Aquellos bellos versos de Machado, de sus "Proverbios y cantares", que explicaban que todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, se han quedado obsoletos y no resultan representativos de la mentalidad del hombre actual. Nosotros no queremos pasar, queremos quedarnos, quedarnos para siempre. Queremos permanecer eternamente en el presente. Es al tiempo al que le hacemos transcurrir ahora muy deprisa. Los avances en las ciencias y la tecnología se suceden en forma vertiginosa, dejando atrás todo lo que atropellan a su paso. Un nuevo libro y su autor tienen un mes escaso de plazo para triunfar, si no serán pronto expulsados del paraíso del mercado y sustituidos por la próxima novedad editorial. Lo mismo sucede con cualquier programa de ordenador, con una película de cine o con todo artilugio o mecanismo recién inventado.
La sociedad actual vive en y del presente. Nos entregamos con denuedo a la inmediatez de la existencia, el hoy, el ahora mismo. Aquellos senderos que antaño guiaban al hombre dirigiendo su vida a pasos cortos, a través de la religión o la pura razón, son ahora carreteras cortadas, vías muertas por las que sólo deambulan los caminantes perdidos en sus propias nostalgias. Incluso los irreductibles y torturados ateos (a los que les preocupaba más la existencia o no de Dios que a los propios creyentes) han sido sustituidos por apacibles y felices agnósticos, casados por la iglesia y con los niños haciendo la primera comunión vestidos de almirantes. Ha muerto la tradición, tal vez para bien (el homo sapiens ha sido sustituido por la mujer lista), han quebrado las ideologías y los sueños sociales, y el pragmatismo de las cifras (de ventas, de audiencia, de votos) ha desbancado al idealismo humanista de las letras. Y Bill Gates sigue empeñado en enterrar definitivamente a Gutenberg.
Ya no sirve de nada detenerse a soñar despiertos ni gastar el alma en disquisiciones filosóficas o culturales. Es el cuerpo el que cuenta. La psique ha sido devorada por el soma lo mismo que el pez grande se come al chico. Aquella metáfora-ciudad, llamada Utopía, que diseñó Tomás Moro según los antiguos planos de "La República" de Platón, ha sido demolida y sobre sus derruidos muros hemos levantado nuestro nuevo mundo, material, tangible y verdadero.
Vivimos para el momento inmediato, el instante, como insectos de vida breve, ávidos consumidores del néctar de la flor del presente. Estamos a la última moda, cambiamos de apartamento, de muebles, de coche, de amigos, de pareja. Nos estiramos la piel si envejece, dejamos de fumar y de comer, gastamos horas y horas de vida en el gimnasio, haciendo tontos, cansados y hasta peligrosos ejercicios físicos, para tratar de mantener el cuerpo en aparente y engañosa hermosura y buena forma. Cualquier cosa antes de aceptar que el tiempo transcurre inexorable a través de nosotros, dejándonos atrás en el camino, como se dejan atrás las huellas olvidadas.
Buscamos nuestra propia verdad individual, nuestra propia y absoluta conveniencia como única norma de conducta, como ya preconizó André Gide en su tiempo, para significar que había llegado a su conclusión, a su naufragio, a su derrota, el ideal humanista de la vida heredado de Goethe. Somos, en definitiva, un producto de nuestra época. Pero no nos resignamos a ser un producto perecedero, con fecha de caducidad. Pretendemos eternizarnos en el presente, como si ese presente fuese una magnitud inamovible y no un simple engranaje en la cadena que hace avanzar, metódica e imparablemente, el curso de la existencia sobre la esfera de todos los relojes.
Razón tenía aquel poeta o filósofo que, tras subirse a una colina a observar el devenir del mundo, dejó escritos unos versos que decían que el hombre huye de su propia condena de ser nada, soñándose absolutamente todo, y haciendo del hoy un hoy de siempre y de su propia vida, vida eterna, como si todos los hombres fueran uno, y uno fuera el hombre que representa todos los presentes del hombre.












