por
amagomis
@ 2006-11-08 - 11:25:31
Autor: Amado Gómez Ugarte
2+2
Sólo hay que reconocer que dos más dos suman cuatro. Pero no me da la gana. Mi padre dice que, en este pueblo, dos más dos son tres para el siervo y cinco para el señor. Por ejemplo, el señor tiene dos hijos y dos hijas y eso suman cinco hijos. En cambio, él, que es un criado, tiene también dos hijos y dos hijas, pero suyos sólo son tres, porque uno es del señor. Y cuando dice esto siempre me mira a mí de un modo extraño, fijamente. También suele decir que para el señor dos olivares y dos olivares representan cinco depósitos grandes de aceite, repletos hasta el borde; sin embargo para él, que los trabaja, esos mismos olivares no significan otra cosa que tres dolores de espalda. Y que por esa misma forma de sumar ganaron la guerra los señores y la perdieron ellos. Porque dos tiros y dos tiros de los señores sumaban cinco muertos, en cambio, de cada cuatro disparos de ellos sólo llegaban tres al otro bando, porque uno se lo daba siempre alguien en su propia nuca, para quitarse de una vez por todas el frío y el hambre.
Doña Rosario, la maestra, me mira con ojos encendidos. Está esperando que me rinda y reconozca que dos más dos suman cuatro. Sostiene la regla gorda de madera entre las manos y ha golpeado un par de veces con fuerza sobre el pupitre. Los demás compañeros de la escuela permanecen en un silencio expectante, incrédulo, con los rostros demudados y la boca abierta, cono si estuviesen presenciando algo increíble, un milagro en el que no pueden creer. Desde el patio llega el ruidoso gorjear de los gorriones, que bajan a beber sobre la pila de la fuente. El viento ulula acariciando el cristal de la ventana y removiendo las primeras hojas muertas del otoño. No me pienso dejar amedrentar por el fuego de los ojos de la maestra, ni por sus amenazantes gestos. Puede que las matemáticas sean una ciencia exacta, como grita ella, pero en este pueblo están equivocadas. Mi padre dice que lo que hay que cambiar es el pueblo, no las matemáticas. Pero mientras las cosas no cambien yo no puedo admitir que dos y dos sean cuatro. El señor tiene la culpa de todo. Él rompe con la igualdad, con la justicia, con la precisión de las matemáticas. Mi padre le odia por eso. No soporta estar en su presencia. Cada vez que oye al señor acercarse a nuestra casa, coge la escopeta y se va al monte a tirar tiros al aire. Luego, cuando el señor se marcha, regresa sin cartuchos y sin caza. Lo peor de todo es que el señor la tiene tomada conmigo, que siempre me anda acariciando el pelo y trayéndome caramelos. Se interesa por mis estudios y me regala libros y cuadernos. Por su culpa soy el único de la casa que va a la escuela todo el año, y me pierdo el vareo de las aceitunas y la siembra del trigo. Le cojo los caramelos y le doy las gracias, porque mi madre así me lo tiene ordenado, pero nunca me los como. Se los doy a mis hermanos. Ellos son diferentes a mí, a ellos no les importa que las asquerosas manos limpias y cuidadas del señor los hayan tocado. No les importa la tierra que pisan. Están deseando cumplir la edad para dejarlo todo y marcharse a la ciudad a buscar trabajo en una fábrica. Algún día me quedaré solo con el padre y seré el único que le ayudará en las faenas. El único para varear los olivos y sembrar el trigo. Y le acompañaré al monte a pegar tiros al aire cuando el señor se acerque a nuestra casa.
Todos están esperando que doña Rosario me parta la regla en la cabeza y me haga repetir doscientas veces que dos más dos son cuatro. La clase de matemáticas lleva interrumpida más de cinco minutos, y todos saben que la paciencia de la maestra es tan escasa como su sueldo. Ella se piensa que mi rebelión, mi negación a admitir algo tan evidente, es un puro juego, una broma de muchacho mal educado. No se cansa de repetirme que desista de mi actitud, que repare en las consecuencias que me puede acarrear… Pero yo sé lo que hago. Sé muy bien que no se atreverá a ponerme la mano encima, como hace con sus otros alumnos. Que, de algún modo, el maldito señor me protege. Porque yo he visto al señor entregarle a la maestra unos sobres iguales a los que le pone en las manos a mi madre cuando nos visita. Por eso mismo me atrevo a mantener los ojos en alto, frente a los suyos, del mismo modo que lo hago con mi madre cuando me niego a vestir o a comer mejor que mis hermanos. Odio al señor tanto por ser el amo de la tierra que pisamos como por ese empeño suyo en protegerme, en acariciarme el pelo, en traerme caramelos y preocuparse por mis estudios. Yo no quiero ser nada especial para él. Quiero seguir siendo hijo de mi padre, hermano de mis hermanos. No me gusta la forma de sumar de los señores, con sus manos suaves y sus uñas limpias midiendo los cinco depósitos de aceite. Prefiero las manos callosas de mi padre y sus uñas manchadas de tierra, esa tierra que como única recompensa le da tres dolores de espalda.
Los hijos del señor estudian en un colegio de la capital. Solo aparecen por el pueblo en vacaciones. Llegan con sus inmaculados uniformes y sus zapatos relucientes, miran a los demás muchachos con cierto desprecio, manteniendo las distancias, como temiendo contaminarse con el virus de la pobreza, que dice mi padre. Cuando mis hermanas quieren fastidiarme sólo tienen que decirme que me parezco a ellos. Entonces las persigo por las eras y los olivares, hasta que las alcanzo y les estiro de las trenzas. Pero ellas continúan gritando que me parezco a ellos, a los señoritos, que tengo sus mismos ojos azules y sus cabellos blondos. Y yo corro a mirarme en el espejo de la charca, y luego tiro piedras al agua para enturbiarla y hacer desaparecer mi imagen. Por eso llevo siempre el pelo sucio y apagado, porque me gustaría tenerlo oscuro como mi padre. Lo bueno de las vacaciones es que, mientras están sus hijos en el pueblo, el señor no se acerca a nuestra casa. Manda al capataz con el sobre, pero él no aparece. Durante ese tiempo me siento más a gusto, más en mi casa y entre mi gente. Sin la presencia molesta del señor y sus regalos y sus caricias, que mi madre me obliga a aceptar. Llego a sonar, incluso, que no hay ningún señor, que nada se interpone entre mi familia y yo. Que dos hijos y dos hijas suman, por fin, cuatro hijos para mi padre. Pero, después comienza de nuevo el curso, y los hijos del señor se van, y él vuelve...
Los gorriones siguen bebiendo en la fuente y el aire removiendo la hojarasca. La maestra no sabe ya qué decir ni qué hacer. El sol de la tarde enfila su redonda silueta hacia poniente, arrastrando tras de sí algunas nubes púrpuras. La maestra exhala, como en un último suspiro, una voz quebrada, entre suplicante y amenazante:
—¡Por última vez te lo pido! ¡Di cuántas son dos más dos!
Miro a mi alrededor, a mis compañeros. Veo sus caras atónitas, sus ojos desmedidamente abiertos. Percibo en sus miradas la sensación maravillosa de que algo está cambiando, de que comienzan a creer en lo que ven, de que comienzan a creer en los milagros. Me armo de valor y digo:
—Algún día, cuando no haya criados ni señores, dos más dos serán cuatro.
Este relato fue ganador del Certamen AL-ANDALUS de Relato corto