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Archivos de: Diciembre 2005

EL PRESENTE INMEDIATO

por amagomis @ 2005-12-25 - 10:06:05

Aquellos bellos versos de Machado, de sus "Proverbios y cantares", que explicaban que todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, se han quedado obsoletos y no resultan representativos de la mentalidad del hombre actual. Nosotros no queremos pasar, queremos quedarnos, quedarnos para siempre. Queremos permanecer eternamente en el presente. Es al tiempo al que le hacemos transcurrir ahora muy deprisa. Los avances en las ciencias y la tecnología se suceden en forma vertiginosa, dejando atrás todo lo que atropellan a su paso. Un nuevo libro y su autor tienen un mes escaso de plazo para triunfar, si no serán pronto expulsados del paraíso del mercado y sustituidos por la próxima novedad editorial. Lo mismo sucede con cualquier programa de ordenador, con una película de cine o con todo artilugio o mecanismo recién inventado.
La sociedad actual vive en y del presente. Nos entregamos con denuedo a la inmediatez de la existencia, el hoy, el ahora mismo. Aquellos senderos que antaño guiaban al hombre dirigiendo su vida a pasos cortos, a través de la religión o la pura razón, son ahora carreteras cortadas, vías muertas por las que sólo deambulan los caminantes perdidos en sus propias nostalgias. Incluso los irreductibles y torturados ateos (a los que les preocupaba más la existencia o no de Dios que a los propios creyentes) han sido sustituidos por apacibles y felices agnósticos, casados por la iglesia y con los niños haciendo la primera comunión vestidos de almirantes. Ha muerto la tradición, tal vez para bien (el homo sapiens ha sido sustituido por la mujer lista), han quebrado las ideologías y los sueños sociales, y el pragmatismo de las cifras (de ventas, de audiencia, de votos) ha desbancado al idealismo humanista de las letras. Y Bill Gates sigue empeñado en enterrar definitivamente a Gutenberg.
Ya no sirve de nada detenerse a soñar despiertos ni gastar el alma en disquisiciones filosóficas o culturales. Es el cuerpo el que cuenta. La psique ha sido devorada por el soma lo mismo que el pez grande se come al chico. Aquella metáfora-ciudad, llamada Utopía, que diseñó Tomás Moro según los antiguos planos de "La República" de Platón, ha sido demolida y sobre sus derruidos muros hemos levantado nuestro nuevo mundo, material, tangible y verdadero.
Vivimos para el momento inmediato, el instante, como insectos de vida breve, ávidos consumidores del néctar de la flor del presente. Estamos a la última moda, cambiamos de apartamento, de muebles, de coche, de amigos, de pareja. Nos estiramos la piel si envejece, dejamos de fumar y de comer, gastamos horas y horas de vida en el gimnasio, haciendo tontos, cansados y hasta peligrosos ejercicios físicos, para tratar de mantener el cuerpo en aparente y engañosa hermosura y buena forma. Cualquier cosa antes de aceptar que el tiempo transcurre inexorable a través de nosotros, dejándonos atrás en el camino, como se dejan atrás las huellas olvidadas.
Buscamos nuestra propia verdad individual, nuestra propia y absoluta conveniencia como única norma de conducta, como ya preconizó André Gide en su tiempo, para significar que había llegado a su conclusión, a su naufragio, a su derrota, el ideal humanista de la vida heredado de Goethe. Somos, en definitiva, un producto de nuestra época. Pero no nos resignamos a ser un producto perecedero, con fecha de caducidad. Pretendemos eternizarnos en el presente, como si ese presente fuese una magnitud inamovible y no un simple engranaje en la cadena que hace avanzar, metódica e imparablemente, el curso de la existencia sobre la esfera de todos los relojes.
Razón tenía aquel poeta o filósofo que, tras subirse a una colina a observar el devenir del mundo, dejó escritos unos versos que decían que el hombre huye de su propia condena de ser nada, soñándose absolutamente todo, y haciendo del hoy un hoy de siempre y de su propia vida, vida eterna, como si todos los hombres fueran uno, y uno fuera el hombre que representa todos los presentes del hombre.


 
 

LA ASPIRINA

por amagomis @ 2005-12-05 - 08:20:29

Las preguntas sin respuesta atormentan a quien se las hace. Mucho antes de que el bueno de Descartes nos recordase que pensábamos, luego existíamos, la gente ya se andaba preguntando quiénes demonios éramos, de dónde coño veníamos y adónde puñetas íbamos. Y algunos espabilados se planteaban si nuestra vida tenía en realidad algún sentido, siendo como somos unos seres insignificantes, limitados y absurdos, habitantes de un minúsculo rincón del universo, aterrados por nuestra propia soledad, y rodeados de infinito, oscuridad y muerte. Las religiones surgieron para dar respuesta fácil a todas las preguntas. Pero el hombre, maldita sea, piensa, y no se conforma con creer lo que no ve y tener fe ciega en argumentos que son más propios de una novela decimonónica (la Biblia) que de un tratado de filosofía. Además, de ese descreimiento surgió el progreso. Porque si por la Santa Madre Iglesia fuera, aún seguiríamos creyendo a rajatabla que la Tierra es una superficie plana situada en el mismo centro del universo. Por suerte hay gente que prefiere asumir la incomodidad de la verdad, antes que quedarse anclados en la conveniencia de la mentira. La buena literatura también ha dado rienda suelta al pensamiento, ha buscado en el interior del hombre un sentido a todos esos actos inconexos que conforman la existencia humana. Unamuno, Malraux, Cortázar, Sábato... Todos ellos (y muchos más) aportan su particular perspectiva sobre el irresoluble problema, aportan su humanismo personal al conjunto de la creación narrativa. Como dijo Sartre: "Todos somos escritores metafísicos. Porque la metafísica no es una discusión estéril, sino un esfuerzo vivo sobre la condición humana".
Claro que, a pesar de Descartes, me temo que tanto lo de pensar como lo de existir no son valores indivisibles, sino que tienen su gradación y su degradación. No piensan ni existen del mismo modo todos los que dicen que piensan y presumen que existen. Además, que ya se sabe que ni piensan todos los que existen, ni existen todos los que piensan. La masa amorfa de ciudadanos, votantes, consumidores y usuarios, no necesita pensar ni existir, porque ya hay quien piensa y existe por ellos. Desde la política, la religión, la moda o la cultura, al ciudadano se le maneja a conveniencia de los intereses financieros de los poderosos. Alguien decide que un lienzo manchado de un color azul monocorde (como pinta una pared cualquier pintor de brocha gorda) es arte, y se expone con toda suntuosidad en el museo Guggenheim. A un editor le entra en gana publicar basura, adornada por el marketing de la contraportada con la foto de una bella señorita (que es la autora), o de un bello niñato (que es el autor), y ya tiene un bestseller. Un modisto decide hacer camisas transparentes (o sea, innecesarias, como la camisa de la felicidad) y las pasarelas se llenan de señoritas que visten sin ir vestidas, que debe ser algo así como el "vivo sin vivir en mí", de santa Teresa. De modo que, cuanto más manejable es la sociedad, menos necesidad de pensar se crea en el individuo, que prefiere ser conducido en rebaño por los caminos oficiales.
Pero para eso se inventaron las aspirinas. Para aliviar, no las dudas existenciales, sino las jaquecas que producen. En 1893, el químico alemán Félix Hoffman sintetizó el derivado acetilo del ácido salicílico, ahí comenzó la cosa. Desde entonces la aspirina ha beneficiado a la humanidad, y parece ser que es buena para todo, desde el corazón hasta el cáncer rectal, la diabetes, las cataratas y el envejecimiento de la piel. Aunque, también es cierto que ha perjudicado notablemente a las mujeres frígidas, que se vieron privadas de su recurso más habitual: el dolor de cabeza. Sus maridos cogieron la costumbre de acercarse a la habitación armados de la aspirina y el vaso de agua. Pero fuera como fuese, ya no podría imaginarse un mundo sin aspirinas. Pensar es un ejercicio individual y doloroso, y sólo caben dos recursos, la aspirina o integrarse al rebaño. Usemos la aspirina.Aspirina