Algunos personajes parece que nacen tocados por el ala de un ángel. No son los mejores en nada, ni en el ejercicio de su profesión ni en su relación con las demás gentes, pero triunfan rotundamente a poco que hagan y se esfuercen. La suerte les acompaña, guiándoles por el buen camino, como un perrillo fiel dirige sabiamente a un ciego hasta su casa. Saben aprovechar muy bien esa fortuna que les es favorable para aferrarse a la fama a través del marketing y los medios de comunicación. Resultan tan adorables como pesados, tan reiterativos en sus apariciones mediáticas que a veces se llega a dudar de si realmente son los únicos que existen o hay más seres humanos que hagan lo mismo que ellos. Pueden llegar a lo más alto, ser nominados para los Oscar, conseguir un disco de oro o un importante premio literario sin haber hecho nada especial, sin que sus obras sean ciertamente merecedoras de tan grandes reconocimientos. Son los elegidos. Ellos no necesitan sudar la camiseta, sacar unas oposiciones ni presentarse a una entrevista de trabajo, lo suyo está concedido de antemano, a dedo (tal vez por el mismo dedo divino que toca a Adán en el techo de la capilla Sixtina), porque lo suyo no se mide esencialmente a través del esfuerzo personal sino de las influencias externas. Su mérito indudable consiste en saber aprovechar en muchos casos su notoria mediocridad para adobarla con un halo de ambiguo atractivo y que parezca genialidad.
No hay nada más envidiable en esta vida que la posibilidad de pertenecer al círculo de los elegidos. Así te evitas el esfuerzo inútil de intentar brillar en la sombra, de trabajar concienzudamente sin que nadie aprecie tu esfuerzo, de poner el alma donde sólo sirve el cuerpo. Como tantos y tantos seres anónimos que son los que de verdad sustentan los países, las culturas y los sueños de la humanidad, aunque su nombre no llegue nunca a figurar en un titular de prensa, radio o televisión. Reconozcan que es mejor, mucho mejor, que Dios te señale con su índice y la ventura te proporcione éxitos inmerecidos y reconocimiento social.
Lo malo es que la suerte no se puede compartir, es personal e intransferible, como el carné de identidad o la mala conciencia. Cuando alguien la tiene es que a otro le falta. El afortunado ganador de un premio ha dejado en el camino a un montón de desafortunados perdedores. Y esa senda por la que transitan los triunfadores está enlosada con los cadáveres anímicos de quienes fueron derrotados o no tuvieron tanta suerte. Hasta el bueno de Dios dicen que derrotó a Belcebú y lo condenó a vagar por las eternas tinieblas. Los elegidos sonríen ufanos después de que les haya tocado la lotería (cualquiera de las loterías de la vida) y se sienten admirados y queridos. Los perdedores no se conforman con vivir en la anónima oscuridad y sueñan, aunque sea en vano, con llegar a ser alguna vez los elegidos.
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LOS ELEGIDOS
LITERATURA Y VIDA
La literatura y la vida tienen mucho en común, ya que el principal objetivo de la literatura es buscar (o inventar) un sentido a la vida. Construir el andamiaje necesario para que el predominio de las ideas, de la imaginación, vaya cobrando altura sobre las herméticas fachadas de lo meramente corporal, de lo medible, posible y aparente. De modo que se abran nuevas ventanas, nuevas posibilidades para el pensamiento.
La vida de una persona es, en general, una sucesión bastante predecible de acontecimientos vulgares. Todos compartimos el hecho de nacer de un vientre, adecuarnos lo mejor posible a las circunstancias que nos rodean durante el tiempo de nuestra existencia y, finalmente, retornar a la soledad de la muerte. Por mucho que soñemos con otros mundos, otros espacios y otros tiempos, solamente somos la imagen que nos devuelve el espejo y nada más tenemos ante nosotros que un obligatorio trayecto de ida hacia un lugar irretornable. Pero por algún extraño error de la naturaleza nos empeñamos en exagerar, incluso sublimar la elemental y sencilla realidad, convirtiendo la ordinaria y prosaica subsistencia en novelesca mitología. Y esto me recuerda el "Ulises" de James Joyce, inventor del "monólogo interior", que nos muestra el relato pormenorizado de un día de la vida de Leopold Bloom, figura común y hombre insignificante como cualquier otro, a través de cuyos difusos pasos cotidianos por las calles de Dublín, y sus humanas bajas pasiones, se van perfilando de manera nítida los trazos de la Odisea.
A todos nos gustaría ser los autores del libro de nuestra vida y poder determinar el planteamiento, la trama y el desenlace de la historia. Por desgracia nada más somos que unos manipulados personajes en manos del destino, que es quien redacta nuestra crónica diaria. Tomemos, por ejemplo a Franz Kafka (cuyas obras han preocupado intensamente a los psicoanalistas), como protagonista de sí mismo en lugar de como creador de ficciones ajenas. Y preguntémonos qué hacía en 1908, hace 92 años. Pues cosas tan pragmáticas y prosaicas, tan alejadas de los simbolismos literarios como realizar un curso sobre seguro obrero en la Academia Comercial de Praga, o escribir un tratado técnico titulado "Seguro compulsivo para la industria de la construcción". O ingresar como empleado en las oficinas del "Instituto de Seguro de Accidentes de Trabajo". Lo cual demuestra que la verdad simple, particular y propia de un engendrador de mundos de ensueño o alegóricos puede ser muy diferente a la realidad compleja que alcanza su imaginación.
La literatura es una alteración de lo cotidiano, una desfiguración, una (a veces perversa, a veces piadosa) mentira, que nos permite sostener como necesarios sueños catalogados de imposibles. La literatura es fruto de nuestra capacidad para entender los espacios, físicos y psíquicos, que nos limitan, pero no para admitir esa limitación. Por eso tantas veces dejamos a un lado el original y preferimos creer en la falsificación. Preferimos ver a Leopold Bloom, no como un judío dublinés, agente de publicidad, mediocre y burgués, sino transubstanciado en un mítico héroe literario, transgresor del tiempo y la distancia, llamado Ulises. Claro que a uno le cabe la duda de si además de para alimentar los sueños, sustituyendo vivencias banales por palpitantes fantasías, la literatura sirve para otra cosa. Pues, tal vez, para ahondar más y más en la herida del hombre enfrentado al absurdo de su condición humana (ser reloj y metro de la inmensurable infinitud del tiempo). Lo cual posiblemente no sea malo, ya que a base de hurgar en su interior puede que esa recóndita interioridad aflore a la superficie, como aflora la sangre en una llaga abierta. Y es en ese interior del hombre donde se hallan todas las preguntas sin respuesta, y tal vez la respuesta a todas las preguntas que tememos hacernos.
Lo verdaderamente terrible no es que los días se sucedan como burbujas de aire, rellenando de nada el hueco de una vida y empujando esa vida de modo irremisible hacia el soplo final, sino que lleguemos a acostumbrarnos, a acomodarnos a ese vacío y acabemos cayendo adormecidos en el letargo de la felicidad. Pero para eso están los libros, para mantenernos infelizmente despiertos.












