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Archivos de: Noviembre 2006

CUATRO VERDURAS FLOTANDO

por amagomis @ 2006-11-23 - 20:39:10

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Juan Mendrugo se abrió paso entre la gente que hacía cola esperando la ración de sopa de la caridad. Empujó a un tipo flaco y mal vestido que alargaba su cazo en dirección a la monja. Lo quitó de en medio y se puso en su lugar. La monja era una anciana medio ciega y casi sorda, que no distinguía un mendigo de otro. Nadie protestó. Juan Mendrugo llevaba sujeto al cinto, de modo bien visible, un cuchillo de hoja grande. Probó la sopa y escupió.
-Agua templada con cuatro verduras flotando -dijo-. Mejor morir de hambre que comer esto...
Y arrojó la sopa contra los que le observaban. Luego miró a su alrededor con ojos inyectados en ira y sacó la navaja del cinto. Los que hacían cola se dispersaron calle arriba, y se quedaron solos él y la monja.
-Son unos malagradecidos -dijo la monja-. Marcharse así, sin dar siquiera las gracias... ¿Quiere usted un poquito más?

Al entierro de la monja asistieron todas las hermanas del convento, el capellán y la mujer del alcalde, que era muy devota. Al concluir la ceremonia, a la salida de la iglesia, un hombre malcarado y con la ropa sucia se acercó a los presentes y con gran soltura y tranquilidad pasó a cuchillo a las nueve monjas. Nadie se lo impidió. Eran todas mayores y corrían poco. Los curas estaban más ágiles y salieron al trote. La mujer del alcalde llevaba un vestido largo que le obligaba a dar pasos cortos, intentó remangarse, pero ya era demasiado tarde. Unos metros más allá de la plaza, Juan Mendrugo la alcanzó.
-¡No me mate! ¡No me mate! -gritó la señora-. Soy la mujer del alcalde, y doy limosnas para que los pobres, como usted, coman la sopa del convento.
Al entierro de la mujer del alcalde acudieron todas las personas importantes de la ciudad. Incluso el gobernador y su señora y los doce concejales del municipio. La iglesia estaba repleta y no quedaba un banco libre. El alcalde llevaba unas gafas oscuras que le permitían mirar las piernas de la secretaria del ayuntamiento, esas piernas tan bien formadas en las que esperaba pronto posar sus garras de viudo. Un coro de mujeres pías entonaba un canto fúnebre. De pronto se abrió la puerta del templo y entró un hombre con un cuchillo en la mano, que cerró la puerta por dentro. Se hizo un silencio sepulcral y todos se arrimaron a las paredes. Juan Mendrugo comenzó por la pared de la derecha y fue destripando gente hasta llegar a la de la izquierda. En el altar se entretuvo un rato con el cura y el monaguillo, y después subió al coro y acalló todas las voces. Nadie se atrevió a plantarle cara o intentar defenderse. Todos se quedaron como petrificados mientras les vaciaba los intestinos sobre la tarima del suelo. Al alcalde lo rajó de parte a parte y a los doce concejales de arriba a abajo. La anteúltima en morir fue la secretaria del ayuntamiento que distrajo con sus piernas al asesino, pero el filo del cuchillo de Juan Mendrugo no se detenía ni siquiera ante la belleza y continuó imperturbable su recorrido. El último, el gobernador, que temblaba como una hoja de otoño antes de caer del árbol.
-Pero..., ¿por qué hace usted todo esto? -balbuceó.
Juan Mendrugo le miró como se mira a una rata, y antes de apretar el cuchillo contra su estómago, respondió:
-Porque la sopa de las monjas no tiene carne ni alimento, sólo agua templada con cuatro verduras flotando. Por eso. ¿Le parece poco?

Juan Mendrugo despertó de su ensueño. Casi todos los mendigos se le habían adelantado en la cola de la sopa de caridad. Y cuando le llegó el turno, el caldero de la monja se había vaciado.

Amado Gómez Ugarte


 
 

EL ÚLTIMO SUSPIRO

por amagomis @ 2006-11-20 - 11:40:40

Tras leer el magnífico poema de Isis Estrada titulado "La tarde es viento", decidí incluir este pequeño relato en mi blog.

EL ÚLTIMO SUSPIRO
Había guardado en un frasquito el último suspiro del hombre que la amaba. Y cuando lo abrió, llevada por la premura de la nostalgia, provocó un huracán de sentimientos que asoló su vida. Un viento que le trajo mil recuerdos de besos anteriores, de alientos en la boca, de exhalaciones y jadeos apostados en sus labios. Un viento que corrió furioso por la habitación, buscando su pasado, su existencia. Que levantó por los aires las sábanas, volteó los floreros, derramó el vaso del agua, golpeó contra la cómoda donde posaba el álbum de fotografías, abrió las páginas, sacó las imágenes de sus fundas de plástico y las hizo volar como gaviotas. Allí estaban resumidos todos los instantes de felicidad, que ahora flotaban guiados por el trémulo palpitar de un remolino. Después, lo mismo que la tierra se apelmaza y el agua corre siempre hacia el abismo, el aire buscó el hueco de la ventana abierta para huir en busca de más aire.
Entonces ella comprendió que el amor era como ese viento. Y lo siguió.

Amado Gómez Ugarte

Algunos cuentos muy breves

por amagomis @ 2006-11-14 - 11:11:17

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Algunos cuentos muy breves
de Amado Gómez Ugarte

MORIR DE AMOR

Érase un hombre que vivió toda su vida enamorado en silencio de una mujer. Hasta que un día, el último día, le declaró su amor. Ella dijo sí o dijo no. Daba igual cuál fuese su decisión, pues ambas respuestas habrían de llevarlo a la muerte. Una de gozo y la otra de tristeza.

BESOS DE PELÍCULA

Le robé un beso en el cine, mientras Humphrey Bogart morreaba a Lauren Bacal. El acomodador me sacó a empujones y me dijo que no volviera hasta que tuviese un trabajo fijo y dinero suficiente para la entrada del piso. El acomodador era su padre...

BAR DE COPAS

La camarera se aflojó el primer botón de la camisa y yo tomé el primer whisky. Pero me fue mal la noche. Tenía más botones esa camisa que wkiskis yo podía soportar.

GUERRAS

Cuando regresó victorioso de la guerra, había perdido el empleo, su novia se había casado con otro y alguien de su familia había esquilmado sus ahorros. Las guerras siempre se pierden.

CIUDADANO EJEMPLAR

Se empeñó en ser un ciudadano ejemplar. Pagaba sus impuestos con prontitud, reciclaba la basura y la depositaba en los contenedores apropiados, recogía la caca de su perro, no aparcaba nunca en doble fila, dejó de fumar, de beber alcohol, de mirar las pantorrillas a las mujeres y de leer libros de escritores desconocidos, comenzó a acudir a las juntas generales ordinarias de su comunidad de vecinos y a votar a mano alzada sobre la conveniencia de pintar el portal y cambiar las bombillas de la escalera, e incluso llegó a tomar la palabra en una reunión de viejos amigos para opinar de manera ponderada sobre la situación política local. Murió de modo prematuro, sin causa aparente. Simplemente se había convertido en un cadáver.

2+2

por amagomis @ 2006-11-08 - 11:25:31

Autor: Amado Gómez Ugarte
2+2
Sólo hay que reconocer que dos más dos suman cuatro. Pero no me da la gana. Mi padre dice que, en este pueblo, dos más dos son tres para el siervo y cinco para el señor. Por ejemplo, el señor tiene dos hijos y dos hijas y eso suman cinco hijos. En cambio, él, que es un criado, tiene también dos hijos y dos hijas, pero suyos sólo son tres, porque uno es del señor. Y cuando dice esto siempre me mira a mí de un modo extraño, fijamente. También suele decir que para el señor dos olivares y dos olivares representan cinco depósitos grandes de aceite, repletos hasta el borde; sin embargo para él, que los trabaja, esos mismos olivares no significan otra cosa que tres dolores de espalda. Y que por esa misma forma de sumar ganaron la guerra los señores y la perdieron ellos. Porque dos tiros y dos tiros de los señores sumaban cinco muertos, en cambio, de cada cuatro disparos de ellos sólo llegaban tres al otro bando, porque uno se lo daba siempre alguien en su propia nuca, para quitarse de una vez por todas el frío y el hambre.
Doña Rosario, la maestra, me mira con ojos encendidos. Está esperando que me rinda y reconozca que dos más dos suman cuatro. Sostiene la regla gorda de madera entre las manos y ha golpeado un par de veces con fuerza sobre el pupitre. Los demás compañeros de la escuela permanecen en un silencio expectante, incrédulo, con los rostros demudados y la boca abierta, cono si estuviesen presenciando algo increíble, un milagro en el que no pueden creer. Desde el patio llega el ruidoso gorjear de los gorriones, que bajan a beber sobre la pila de la fuente. El viento ulula acariciando el cristal de la ventana y removiendo las primeras hojas muertas del otoño. No me pienso dejar amedrentar por el fuego de los ojos de la maestra, ni por sus amenazantes gestos. Puede que las matemáticas sean una ciencia exacta, como grita ella, pero en este pueblo están equivocadas. Mi padre dice que lo que hay que cambiar es el pueblo, no las matemáticas. Pero mientras las cosas no cambien yo no puedo admitir que dos y dos sean cuatro. El señor tiene la culpa de todo. Él rompe con la igualdad, con la justicia, con la precisión de las matemáticas. Mi padre le odia por eso. No soporta estar en su presencia. Cada vez que oye al señor acercarse a nuestra casa, coge la escopeta y se va al monte a tirar tiros al aire. Luego, cuando el señor se marcha, regresa sin cartuchos y sin caza. Lo peor de todo es que el señor la tiene tomada conmigo, que siempre me anda acariciando el pelo y trayéndome caramelos. Se interesa por mis estudios y me regala libros y cuadernos. Por su culpa soy el único de la casa que va a la escuela todo el año, y me pierdo el vareo de las aceitunas y la siembra del trigo. Le cojo los caramelos y le doy las gracias, porque mi madre así me lo tiene ordenado, pero nunca me los como. Se los doy a mis hermanos. Ellos son diferentes a mí, a ellos no les importa que las asquerosas manos limpias y cuidadas del señor los hayan tocado. No les importa la tierra que pisan. Están deseando cumplir la edad para dejarlo todo y marcharse a la ciudad a buscar trabajo en una fábrica. Algún día me quedaré solo con el padre y seré el único que le ayudará en las faenas. El único para varear los olivos y sembrar el trigo. Y le acompañaré al monte a pegar tiros al aire cuando el señor se acerque a nuestra casa.
Todos están esperando que doña Rosario me parta la regla en la cabeza y me haga repetir doscientas veces que dos más dos son cuatro. La clase de matemáticas lleva interrumpida más de cinco minutos, y todos saben que la paciencia de la maestra es tan escasa como su sueldo. Ella se piensa que mi rebelión, mi negación a admitir algo tan evidente, es un puro juego, una broma de muchacho mal educado. No se cansa de repetirme que desista de mi actitud, que repare en las consecuencias que me puede acarrear… Pero yo sé lo que hago. Sé muy bien que no se atreverá a ponerme la mano encima, como hace con sus otros alumnos. Que, de algún modo, el maldito señor me protege. Porque yo he visto al señor entregarle a la maestra unos sobres iguales a los que le pone en las manos a mi madre cuando nos visita. Por eso mismo me atrevo a mantener los ojos en alto, frente a los suyos, del mismo modo que lo hago con mi madre cuando me niego a vestir o a comer mejor que mis hermanos. Odio al señor tanto por ser el amo de la tierra que pisamos como por ese empeño suyo en protegerme, en acariciarme el pelo, en traerme caramelos y preocuparse por mis estudios. Yo no quiero ser nada especial para él. Quiero seguir siendo hijo de mi padre, hermano de mis hermanos. No me gusta la forma de sumar de los señores, con sus manos suaves y sus uñas limpias midiendo los cinco depósitos de aceite. Prefiero las manos callosas de mi padre y sus uñas manchadas de tierra, esa tierra que como única recompensa le da tres dolores de espalda.
Los hijos del señor estudian en un colegio de la capital. Solo aparecen por el pueblo en vacaciones. Llegan con sus inmaculados uniformes y sus zapatos relucientes, miran a los demás muchachos con cierto desprecio, manteniendo las distancias, como temiendo contaminarse con el virus de la pobreza, que dice mi padre. Cuando mis hermanas quieren fastidiarme sólo tienen que decirme que me parezco a ellos. Entonces las persigo por las eras y los olivares, hasta que las alcanzo y les estiro de las trenzas. Pero ellas continúan gritando que me parezco a ellos, a los señoritos, que tengo sus mismos ojos azules y sus cabellos blondos. Y yo corro a mirarme en el espejo de la charca, y luego tiro piedras al agua para enturbiarla y hacer desaparecer mi imagen. Por eso llevo siempre el pelo sucio y apagado, porque me gustaría tenerlo oscuro como mi padre. Lo bueno de las vacaciones es que, mientras están sus hijos en el pueblo, el señor no se acerca a nuestra casa. Manda al capataz con el sobre, pero él no aparece. Durante ese tiempo me siento más a gusto, más en mi casa y entre mi gente. Sin la presencia molesta del señor y sus regalos y sus caricias, que mi madre me obliga a aceptar. Llego a sonar, incluso, que no hay ningún señor, que nada se interpone entre mi familia y yo. Que dos hijos y dos hijas suman, por fin, cuatro hijos para mi padre. Pero, después comienza de nuevo el curso, y los hijos del señor se van, y él vuelve...
Los gorriones siguen bebiendo en la fuente y el aire removiendo la hojarasca. La maestra no sabe ya qué decir ni qué hacer. El sol de la tarde enfila su redonda silueta hacia poniente, arrastrando tras de sí algunas nubes púrpuras. La maestra exhala, como en un último suspiro, una voz quebrada, entre suplicante y amenazante:
—¡Por última vez te lo pido! ¡Di cuántas son dos más dos!
Miro a mi alrededor, a mis compañeros. Veo sus caras atónitas, sus ojos desmedidamente abiertos. Percibo en sus miradas la sensación maravillosa de que algo está cambiando, de que comienzan a creer en lo que ven, de que comienzan a creer en los milagros. Me armo de valor y digo:
—Algún día, cuando no haya criados ni señores, dos más dos serán cuatro.

Este relato fue ganador del Certamen AL-ANDALUS de Relato corto

Unos poemas breves

por amagomis @ 2006-11-04 - 12:44:02

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LLUVIA
Si alguien me pregunta qué busco,
tendré que constestarle: lluvia.
Busco un alma que caiga, gota a gota,
sobre mi cuerpo seco, cansado de ser tierra.

FIN
Las palabras se olvidan, los rostros envejecen,
los corazones navegan solitarios mar adentro
hasta perderse en un horizonte de niebla,
allá donde se funden los sueños y los hombres,
donde van a morir los poetas ahogados en sus versos,
donde la soledad esboza, con mano temblorosa,
el último renglón de los recuerdos.

Amado Gómez Ugarte

El uno de noviembre

por amagomis @ 2006-11-01 - 11:27:16

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El uno de noviembre los muertos resucitan en la memoria de sus seres queridos. Atraviesan mentalmente la insoslayable barrera física de la muerte y se presentan en forma de recuerdos.
La humanidad, tan propensa al olvido, ha tomado esta fecha como signo, como recordatorio (una especie de nudo hecho en el calendario por si nos falla la memoria). Entonces entra en funcionamiento –en algunos casos de un modo automático- nuestra capacidad de evocación, de añoranza, de nostalgia. Y recuperamos la memoria. De un súbito pensamiento volvemos a acordarnos de ese difunto olvidado durante el resto del año. Olvidado, o mejor enterrado, bajo un alubión de cuestiones y preocupaciones cotidianas que requieren toda nuestra atención durante los otros trescientos sesenta y cuatro días. Pero el uno de noviembre nos acercamos hasta el cementerio correspondiente blandiendo un ramo o una corona de flores otoñales. Limpiamos de polvo y soledad losas y cruces, sacamos brillo al mármol del recuerdo, encendemos velas al pasado –que dicen que siempre fue mejor-, y vertemos una que otra lágrima por los parientes y amigos perdidos para siempre. Suele ser costumbre que las nubes acompañen y se dejen contagiar por nuestra melancolía, derramándose también sobre nosotros.
Es la ocasión idónea para pensar un poco en ese futuro cadáver que todos llevamos puesto, y al que de momento le llamamos cuerpo. Meditar sobre la temporalidad de la vida y el incesante transcurrir de los relojes hacia la hora final. Sentir ese escalofrío de terror que nos produce lo desconocido, lo ignorado, el más allá… Aferrarse, quizás por puro apego a la propia existencia, a la creencia religiosa de que algo de nosotros sobrevive a la muerte. Concebir pensamientos y plantearnos dudas metafísicas y teologales que pronto nos sacudiremos de la cabeza, para volver a llenarla durante un año entero con la rutina del quehacer diario, del subsistir concreto y terrenal. Seguir formando parte de eso que llamamos vida.