por
amagomis
@ 2008-03-11 - 15:32:13
Como suele decirse, cualquier parecido de esta historia con la realidad es pura fantasía, y los nombres y las situaciones aquí relatadas son fruto único y exclusivo de la imaginación del autor. Y, aunque pudiera no parecerlo, esto es un homenaje a un poeta leonés galdakanizado, al que admiro. Lo que sucede es que mis homenajes son, por lo general, de juzgado de guardia. Pero homenaje sí que es. Lo juro. Ja, ja...
-¿De dónde dices que es el gañán ese que escribía versos y que se confesó culpable de las doce muertes?
-De Cabañeros, una pequeña pedanía de Laguna de Negrillos, en el páramo leonés, por donde corren el Órbigo y el Esla. Todos allí opinan que era una buena persona, incapaz de matar una mosca y más bien ocupado en sus ensoñaciones que en la realidad del mundo.
-Pues que se lo cuenten a las doce difuntas que rajó de parte a parte… Primero las enamoraba por carta y luego, en la primera cita, cuchillo y hasta nunca.
-Se ve que le fallaba algo en el cerebro.
-Y, sin embargo, ¿ha leído usted alguno de sus versos? Son lo mejor que se lleva escrito en este siglo, que se lo digo yo. Un fenómeno en lo de la poesía… Este hombre, de no tener instintos criminales, hubiera llegado a la Academia…
-Le van a ajusticiar el primer viernes de cuaresma en la cárcel de Badajoz, la misma en que agarrotaron a Pascual Duarte.
-¡Anda! ¿Acaso no hay en León verdugos capaces de llevar a cabo la sentencia? ¡Por qué demonios nos tienen que robar los badajoceños un preso tan célebre…! ¿No mató aquí? ¡Pues que lo avíen aquí!
-Ha sido cosa del Ministerio de Cultura. A los ministros de ahora les va lo de la literatura y ya se sabe… Como la cárcel de Badajoz cogió tanta fama con lo del Duarte, que fue mentada en toda Europa y América, pues han querido aventar los rescoldos del pasado para ver si avivaban las brasas.
-¿Y cómo comenzó a rodar la historia esta? ¿Quién descubrió que el mozo poeta manejaba con soltura el filo del cuchillo a través del vientre de las damiselas?
-Le pillaron con las manos en la masa. Después de faenadas las arrojaba a un pozo ciego que había en las afueras del pueblo. Todas eran de la capital, jamás le puso el ojo ni la mano encima a una moza del pueblo. En eso era muy respetuoso. También dicen que las citaba bajo los álamos del río y las adormecía recitándoles versos. O sea que las anestesiaba. No era sádico del todo. Lo que nadie acaba de comprender es por qué lo hacía. Un hombre que enamora a una mujer al mes, y por carta, no tiene necesidad de usar la violencia. Sin embargo, él prefería su método. La última con la que le pillaron dicen que era hija de un subsecretario. Y tenía cita con él al mes siguiente la viuda de un procurador.
-O sea, que le perdió el tan traído y llevado exceso de confianza.
-Eso es. Se dejó ver en el río con algunas damas y cuando salió en el periódico el retrato de una de ellas dándola por desaparecida… Pues buena memoria tienen en Cabañeros para las mujeres guapas… Si dicen que no habían visto una desde que pasaron por allí la Ely y la Leola, las famosas cantantes de cuplés, que se les emborrachó el chofer de la limusina y se equivocó de camino. Pero la que descubrió el pastel, con pelos y señales, fue la tonta del pueblo, la Cencia, que tenía la costumbre de espiar. Ella quería saber qué era eso que hacen los hombres a las mujeres, y se dedicaba a seguirle los pasos a las parejas que iban al río. Como la pobre era tonta, cuando vio las cuchilladas que pegaba el mozo, supuso que así era el amor. Y no se le ocurrió cosa mejor que ir pidiendo a todos los rapaces del pueblo que la hiciesen otro tanto. Como nadie la hizo caso, se rajó a sí misma. Y cuando le preguntaron por qué lo había hecho, se explicó. Esa fue la perdición del poeta. Dijo: “Como nadie me lo quería hacer, me he hecho yo misma lo que les hace el Novenio a sus novias”. La tonta se murió nada más pronunciar estas palabras, pero dejó las cosas listas. La pareja de la guardia civil se llevó al Novenio esa misma noche. Él, al principio lo negó todo. Después dijo que una o dos nada más. Y al final salieron una docena. Pero poeta es de los grandes, eso sí. Mire, debo tener por un bolsillo de estos uno de sus poemas que salió en la revista cultural El Recreo:
“La muerta tenía el rostro blanco como la azucena,
los ojos miraban fijos hacia dentro o hacia fuera,
y le corría un hilillo de sangre por la pernera.
¡Qué bella estaba la muerta!
¡Qué muerta estaba la bella!”
-Hombre, qué quiere que le diga, malos no son los versos, pero puntan una cierta fijación morbosa. Algo criminal encierran en sus rimas…
-¡Ahí está la genialidad! Este hombre fue capaz de llevar su poesía a la práctica, no se conformó con bonitas teorías y elucubraciones mentales. ¡Un genio! ¡Un verdadero genio!, se lo aseguro yo. ¡Lástima que se lo lleven a Badajoz…!
-¿Y cree usted que creará escuela?
-¡Indudablemente! Yo, mismamente, he comenzado a escribir versos y gastar cuchillo. Aunque esto se lo digo en confianza, como algo anecdótico, ya me entiende. Pura y simple forma de buscar la inspiración.
-Pues, nada, Gómez, escríbame entonces un artículo sobre el caso, y no le eche demasiada literatura. La gente quiere sangre más que poesía. Mañana saldrá en la página de sucesos. Limítese al peapá del periodismo, que le conozco, Gómez, y es usted capaz de hacer un héroe romántico de un destripaviudas.
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NOVENIO ZARZAS CAMINO, EL ASESINO DE LAS DOCE MUJERES, VERÁ CUMPLIDA SU SENTENCIA DE MUERTE EN LA CÁRCEL DE BADAJOZ.
Redacción- Cuando la tarde comience a oscurecer y los murmullos de los pájaros se apaguen, en la sala de ejecuciones de la cárcel de Badajoz tendrá lugar el acto final de una historia que comenzó tiempo atrás en un pequeño pueblo de León, y que se cobró las inocentes vidas de doce pobres mujeres que confiaban en haber encontrado el amor verdadero, el gran amor de su vida. Novenio Zarzas Camino, conocido como el reo poeta, verá su carrera literaria y criminal segada por la mano de la muerte. Las peticiones de indulto efectuadas por numerosas organizaciones literarias, casinos y centros culturales de todo el país han encontrado oídos sordos en las autoridades competentes al caso, y la sentencia será llevada a efecto el primer viernes de cuaresma.
La triste y oscura historia de estas muertes tuvo su inicio como una prometedora relación romántica. La primera victima, la señorita Calíope López, comenzó una comunicación epistolar con su futuro asesino a través de los anuncios por palabras de un diario local: “Hombre formal y cariñoso, cristiano y bien formado, desearía relacionarse con dama de similares gracias. Preferiblemente solitaria o viuda. Abstenerse busconas. Fines serios”. La habilidad poética de Novenio Zarzas Camino hizo lo demás. No sabemos, tal vez nunca se llegue a saber, cuáles fueron los motivos que impulsaron a este poeta paramero a cometer, uno tras otro, tanto crimen. Pero según apuntan las teorías al respecto de ciertos siquiatras y algunos pediatras, es posible que una concepción de la poesía total, de la poesía hasta sus últimas consecuencias, fuese el detonante de la tragedia. Los versos de Novenio Zarzas Camino poseen, al decir de los críticos literarios del Filandón, una profundidad, una interrelación palpable entre conceptos míticos como la blancura, la pureza, la muerte, la sangre, que no se había encontrado en un estado tan avanzado de misticismo salvo en algunos poemarios de García Lorca. Sirva como ejemplo y homenaje este fragmento que reproducimos:
“De sus pálidas mejillas pendían lágrimas dos,
una la sorbió mi boca, otra se la mandé a Dios.
Y la muerta me miró con su mirada perdida
como diciendo: mi amor, yo te regalo mi vida.
¡Qué hermosa cuando expiró
la muerta que maté yo!”
Fuera como fuese, la justicia será cumplida, este primer viernes de cuaresma, en la cárcel de Badajoz -la misma literaria cárcel en que se ajustició a Pascual Duarte-, y Novenio Zarzas Camino pagará con el garrote vil las doce muertes que causó en pro de la poesía. Su libro póstumo, el que recoge sus sentimientos y sensaciones de estos últimos tiempos y las descripciones poéticas de sus crímenes, será publicado en breve, bajo el título de “Memorial inacabable”. Y ya han aparecido numerosas y autorizadas voces que solicitan la concesión a título póstumo de algún premio nacional de literatura para el desafortunado, pero grandioso vate.
Cuando la tarde comience a oscurecer y los murmullos de los pájaros se apaguen, en la sala de ejecuciones de la cárcel de Badajoz…
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Yo no tengo la culpa de nada. Soy inocente. Esas doce mujeres venían a lo que venían. La poesía es así, requiere sacrificios. Mi adoración por los versos siempre ha estado por encima de las pequeñeces humanas. Ahí afuera lo que hay es mucho hipócrita envidioso de mi arte, que ya quisieran ellos haber sido capaces de hacer lo que yo he hecho. Soy una gloria nacional. La idea del anuncio en la prensa me la dio el cabrón de Amado, el limpiabotas, que decía que una vez él había ligado por ese sistema con una maestra nacional. Lo de los cuchillos vino luego, cuando las tipas se ponían estrechas. Que si es demasiado pronto, que si de momento mejor lo dejamos en una relación exclusivamente romántica… Si no fuera tan buen poeta, todo este asunto no habría tenido tanta importancia en los periódicos. Pero supe arreglarlo desde el principio, desde la primera mujer. A la que no le perdono es a la idiota de la Cencia, que el diablo la tenga. Mira que estropearme así la carrera literaria, justo cuando estaba en lo mejor…
La poesía estaba echada a perder, falta de garra, de trapío. Era una cosa tonta y sensiblera para poco hombres, hasta que llegué yo y rompí con todo. Soy una gloria nacional, por mucho que les pese a algunos envidiosos. Los cuatro barbilampiños que escribían versos antes que yo, eran y son unos cobardes, unos cantaflores sin rumbo ni destino, de esos que se marean con la sangre y acaban tísicos. Yo le he dado arte a esto de rimar. Yo soy el único capaz de escribir a tinta y cuchillo, con tinta y sangre…
Y cuando llegue el momento no voy a echarme a temblar como el Pascual Duarte. Que Cela hizo lo que quiso con su personaje, pero yo no tengo más dueño ni albedrío que mi propio arte. Soy una gloria nacional y moriré como tal. Que sea el verdugo el que se achante, al que se le aligere el vientre y no sepa mirarme a los ojos. Yo tendré un último pensamiento para las doce rosas. Gracias a ellas compuse mis hermosos versos. Ellas también me deberían estar agradecidas, pues pasarán de mi mano a la posteridad eterna de la buena poesía,
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-¡Qué pena de hombre…! Guapo del todo no es que sea, pero tiene un no sé qué que le deja a una el corazón planchado…
-Es la poesía, que se le sale por los ojos.
-¿Tienes entrada para ver la ejecución?
-Faltaba más. De algo tiene que servir estar casada con el concejal de cultura.
-Nosotras, las de la asociación cristiana, vamos a ir todas, hemos alquilado un autobús. Nos consiguió los permisos don Anselmo, el cura del penal. Desde la cornada en el ojo de Granero, no ha habido nada tan emocionante…
-Dicen que habrá en la calle una manifestación de literatos pidiendo el indulto.
-¡Bah, no te preocupes, que esos no nos aguan la fiesta! En cuanto aparezcan los guardias civiles, los literatos se disuelven en un vaso de agua. Será más fácil encontrarlos borrachos en cualquier cantina, con el rabo entre las piernas, clamando en voz baja…
-En fin, a ver qué da de sí la cosa. No vaya a pasar, como pasa siempre en estos casos, que a la hora de la verdad hay que amarrar al reo, porque se escurre, y ponerle un bozal para que no suplique por su vida.
-¡Uy!, me da que éste no, que éste es de los que tienen los güevos grandes…
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“Una a una, una docena
de flores cortó mi mano.
Doce rosas, doce vidas,
a la orilla de aquel claro.
Murieron cerca del río,
con un beso entre los labios,
y se tiñeron de grana
sus níveos pétalos blancos.
¡Qué bella muerte tuvieron
suspirando entre mis brazos!
Amado Gómez Ugarte