra a finales para recoger el dinero. Pero a ella nadie le preguntó por los envíos a la revista, sólo le preguntaron por el dinero. Y, por supuesto, no estaba dispuesta a meterse en líos. Así que contestó a lo que le preguntaron y basta. Recordaba que el hombre era amable y que alguna vez imaginó que pudiera estar interesado en ella. Le gustaba que llegase y desearle un buen día y aceptar de buen grado su sonrisa. Pero el hombre nunca le insinuó nada ni le pidió una cita ni siquiera le dijo un piropo. Sólo era amable. ¡Lástima!, pensó ella tantas veces. Un escritor, eso es lo que debía ser, un escritor de historias de detectives y asesinos, ésas que se venden y cambian en los quioscos. Pero a ella nadie le había preguntado por eso y no estaba dispuesta a meterse en líos. En la redacción de la revista "Círculo del Crimen" no habían vuelto a recibir los relatos de Elliot Brave, el autor de EL ASESINO EN SERIE, que estaba teniendo bastante éxito. Los lectores lo reclamaban. Pero el tal Elliot Brave había desaparecido. Cuando Artemio Arauca tuvo la infeliz idea de acercarse hasta la comisaría más cercana para resolver un problema que no le permitía concluir una de sus historias criminales, no sabía que esa oscura profesión que practicaba bajo seudónimo como un sobresueldo después de las horas de oficina, y que ocultaba incluso a su esposa, podría costarle la vida. Artemio nunca se hubiera atrevido a presentarse en la comisaría de no ser porque últimamente Elliot Brave le dominaba y le infundía un cierto valor que él no poseía. Pasó dos noches enteras meditando sobre la pena que impondría la ley a su asesino en serie. Necesitaba saberlo para acabar con él. Estaba harto de su personaje, de pasarse las tardes anotando posibles maneras de cometer un crimen, embebido en el ambiente sórdido que sus historias exigían. Estaba cansado de observar días azules y describir cielos grises, de engañarse y engañar a los lectores, a cambio de unos billetes a fin de mes, de contar de mil modos diferentes la misma maldita historia. De relatar en primera persona las andanzas asesinas de ese diabólico Elliot Brave que se había inventado, un prototipo de homicida bien parecido y sin escrúpulos, de labios finos y crueles y sonrisa estática, que cometía media docena de crímenes por capítulo. Él no era así, era un pacífico ciudadano, amante de la paz y la familia, y decidió que había llegado el momento de acabar para siempre con el asesino. Así que contra su costumbre, aquella tarde, tomando prestado un poco del valor y la osadía que le confería la literatura, salió de casa y se acercó a la comisaría más cercana a preguntar. Dicen que a su entierro acudieron muy pocos y que la lluvia disolvió las escasas lágrimas que allí se derramaron. Dicen que la viuda quemó, antes de marcharse, todas las novelas policíacas que constituían la pequeña biblioteca de su esposo, en una pira que amontonó en el patio, y que algunas vecinas le ayudaron. Y dicen que se quedó mirando cómo se esparcían las cenizas y los trocitos negros de papel volaban cielo arriba, cielo abajo. También dicen que poco después casó en segundas nupcias con un tipo guapo, de labios delgados y perpetua sonrisa, que nunca levantó la más mínima sospecha, a pesar de llevar un bulto del tamaño y la forma de un revólver debajo de la americana.
FIN

Amado Gómez Ugarte

Este relato fue publicado por entregas en el diario El Mundo.
Las imágenes de la publicación:

null
null
null

QUEDADA EN CANTABRIA

por amagomis @ 2008-04-29 - 10:23:32

null

El pasado fin de semana, el gran Ofernan (Octavio) y un servidor, con nuestras respectivas jefas, hemos estado en Cantabria: Noja, Isla, Galizano, Langre, Ajo, Somo, Santoña… Recuerdo a Octavio una mañana, en el salón del apartamento, recitando en voz mediada a León Felipe:

Yo no sé muchas cosas, es verdad
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos...
Que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos...
Que el llanto del hombre lo taponan con cuentos...
Que los huesos del hombre los entierran con cuentos...
Y que el miedo del hombre
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas es verdad.
Pero me han dormido con todos los cuentos...
Y sé todos los cuentos.

Son estas grandes cosas, los buenos ratos con los amigos, las que hacen que uno disfrute de la vida. Octavio es un tipo fenomenal, un pozo de sabiduría y de ingenio. Y fue un placer compartir con él y con Pilar, el tiempo y la palabra. Lo cual me recuerda lo bien que lo pasamos mi jefa y yo el año pasado cuando nos visitaron Gloria (bendita) y Manolo.

null
Vaya dos: la sarna y la tos.
Al fondo la espectacular playa de Langre con sus acantilados.

TODO UN HEROE

por amagomis @ 2008-04-24 - 14:54:30

Le lancé un zurdazo al hígado y un derechazo a la mandíbula. El homínido se tambaleó unos instantes y me miró con ojos casi humanos. Medía más de dos metros y su peso rondaría los doscientos kilogramos. Así que, cuando su espalda golpeó violentamente el suelo, hubo un pequeño temblor de tierra en el área de combate.
Los Grumpys agitaron sus antorchas de llama azul en la oscuridad nocturna y rugieron maldiciones contra mí. Era su prisionero y esperaban divertirse a mi costa, no que les noquease a su mejor animal luchador.
Las ramas de las viejas coníferas estaban repletas de pájaros-picairis, devoradores de ojos, que sacudían el plumaje gris azulado de sus alas bajo los rayos de una luna mediada. Una orquesta de músicos ciegos entonaba los sones inconfundibles de una triste y anticuada canción de duelo, titulada: “Murió el tiempo de la golondrina bajo el alar del tejado”. Al ritmo de cuyas notas plañideras se acostumbraba antiguamente a enterrar a los muertos. Cuando a los muertos se los enterraba, porque aún no escaseaban los alimentos.
El jefe Grumpy dio la orden de que soltasen el siguiente animal. Dos de sus esbirros, babeando como niños de pecho, retiraron el cerrojo de la jaula. Sus risas idiotas acallaron, durante unos instantes, los aullidos de la fiera. Pero, en cuanto se hubo abierto la puerta metálica, enmudecieron y corrieron a esconderse tras la alambrada espinosa. A mi vez, reculé también, hasta sentir en la espalda el contacto del alambre. Esta vez se trataba de un mastín asesino, más grande que un lobo solitario, un perro gigante acostumbrado a la carne humana. Los espectadores aplaudieron ardorosamente en las gradas, y a muchos les castañeaban los dientes por la emoción. Esperaban poder presenciar una carnicería. Sin embargo, yo estaba entrenado para luchar no contra uno, sino contra dos o incluso tres de esos animales, y mi espíritu no se inmutó lo más mínimo. Avancé hacia él. Le mostré, ostensiblemente, el desnudo cuello y esperé su salto. Se trataba de aprovechar su instintivo impulso para hundir, a modo de puñal, los dedos de la mano diestra –lo más profundamente posible- en sus entrañas.
Se mantuvo suspendido en el aire apenas unas décimas de segundo. Después emitió el último aullido de su vida. El bullicio cesó de inmediato. Las bocas de los Grumpys se quedaron abiertas de asombro, hasta el punto de amenazar con desencajarse. De sus ojos brotaron mudas lágrimas de desencanto. La orquesta siguió tocando, porque eran ciegos. Pero cientos de objetos lanzados certeramente contra sus cabezas les hicieron comprender que el ambiente no estaba para músicas.
El jefe Grumpy, pálido como la luna y manteniendo la compostura a duras penas, gruñó a sus guardias lanceros que me atacasen. Eran doce, todos mancos del brazo izquierdo. En el otro sostenían la lanza, de cuya destreza en el manejo dependía la longevidad de su vida. A paso marcial se situaron en dos filas de a seis. Los componentes de la primera fila tomaron impulso y arrojaron sus lanzas contra mi persona. Desvié una con el hombro y dos con los antebrazos. Las otras tres iban mal dirigidas y no tuve necesidad de molestarme en esquivarlas. La segunda fila de lanceros entró en acción. Estos con mejor puntería, pues a pesar de que logré zafarme incólume de cinco de los proyectiles, el sexto me rozó levemente el costado, de donde comenzó a manarme un hilito de sangre. Tal vez fue eso lo que me encolerizó: percibir el color violáceo de la sangre propia serpenteando flanco abajo a través de mi torso desnudo. El caso es que embestí furioso contra los guardias, y acabaron todos enredados en la cerca espinosa, gritando desconsoladamente de dolor. Ya que, al intentar salir de ella, las férreas púas se les clavaban más y más, produciéndoles terribles heridas en la casi totalidad de la superficie de sus cuerpos.
Una tempestad de desolación asoló los graderíos. Parte del público comenzó a pedir injusticia. Otros callaban, pero asentían con la cabeza. En la tribuna principal tenían sus asientos los ancianos sabios, máximas autoridades en cuestiones de ética y moral convencional, y hacia ellos se volvieron todas las miradas. Hubo por su parte reunión de cabezas, cuchicheos, murmullos, bisbiseos y algunas malsonancias expresadas en voz comedida. Finalmente, el coro de ancianos se levantó solemnemente de sus asientos y proclamó; “Nos guste o no, hay que cumplir las escrituras. Para eso se escribieron”. El jefe Grumpy tragó saliva y, entre sollozos, tomo de un arca un viejo y empolvado libro y leyó: “Sea el más fuerte de los seres humanos, el más valiente, el más inteligente, el vencedor de las bestias y los hombres, quien merezca el beso de la mujer hermosa”.
Sonó una trompeta y, tras una cortina de tintineantes estrellas plateadas, asomó la figura de una diosa. Cabellos bermejos, cintura esbelta, rostro moldeado en ternura. Los Grumpys morían de envidia. Apretaban los puños, se mesaban los cabellos, golpeaban sus cabezas contra el suelo. La mujer hermosa llegó a mi altura, sonrió como le habían enseñado, y posó sus rojos y brillantes labios en los míos.
El timbre del despertador comenzó a sonar con insistencia. Desperté hecho un lío con las sábanas. La almohada yacía derrotada a los pies de mi cama. Miré de reojo hacia la esfera del reloj. Sus agujas fosforescentes indicaban las siete cuarenta y cinco. Tenía el tiempo justo de darme una ducha tibia, desayunar y salir corriendo para la oficina.
En realidad soy un tipo flaco y bajito, incapaz de matar una mosca al primer golpe. Pero, en sueños me comporto como todo un héroe.

Amado Gómez Ugarte

(Este pequeño relato ha sido escrito con la intención de ironizar sobre algunos actuales héroes literarios y cinematográficos, que no ofrecen sino violencia e insensatez. Héroes que, por otra parte, son los preferidos de la mayoría de los jóvenes. En protesta)

EL DIA DEL LIBRO

por amagomis @ 2008-04-22 - 16:32:08

Como todos los años en las mismas fechas, llegaba el funcionario Gómez al pueblo con su furgoneta cargada de libros. Libros de todos los tamaños y todos los colores, apilados en desorden en la parte trasera. Doblaba la esquina de la calle principal y entraba con estruendo de bocina en la plaza. Los vecinos salían de sus casas y rodeaban el vehículo, sabían que había llegado la diversión. Los niños corrían con alborozo gritando el nombre de Gómez, los viejos se abrían paso con lentitud, pero con persistencia, dispuestos a llevarse algunos ejemplares. Pronto la cola era multitud. Nadie en el pueblo quería quedarse sin sus libros y sabían que las existencias se agotaban con prontitud. Las mujeres preferían las novelas escritas por mujeres. Antonio Gala era su escritora favorita, pero también eran capaces de llegar a los empujones por un libro de Espido Freire, Rosa Regás, Laura Freixas, Pepa Roma, Luisa Etxenike, Marcela Serrano, Clara Janés, Isabel Allende, Lucía Etxebarría o Ana Rosa Quintana. Los hombres se decantaban por Tolkien. Y los niños, indudablemente, por Pérez Reverte y Stephen King. Los libros de poesía también tenían su público, más minoritario pero igualmente entusiasta. Los poemarios y reediciones de Pablo Neruda, José Hierro y Gamoneda siempre encontraban quién los solicitase.
Gómez salía de la furgoneta entre vítores y gritos de júbilo y rogaba a la multitud que guardasen la fila y las formas.
-No se preocupen que hay para todos -proclamaba-. Nadie se va a quedar en el Día del Libro sin diversión.
Muy cerca de la plaza, en un solar vacío, los empleados municipales preparaban la hoguera en la que poco después los vecinos arrojarían los libros a las llamas.

FIN

Amado Gómez Ugarte

Neverending Story

por amagomis @ 2008-04-15 - 15:17:49

Natalia Krunch acababa de ser enterrada. Dos metros por encima de ella, un grupo de personas, pertinentemente ataviadas para el acto, rodeaba su tumba.
Estaba Viktor Boom, su esposo, sosteniendo un pequeño ramo de flores; su ex esposo, Willy Gómez, con su actual mujer, Martina Keller; la ex esposa de su esposo, acompañada de un apuesto pretty-boy, llamado Mario, que ella misma había usado en varias ocasiones; el editor de sus libros, Peter Books, un anciano decrépito y verde, de cuyo brazo colgaba el de una jovencita rubia de no más de veinte birthdays. En segunda fila, algunas amigotas de juergas sabatinas, con los ojos enrojecidos, tal vez por la resaca o por el llanto, y varios familiares lejanos, de esos que sueñan en vano con herencias inexistentes. También asomaba la cabeza de su modista, la señorita Dressmaker, y un par de peluqueros, los señores Bald y Wig, que probablemente la echarían en falta más que nadie. No faltaban, por supuesto, Octavio Fluff, su depilador de piernas y sobacos de los jueves por la tarde, ni Amado Black, el corrector de estilo literario que la editorial le había impuesto, y con el cual se acostaba mentalmente -así lo llamaba ella- a fornicar con el lenguaje.
Natalia lo veía todo de un modo extraño, sin necesidad de abrir los ojos. Le resultaba cómodo estar muerta, observando a los presentes sin que ellos lo notasen. Podía acercar la mirada a su voluntad, como con un zoom, y ver los primeros planos de sus rostros. Así descubrió que su marido, Víktor, consumado actor de teleseries, forzaba la faz triste de un modo exacto a cuando interpretó “Viudo con hijos”, su éxito más renombrado. O que la jovencita acompañante de Peter Books tenía un vívido amorotamiento en un ojo, que ni siquiera el espeso maquillaje podía disimular del todo. Descubrió arrugas seniles en las comisuras de los labios de Martina Keller; un par de preocupantes sombras en la mirada de Willy, su ex esposo, que seguramente tendrían que ver con sendas deudas de juego que su actual esposa se habría negado a costearle; la hendidura de un lujurioso mordisco en los labios carnosos de Mario; los destellos metálicos de un diente de plata en la afligida boca de la señorita Dressmaker; una especie de sonrisa mística, elevada, como de alguien que acabara de liberarse de un pesado yugo, por parte de su corrector literario, Amado Black. Descubrió, incluso, que su depilador, Octavio Fluff, usaba peluquín.
Se rió abiertamente, a carcajada limpia, durante un buen rato, de todos ellos. Ahí se quedaban, con sus estúpidas vidas sin sentido, sus falsos sentimientos, con sus cirrosis, artrosis y neurosis. Ella se iba derecha al infierno, por arpía y por haberse suicidado en primavera, pero prefería eso que seguir viviendo en ese mundo ficticio, literario, sin un atisbo de verdad, ni de amor, ni de esperanza.
Antes de decir el adiós definitivo, escupió unas maldiciones y su mirada buscó más allá de la gente, entre los cipreses, los postreros rayos de un sol que también moría. Después, se hizo la oscuridad y se sintió arrancada y transportada, como una hoja arrastrada por el viento. Se encontró atravesando un negro túnel. A su costado, un cartel luminoso indicaba: “Próxima parada Hell Street”. Unos instantes después regresó la luz. Estaba recostada en un diván de la salita de su casa. En las paredes sus cuadros de Leger y Kandissky, sobre la mesa su juego de té oriental, los ceniceros de plata, las figuritas de vidrio de Murano. Sonó el teléfono. Era su marido, Víktor Bloom, explicándole que llegaría tarde a dormir, que mejor se acostase sin él: “Han decidido hacer una nueva versión de Viudo con hijos, ¿no es maravilloso? Sonó el teléfono de nuevo. Esta vez se trataba de Willy Gómez, su ex marido, que quería pedirle un préstamo. En el cuarto de al lado se oía el teclear de la máquina de Amado Black, cambiando todo lo que ella escribía, y su voz gangosa recordándole en voz alta: “Pero, querida Natalia, la protagonista de la historia no puede apellidarse Nipples, es de mal gusto. Entiéndelo”.
Sobre una bandeja dorada estaba depositado el correo. Abrió una carta al azar. Era una factura de sus peluqueros. Abrió otra. Una factura de la modista. Abrió aún una más. Peter Books, su editor, le recordaba que si para finales de mes no hacía entrega definitiva del original de la novela, satisfactoriamente concluido, la demandaría en los tribunales.
Una vez más retumbó el timbre del teléfono. Sus amigas la invitaban a una bacanal de fin de semana en un antiguo monasterio reconvertido en apartamentos de lujo. Habían contratado a dieciséis tipos disfrazados de monjes para amenizar la fiesta.
Llamaron a la puerta. Fue a abrir. Era jueves. Entró Octavio Fluff, portando su instrumental de tortura: los tarros de cera y el calentador. “Vengo a hacerle la entresaca semanal”, dijo, frotándose las manos.
Natalia sufrió una crisis de rabia incontenible. Creía haber acabado para siempre con todo eso. Corrió escaleras arriba, hacia lo más alto del edificio. Abrió una ventana de par en par y se tiró.
Natalia Krunch acababa de ser enterrada…

Amado Gómez Ugarte

EL POEMA

por amagomis @ 2008-04-07 - 15:15:27

El tipo de mi derecha bostezaba y el de mi izquierda entrecerraba los párpados. La mitad del público dormitaba luchando contra el sopor por mantener un mínimo de atención, y la otra mitad dormía sin complejos. El orador, un señor muy mayor que hablaba despacio, muy despacio, estaba tratando de defender la poesía contra la maldita sociedad de consumo que había dejado a un lado los sentimientos y la cultura por la que tantas personas, él incluido, habían trabajado sin descanso toda su vida. Leyó unos versos suyos y luego unos de Shakespeare. El runrún de las respiraciones se hacía por momentos más evidente. Yo era el único despierto. De pronto alguien comenzó a aplaudir y todo el público estalló en una atronadora ovación. El viejo conferenciante se quedó atónito, con la palabra en la boca.
-No he concluido -dijo-. Tengo aún dieciséis folios por leer.
Pero nadie le hacía caso. La gente se levantaba apresuradamente de sus asientos y se estiraba de la siesta. Algunos miraban sus relojes. Una mujer se acercó al orador con un libro en la mano, que extendió ante el anciano solicitando su firma.
-Este libro no lo he escrito yo -dijo el viejo con desconcierto.
-No importa -le respondió la mujer-. Yo sólo quiero una firma. El autor es lo de menos.
Esperé a que todos salieran y me dirigí al anciano que estaba recogiendo los folios y guardándolos en un maletín. Algunas hojas se le resistían y él las empujaba con mano temblorosa.
-Perdone -le dije-. Yo no entiendo nada de poesía, pero me han dicho que usted tiene un piso que no usa en la calle Bastardillos; y yo, precisamente, estoy buscando un piso de alquiler. Así que quizás podamos llegar a un acuerdo. Mire, le puedo pagar como mucho trescientos euros. El piso será viejo y tendrá mucho que reparar, me imagino.
-No sabe usted nada de la vida, joven -me dijo-. En ese piso vivió Max Estrella, el más grande poeta imaginario. No lo alquilo por menos de ochocientos. Los sueños también se cobran.
-Pero usted acaba de quejarse en la conferencia de la sociedad de consumo -le espeté.
-De modo que usted me ha estado escuchando -dijo como para sí-. Pues sepa que en materia literaria debemos defender la utopía, pero en materia inmobiliaria le repito que mi piso vale ochocientos euros al mes, y sin retrasos. Pero ya que ha sido usted el único que ha escuchado mi conferencia le voy a dar una oportunidad: si es usted capaz de escribir un poema que yo considere bueno, le rebajaré el alquiler a trescientos. Y no trate de engañarme ni plagiar a otros autores, debe ser suyo o nada. Tiene veinticuatro horas de plazo. Mañana, a la misma hora, vuelvo a dar una conferencia aquí. Si viene y me lee su poema, yo decidiré. Por cierto debe recitarlo ante el público.
El viejo se largó con su maletín. Hablaba despacio pero caminaba rápido. Se perdió puerta afuera, a pasos raudos, dejándome boquiabierto. Yo no había pensado en mi vida en escribir unos versos, pero lo cierto era que ese piso a trescientos euros resultaba una verdadera ganga. Una oportunidad difícil de dejar escapar. Llevaba un año entero detrás de un piso céntrico y sólo había conseguido desesperarme. Pensé de pronto que, tal vez, escribir unos versos no fuese tan dificultoso. Al fin y al cabo, van una línea debajo de otra y con unas pocas líneas ya tienes un poema. Tenía un día entero de por medio. Me fui a tomar una cerveza.
Escogí un café de esos a los que dicen que van los literatos. Las mesas estaban bastante ocupadas por tipos con pinta de no haber comido caliente en varios días y tipas que fumaban y soltaban palabrotas. Encontré a duras penas un hueco y me senté cerca de uno de esos grupos.
-A mí, si me dan a escoger entre el realismo y el nominalismo, me quedo con el conceptualismo, porque el término medio no es la mediocridad, como defienden algunos, sino el punto de inflexión del pensamiento, como defiendo yo -estaba diciendo un tío gafoso que despedía saliva al hablar, como si regase con su sabiduría el mundo.
Me cagué por lo bajo en su padre. Estaba claro que en ese lugar nadie me iba a ayudar a escribir algo tan simple como un poema. Era gente muy complicada. De todos modos, saqué un pedazo de papel y un bolígrafo y le pedí al camarero una caña. Una muchacha cercana ojeó en mi dirección y, tras lanzarme una bocanada de humo, me preguntó qué estaba escribiendo. Le dije que un poema y me miró como si estuviera viendo una aparición.
-Ya no se hace poesía -dijo-. Está pasada de moda. Ahora lo que se lleva es el plagiograma, que consiste en copiar párrafos completos de otros autores y con ello fabricar tu propia obra. Tengo un amigo que con Gabriel García Márquez y Julio Llamazares hizo un relato superbonito que se titulaba "El amor en los tiempos de la lluvia amarilla".
-Pero yo necesito hacer un poema -le expliqué-. Un poema auténtico, un poema original, verdadero...
-Desengánchate de eso -me cortó-. Mira, si quieres te puedo pasar unas pastillas que te dejan mucho más puesto y no provocan después efectos secundarios. Lo de la poesía es muy peligroso, te mueres de hambre y no tienes ningún reconocimiento social, te conviertes en un marginado. Yo estuve saliendo hace unos años con un poeta y fue horrible, sólo pensaba en comer y en sacarme dinero para pagarse la pensión, comprarse ropa... Mi padre acabó retirándome la Visa.
Mi trozo de papel seguía en blanco. Sólo necesitaba llenarlo con unos malditos versos. No era para tanto. Un piso céntrico merecía cualquier sacrificio. Estaba cerca de mi oficina, a un paso de todo. Nada más que por el ahorro en taxis, ya valía la pena. El problema era que no encontraba un modo de comenzar. Lo difícil para mí siempre habían sido los comienzos, ya siendo niño me costó comenzar a hablar, comenzar a andar, comenzar a la escuela, comenzar a integrarme en una pandilla. Más tarde, me costó encontrar el primer trabajo, la primera novia... Y ahora buscaba un piso porque quería comenzar a ser independiente. Y también me costaba. Manoseé el papel, un tanto nervioso. Puse la punta del bolígrafo encima y quise escribir una palabra, la primera palabra, cualquier palabra, me daba igual. No podía. Mi rostro se crispó en un gesto de impaciencia o desesperación. La chica que anteriormente me había hablado, se acercó más a mí.
-Oye, si tan necesitado estás, yo puedo presentarte a un tío que te puede ayudar -dijo en mi oído-. Pero que quede entre nosotros, porque el tío este no está muy bien visto por aquí. Ganó un premio literario hace unos meses y nadie se lo ha perdonado. Ahora es un tipo solitario y triste que vaga por los bares de la zona oscura de la ciudad.
-¿Y tú crees que ese tío querrá ayudarme? -pregunté.
-Tendrás que invitarle a beber -respondió-. Yo si quieres te acompaño y te lo presento. Por cierto, también tendrás que invitarme a beber a mí.
Me fijé más en ella. Vestía de oscuro, con la falda muy corta, y llevaba el cabello como si se hubiese vaciado en él un bote entero de laca. Nos levantamos y la seguí. Los tipos de la mesa nos siguieron con la mirada mientras uno de ellos decía: "El escritor debe tener una función de oráculo de la sociedad". Y otro le respondía: "Ni hablar. El escritor debe ser mudo, ciego y sordo. Ya hay suficientes idiotas que opinan en el mundo". Cuando llegamos a la puerta los dos conversadores se estaban enganchando en una pelea improvisada y los demás trataban de separarlos.
-Son inofensivos -dijo la chica-. En realidad, lo que les ha fastidiado es ver que yo me marchaba contigo. Se creen que porque de vez en cuando les escucho, ya soy suya. Hablan de modernismo, pero siguen viviendo en Neanderthal. Yo no hice filología hispánica para acabar aguantando a unos escritorzuelos de tres al cuarto. Aspiro a alguno que esté en la lista de los más vendidos.
La zona oscura tenía poca iluminación, callejas tortuosas y bares mugrientos. Mientras buscábamos al tipo que me iba a ayudar, la chica se detenía en todos los bares y pedía unas copas. Yo abría la cartera y pagaba. Llevábamos recorridos media docena de antros sin que el tal tipo apareciese.
-¿Estás segura de que anda por aquí? -dije.
-Mira, si no lo encontramos, te pago todo esto con un polvo -dijo-. Tú no sales perdiendo y yo tampoco.
Ya empezaba a hacerme a la idea, cuando cruzó un bulto entre las sombras de la calle. Iba de orilla a orilla como escondiéndose del resto del mundo.
-Es él -dijo la chica.
Nos precipitamos en su seguimiento y lo alcanzamos un recodo después. Al principio nos miró con recelo, pero luego reconoció a la chica.
-Es que andan buscándome unos editores que quieren darme una paliza, porque publiqué el otro día un artículo en un periódico reivindicando los derechos de los autores a conocer el número exacto de ejemplares vendidos de sus obras -masculló.
La chica le contó mi problema, que necesitaba escribir un poema. El tipo expulsó aire en un hondo suspiro. Hizo una señal para que la chica se le acercase y le dijo algo al oído.
-Dice que le des para una botella de Güisqui -me repitió ella.
Le alargué un billete. El tipo lo cogió, miró para todos los lados y me pasó un papelito. En ese momento salieron de un portal dos hombres grandes y de aspecto rudo y me cayeron encima como fardos arrojados de un camión.
-Cógelo, cógelo -decía uno al otro-. Que no se escape. Éste lo tiene.
El otro me sujetaba contra el suelo. Vi cómo la chica y el escritor se largaban a toda velocidad. Durante un momento se escuchó el sonido de los tacones de sus zapatos repicando sobre el asfalto. Estaba solo con los dos matones. Me tenían a su merced.
-Somos policías -dijo uno-. Y te vas a venir con nosotros a comisaría. Mira por dónde hoy hemos pescado un pececillo...
Los dos rieron, y pronto llegó un coche patrulla en el que me introdujeron sin muchos miramientos. Yo iba en el asiento de atrás con uno de ellos.
-Oigan, hay un error -pronuncié-. Yo sólo soy un pacífico ciudadano que quería escribir un poema...
Volvieron a reír al unísono. El que conducía tocó incluso la bocina para mostrar su hilaridad.
Intenté convencerles de mi inocencia, pero sin éxito. El que iba a mi lado se hizo el gracioso y dijo:
-Así que un poema, eh. ¡Te parecerá poco delito...!
En cuanto llegamos a la comisaría me metieron en una celda que había en el sótano. Un policía más mayor que los otros, que debía ser el jefe, bajó a hablarme un rato después.
-Hemos encontrado el papel, pero no lo que contenía -dijo-. Será mejor que nos digas por las buenas qué demonios has hecho con la mercancía.
-¿Qué mercancía? -dije-. Yo sólo quería escribir un poema... Y entonces la chica me llevó donde el escritor y...
-Esa jerga es nueva -dijo-. De qué zona eres tú. ¿No habrás venido directamente de Colombia para trapichear por aquí?
-Le digo que yo sólo quería escribir un poema -repetí.
Pero el tío se lo tomó a mal y amenazó con partirme la cara si no dejaba de hacerme el loco. Se largó y regresó poco después.
-Está bien -dijo-. Tú lo has querido. Te daremos un laxante por si te has tragado la bolsita.
Tuvieron que sujetarme entre tres, pero lo consiguieron. Me tomé el laxante. Pronto mi estómago y mis intestinos empezaron a revolverse como cuando un huracán voltea un barco y los restos del naufragio aparecen esparcidos por la costa. Los restos de mi naufragio fueron examinados por la policía.
-¡Maldita sea! -gritó un poli-. Siempre me tocan a mí estas porquerías. Cuando hay que cachear mujeres, van otros, pero las inmundicias siempre para mí. Y encima para nada. Porque aquí no hay ninguna bolsita.
-Será que no lo ha echado todo -dijo el jefe-. Que tome más laxante.
Para cuando se convencieron de que no me había tragado nada, mis intestinos estaban erosionados como una de esas costas demolidas por el furibundo ir y venir de las olas. También me hicieron vomitar, por si acaso. Me dejaron en paz unas horas, seguramente mientras decidían qué hacer conmigo. Me tumbé en un estrecho catre y hasta me hubiera quedado dormido de no ser porque algo después metieron a empujones a un tipo malcarado que gritaba que la navaja no era suya.
-¿Y tú por qué estás aquí? -me preguntó mientras me echaba una ojeada.
-Yo sólo quería escribir un poema... -dije.
El tipo se apartó de mí como de la peste y se puso a vociferar suplicando que le sacasen de allí, que yo tenía pinta de marica y que no estaba dispuesto a que le violasen. Armó tal alboroto que le pasaron a otro calabozo. Desde allí me miraba todavía con cierta angustia.
-A mí no me vuelve a pasar -dijo-. Que ya sé yo cómo se las gastan los que escriben versos...
Se escuchaba, arriba, la conversación de los policías. Parecían enfadados.
-La habéis vuelto a fastidiar -sonaba la voz del jefe-. Si no hay bolsita no hay delito. Para qué coño me sirve a mí este trozo de papel que le habéis encontrado. Habrá que ponerlo en la calle por falta de pruebas. Desde luego, sois lo más tonto que hay en esta comisaría, hasta un tipo con pinta de membrillo como ése os la ha pegado...
Algo después me abrieron la puerta del calabozo y me llevaron hasta la puerta de salida, donde me esperaba el jefe para despedirme.
-Confiesa dónde está la cosa ahora que aún estás a tiempo -me dijo-. Si te pillamos otra vez será peor. Tu cara no se me va a despistar tan fácil, ¿comprendes?
Me agarré el estómago y di un paso hacia afuera. En ese momento me acordé de algo y me volví.
-Quiero que me devuelvan el papelito que me han quitado -dije-. Lo necesito para escribir un poema.
Se notaba que el tipo dudó un instante entre agredirme o hacer caso de mi petición. Pero, finalmente, me lo entregó. Esperé a estar completamente fuera para leerlo. Era un trozo de página arrancada de un libro. Decía: "Un soneto me manda hacer Violante, que en mi vida me he visto en tanto aprieto; catorce versos dicen que es soneto..."
No seguí leyendo. Se me cayó el alma a los pies. Me habían hecho tomar un frasco entero de purgante, eran más de las cinco de la mañana, y de todo esto nada más había sacado que un montón de horas perdidas y un viejo y sucio papel en el que alguien, algún tipo antiguo y engreído, había dejado escrito lo fácil que resultaba para él hacer un poema. Juré en voz alta maldiciendo a todos los escritores, vivos y muertos. Estaba cansado, pero no tenía ganas de acostarme. Se me habían quitado. Vi amanecer el sol sobre los tejados. Los primeros transeúntes comenzaron a poblar las calles y las plazas. Las persianas de las cafeterías se iban abriendo de una en una como las flores se abren a la luz. Olía a café y a bollos y a churros recién fritos y a mantequilla. Pero yo no podía comer hasta que se me pasase el efecto del purgante. Me deleité, no obstante, con los aromas. Y en eso estaba, respirando para alimentarme, cuando la vi. La misma chica que anoche me había acompañado, sólo que ahora iba vestida y peinada como cualquier otra mujer. Trató de pasar por mi lado haciéndose la despistada. La agarré del brazo.
-Ni se te ocurra pasar de largo -dije-. A mí no me engañas porque te hayas lavado la cara. Pero esta vez no te vas a escapar corriendo.
-No podía hacer otra cosa -dijo-. Si te detiene la pasma te soba entera. Además, yo llevaba encima unas pastillas y algunas bolsitas. Pero me he estado acordando de ti toda la noche.
-Yo también de ti -pronuncié en tono irónico.
Le enseñé el papel.
-¿Qué es esta mierda? -pregunté.
-Una especie de manual de instrucciones -dijo mirándolo-. Pero está más anticuado que el catecismo.
-¿Y ahora qué? -dije irritado-. ¿Cómo coño hago yo un poema?
La chica me miró.
-Oye, yo entiendo que haya adictos al sexo, al alcohol, a las drogas, incluso al fútbol. Pero lo tuyo con la poesía es algo enfermizo, peligroso -dijo-. Mejor que no me metas en tus aberraciones. Mira, yo puedo pasarte unas pastillas o nos agarramos una buena borrachera o echamos un polvo. Pero nada más. Si quieres enfangarte, enfángate tú solo.
-Pero yo... -balbuceé-. El poema...
-No puedo perder más el tiempo contigo -dijo mirando al reloj-. Llego tarde al trabajo. Pero acepta un consejo: olvídate de la poesía. Te lo digo porque lo sé, trabajo en la sección de ventas de una librería.
Y cruzó corriendo la calle. Yo también intenté cruzar la calle tras ella. Por supuesto, me atropelló un automóvil. Vi unos rostros a mi alrededor que me observaban con morbosidad, posiblemente regocijándose con mi dolor, luego dejé de ver. Desperté sobre una cama de hospital. En la cama de al lado había un hombre muy pálido e inmóvil. Intenté hablar con él pero no me contestó. Me dolía la cabeza, un hombro, una pierna y todas las costillas. Entró una enfermera y me dijo que debía quedarme allí veinticuatro horas en observación, y que mejor me estuviese quieto y callado como el muerto de la cama de al lado, porque si no me tendría que poner unas cuantas dolorosas inyecciones. En lo alto de la pared de enfrente había un reloj que indicaba las siete y media.
-¿Estamos en la mañana o en la tarde? -le pregunté a la enfermera.
-La tarde -dijo.
-¡Dios! -exclamé-. ¡Tengo que hacer un poema! ¡Un poema!
-Ay, virgencita -dijo la enfermera-. Voy a buscar al médico. Este hombre está muy mal...
Me levanté. Mis ropas estaban sobre una silla. Me vestí entre dolores. No tenía tiempo que perder, la conferencia del viejo sería en media hora. Apenas llegué al ascensor vi que por el pasillo llegaba la enfermera con un médico que llevaba en la mano una camisa con correas. Apreté el botón de bajada. A la salida del hospital había una parada de taxis. Tomé el primero de la fila y le dije que me llevase a la Casa de Cultura. Me miró con recelo y me pidió el dinero del viaje por adelantado.
-No, no -dijo seguro de sí mismo-. Si usted es uno de esos tipos que escriben, quiero ver primero el dinero, que luego hay problemas. A un compañero de profesión uno de esos escritores le quiso pagar una vez con un libro. A ver para qué cojones quiere nadie un libro...
Me llevé la mano al bolsillo del pantalón, donde siempre llevaba mi cartera. Pero no estaba. Alguien se la había quedado después del atropello. Tuve que bajarme del taxi. El taxista no atendió a mis explicaciones, me puso de patas en la calle. Y me miró meneando la cabeza de lado a lado, como si fuera un conocedor de la naturaleza humana que acaba de acertar en sus apreciaciones. Tuve que tomar un autobús urbano. El conductor estaba acostumbrado a que se le colasen y apenas me llamó cara dura y un par de epítetos más. La verdad es que ya no me importaba que me insultasen. Tuve que andar un tramo hasta el lugar de la conferencia. No sabía bien por qué me molestaba en ir si no tenía el poema. Era una especie de atracción fatal hacia el destino. Antes de entrar a la sala miré mi imagen reflejada en el cristal de la puerta. Llevaba un parche sobre el pómulo, otro en la ceja, varios hematomas en la frente, el pelo revuelto, una barba incipiente sobre el cutis, la ropa sucia y mal abotonada. Parecía uno de esos tipos destartalados que tanto les gustan a las mujeres si son cantantes o artistas famosos, y que tanto les disgustan si son simples oficinistas.
El viejo orador había comenzado ya la conferencia. En la sala reinaba un silencio adormecido que yo rompí con mis pasos sobre la crujiente madera del suelo. Todos me miraron. El orador cesó en su discurso y se dirigió a mí:
-¿Ha escrito el poema, joven? -dijo elevando las cejas en actitud interrogativa.
Me vino de pronto toda la sangre a la cabeza y toda la rabia. Me paré frente a él y respondí:
-Odio la poesía, odio los sueños, las esperanzas falsas, odio las frases bellas y vacías, la enferma melancolía y toda esa maldita mentira disfrazada de hermosura que pretende disimular la realidad. Odio a los escritores y me niego a escribir versos, porque los versos hacen daño, duelen, maldita sea, duelen como heridas abiertas.
-Me gusta -dijo el viejo-. Ha sido usted capaz de hacer un poema. El piso es suyo.
Pero ya no estaba seguro de que quisiera alquilar un piso y vivir como todo el mundo, ateniéndome a la rutina de un horario y unas costumbres sociales preestablecidas. Porque ahora que, por fin, había escrito un poema, me sentía diferente. Joder, ahora era un poeta…

Amado Gómez Ugarte

UNAS FOTOS

por amagomis @ 2008-03-31 - 11:24:41

Primero de todo comunicaros que la revista IPOETINOMADI me ha incluido en sus novedades del mes de marzo. Podéis verlo en esta dirección:

IPOETINOMADI

Y como he pasado unos días de vacaciones, os incluyo unas fotos de mi estancia en LA GOMERA.
null
null
null
null
null
null
null
null
null
null

CERRADO POR VACACIONES

por amagomis @ 2008-03-18 - 13:47:40

null

El vídeo es de una canción titulada LA BALADA DEL ERRANTE. La letra es del escritor Gonzalo Ostagain. La música y la voz del cantante Luis Vil. Buena música y buena letra.

LAS DOCE ROSAS

por amagomis @ 2008-03-11 - 15:32:13

Como suele decirse, cualquier parecido de esta historia con la realidad es pura fantasía, y los nombres y las situaciones aquí relatadas son fruto único y exclusivo de la imaginación del autor. Y, aunque pudiera no parecerlo, esto es un homenaje a un poeta leonés galdakanizado, al que admiro. Lo que sucede es que mis homenajes son, por lo general, de juzgado de guardia. Pero homenaje sí que es. Lo juro. Ja, ja...

-¿De dónde dices que es el gañán ese que escribía versos y que se confesó culpable de las doce muertes?
-De Cabañeros, una pequeña pedanía de Laguna de Negrillos, en el páramo leonés, por donde corren el Órbigo y el Esla. Todos allí opinan que era una buena persona, incapaz de matar una mosca y más bien ocupado en sus ensoñaciones que en la realidad del mundo.
-Pues que se lo cuenten a las doce difuntas que rajó de parte a parte… Primero las enamoraba por carta y luego, en la primera cita, cuchillo y hasta nunca.
-Se ve que le fallaba algo en el cerebro.
-Y, sin embargo, ¿ha leído usted alguno de sus versos? Son lo mejor que se lleva escrito en este siglo, que se lo digo yo. Un fenómeno en lo de la poesía… Este hombre, de no tener instintos criminales, hubiera llegado a la Academia…
-Le van a ajusticiar el primer viernes de cuaresma en la cárcel de Badajoz, la misma en que agarrotaron a Pascual Duarte.
-¡Anda! ¿Acaso no hay en León verdugos capaces de llevar a cabo la sentencia? ¡Por qué demonios nos tienen que robar los badajoceños un preso tan célebre…! ¿No mató aquí? ¡Pues que lo avíen aquí!
-Ha sido cosa del Ministerio de Cultura. A los ministros de ahora les va lo de la literatura y ya se sabe… Como la cárcel de Badajoz cogió tanta fama con lo del Duarte, que fue mentada en toda Europa y América, pues han querido aventar los rescoldos del pasado para ver si avivaban las brasas.
-¿Y cómo comenzó a rodar la historia esta? ¿Quién descubrió que el mozo poeta manejaba con soltura el filo del cuchillo a través del vientre de las damiselas?
-Le pillaron con las manos en la masa. Después de faenadas las arrojaba a un pozo ciego que había en las afueras del pueblo. Todas eran de la capital, jamás le puso el ojo ni la mano encima a una moza del pueblo. En eso era muy respetuoso. También dicen que las citaba bajo los álamos del río y las adormecía recitándoles versos. O sea que las anestesiaba. No era sádico del todo. Lo que nadie acaba de comprender es por qué lo hacía. Un hombre que enamora a una mujer al mes, y por carta, no tiene necesidad de usar la violencia. Sin embargo, él prefería su método. La última con la que le pillaron dicen que era hija de un subsecretario. Y tenía cita con él al mes siguiente la viuda de un procurador.
-O sea, que le perdió el tan traído y llevado exceso de confianza.
-Eso es. Se dejó ver en el río con algunas damas y cuando salió en el periódico el retrato de una de ellas dándola por desaparecida… Pues buena memoria tienen en Cabañeros para las mujeres guapas… Si dicen que no habían visto una desde que pasaron por allí la Ely y la Leola, las famosas cantantes de cuplés, que se les emborrachó el chofer de la limusina y se equivocó de camino. Pero la que descubrió el pastel, con pelos y señales, fue la tonta del pueblo, la Cencia, que tenía la costumbre de espiar. Ella quería saber qué era eso que hacen los hombres a las mujeres, y se dedicaba a seguirle los pasos a las parejas que iban al río. Como la pobre era tonta, cuando vio las cuchilladas que pegaba el mozo, supuso que así era el amor. Y no se le ocurrió cosa mejor que ir pidiendo a todos los rapaces del pueblo que la hiciesen otro tanto. Como nadie la hizo caso, se rajó a sí misma. Y cuando le preguntaron por qué lo había hecho, se explicó. Esa fue la perdición del poeta. Dijo: “Como nadie me lo quería hacer, me he hecho yo misma lo que les hace el Novenio a sus novias”. La tonta se murió nada más pronunciar estas palabras, pero dejó las cosas listas. La pareja de la guardia civil se llevó al Novenio esa misma noche. Él, al principio lo negó todo. Después dijo que una o dos nada más. Y al final salieron una docena. Pero poeta es de los grandes, eso sí. Mire, debo tener por un bolsillo de estos uno de sus poemas que salió en la revista cultural El Recreo:

“La muerta tenía el rostro blanco como la azucena,
los ojos miraban fijos hacia dentro o hacia fuera,
y le corría un hilillo de sangre por la pernera.
¡Qué bella estaba la muerta!
¡Qué muerta estaba la bella!”

-Hombre, qué quiere que le diga, malos no son los versos, pero puntan una cierta fijación morbosa. Algo criminal encierran en sus rimas…
-¡Ahí está la genialidad! Este hombre fue capaz de llevar su poesía a la práctica, no se conformó con bonitas teorías y elucubraciones mentales. ¡Un genio! ¡Un verdadero genio!, se lo aseguro yo. ¡Lástima que se lo lleven a Badajoz…!
-¿Y cree usted que creará escuela?
-¡Indudablemente! Yo, mismamente, he comenzado a escribir versos y gastar cuchillo. Aunque esto se lo digo en confianza, como algo anecdótico, ya me entiende. Pura y simple forma de buscar la inspiración.
-Pues, nada, Gómez, escríbame entonces un artículo sobre el caso, y no le eche demasiada literatura. La gente quiere sangre más que poesía. Mañana saldrá en la página de sucesos. Limítese al peapá del periodismo, que le conozco, Gómez, y es usted capaz de hacer un héroe romántico de un destripaviudas.
…………………………………………………………………………………………….

NOVENIO ZARZAS CAMINO, EL ASESINO DE LAS DOCE MUJERES, VERÁ CUMPLIDA SU SENTENCIA DE MUERTE EN LA CÁRCEL DE BADAJOZ.

Redacción- Cuando la tarde comience a oscurecer y los murmullos de los pájaros se apaguen, en la sala de ejecuciones de la cárcel de Badajoz tendrá lugar el acto final de una historia que comenzó tiempo atrás en un pequeño pueblo de León, y que se cobró las inocentes vidas de doce pobres mujeres que confiaban en haber encontrado el amor verdadero, el gran amor de su vida. Novenio Zarzas Camino, conocido como el reo poeta, verá su carrera literaria y criminal segada por la mano de la muerte. Las peticiones de indulto efectuadas por numerosas organizaciones literarias, casinos y centros culturales de todo el país han encontrado oídos sordos en las autoridades competentes al caso, y la sentencia será llevada a efecto el primer viernes de cuaresma.
La triste y oscura historia de estas muertes tuvo su inicio como una prometedora relación romántica. La primera victima, la señorita Calíope López, comenzó una comunicación epistolar con su futuro asesino a través de los anuncios por palabras de un diario local: “Hombre formal y cariñoso, cristiano y bien formado, desearía relacionarse con dama de similares gracias. Preferiblemente solitaria o viuda. Abstenerse busconas. Fines serios”. La habilidad poética de Novenio Zarzas Camino hizo lo demás. No sabemos, tal vez nunca se llegue a saber, cuáles fueron los motivos que impulsaron a este poeta paramero a cometer, uno tras otro, tanto crimen. Pero según apuntan las teorías al respecto de ciertos siquiatras y algunos pediatras, es posible que una concepción de la poesía total, de la poesía hasta sus últimas consecuencias, fuese el detonante de la tragedia. Los versos de Novenio Zarzas Camino poseen, al decir de los críticos literarios del Filandón, una profundidad, una interrelación palpable entre conceptos míticos como la blancura, la pureza, la muerte, la sangre, que no se había encontrado en un estado tan avanzado de misticismo salvo en algunos poemarios de García Lorca. Sirva como ejemplo y homenaje este fragmento que reproducimos:

“De sus pálidas mejillas pendían lágrimas dos,
una la sorbió mi boca, otra se la mandé a Dios.
Y la muerta me miró con su mirada perdida
como diciendo: mi amor, yo te regalo mi vida.
¡Qué hermosa cuando expiró
la muerta que maté yo!”

Fuera como fuese, la justicia será cumplida, este primer viernes de cuaresma, en la cárcel de Badajoz -la misma literaria cárcel en que se ajustició a Pascual Duarte-, y Novenio Zarzas Camino pagará con el garrote vil las doce muertes que causó en pro de la poesía. Su libro póstumo, el que recoge sus sentimientos y sensaciones de estos últimos tiempos y las descripciones poéticas de sus crímenes, será publicado en breve, bajo el título de “Memorial inacabable”. Y ya han aparecido numerosas y autorizadas voces que solicitan la concesión a título póstumo de algún premio nacional de literatura para el desafortunado, pero grandioso vate.
Cuando la tarde comience a oscurecer y los murmullos de los pájaros se apaguen, en la sala de ejecuciones de la cárcel de Badajoz…

…………………………………………………………………………………………….

Yo no tengo la culpa de nada. Soy inocente. Esas doce mujeres venían a lo que venían. La poesía es así, requiere sacrificios. Mi adoración por los versos siempre ha estado por encima de las pequeñeces humanas. Ahí afuera lo que hay es mucho hipócrita envidioso de mi arte, que ya quisieran ellos haber sido capaces de hacer lo que yo he hecho. Soy una gloria nacional. La idea del anuncio en la prensa me la dio el cabrón de Amado, el limpiabotas, que decía que una vez él había ligado por ese sistema con una maestra nacional. Lo de los cuchillos vino luego, cuando las tipas se ponían estrechas. Que si es demasiado pronto, que si de momento mejor lo dejamos en una relación exclusivamente romántica… Si no fuera tan buen poeta, todo este asunto no habría tenido tanta importancia en los periódicos. Pero supe arreglarlo desde el principio, desde la primera mujer. A la que no le perdono es a la idiota de la Cencia, que el diablo la tenga. Mira que estropearme así la carrera literaria, justo cuando estaba en lo mejor…
La poesía estaba echada a perder, falta de garra, de trapío. Era una cosa tonta y sensiblera para poco hombres, hasta que llegué yo y rompí con todo. Soy una gloria nacional, por mucho que les pese a algunos envidiosos. Los cuatro barbilampiños que escribían versos antes que yo, eran y son unos cobardes, unos cantaflores sin rumbo ni destino, de esos que se marean con la sangre y acaban tísicos. Yo le he dado arte a esto de rimar. Yo soy el único capaz de escribir a tinta y cuchillo, con tinta y sangre…
Y cuando llegue el momento no voy a echarme a temblar como el Pascual Duarte. Que Cela hizo lo que quiso con su personaje, pero yo no tengo más dueño ni albedrío que mi propio arte. Soy una gloria nacional y moriré como tal. Que sea el verdugo el que se achante, al que se le aligere el vientre y no sepa mirarme a los ojos. Yo tendré un último pensamiento para las doce rosas. Gracias a ellas compuse mis hermosos versos. Ellas también me deberían estar agradecidas, pues pasarán de mi mano a la posteridad eterna de la buena poesía,

………………………………………………………………………………………….....
-¡Qué pena de hombre…! Guapo del todo no es que sea, pero tiene un no sé qué que le deja a una el corazón planchado…
-Es la poesía, que se le sale por los ojos.
-¿Tienes entrada para ver la ejecución?
-Faltaba más. De algo tiene que servir estar casada con el concejal de cultura.
-Nosotras, las de la asociación cristiana, vamos a ir todas, hemos alquilado un autobús. Nos consiguió los permisos don Anselmo, el cura del penal. Desde la cornada en el ojo de Granero, no ha habido nada tan emocionante…
-Dicen que habrá en la calle una manifestación de literatos pidiendo el indulto.
-¡Bah, no te preocupes, que esos no nos aguan la fiesta! En cuanto aparezcan los guardias civiles, los literatos se disuelven en un vaso de agua. Será más fácil encontrarlos borrachos en cualquier cantina, con el rabo entre las piernas, clamando en voz baja…
-En fin, a ver qué da de sí la cosa. No vaya a pasar, como pasa siempre en estos casos, que a la hora de la verdad hay que amarrar al reo, porque se escurre, y ponerle un bozal para que no suplique por su vida.
-¡Uy!, me da que éste no, que éste es de los que tienen los güevos grandes…

…………………………………………………………………………………………..

“Una a una, una docena
de flores cortó mi mano.
Doce rosas, doce vidas,
a la orilla de aquel claro.
Murieron cerca del río,
con un beso entre los labios,
y se tiñeron de grana
sus níveos pétalos blancos.
¡Qué bella muerte tuvieron
suspirando entre mis brazos!

Amado Gómez Ugarte


 
 
:: Pagina siguiente >>