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Archivos de: Marzo 2007

FUTURO INCIERTO

por amagomis @ 2007-03-26 - 10:24:01

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Así como en el difunto siglo XX la sociedad construía su futuro, o soñaba construirlo, sobre las sólidas bases del empleo estable y la pareja para toda la vida, con lo cual parecía que el terreno que uno pisaba era firme y sin excesivos vaivenes, por lo visto la nave del siglo XXI no lleva esos derroteros y debemos habituarnos a la precariedad, tanto laboral como sentimental. El fracaso en el trabajo y en el amor se está convirtiendo en algo habitual y nuestra mente debe adaptarse a convivir con las frustraciones personales. El romanticismo se va definitivamente a hacer puñetas y cuando nos declaremos a nuestra pareja debemos hacerlo teniendo en cuenta la previsión de la posible ruptura y, por qué no, manteniendo a mano la agenda de posibles sustitutos/as, como cualquier empresa hace si los proveedores habituales le fallan. Llevamos camino de que las viejas relaciones duraderas y crédulas sean sustituidas por los nuevos amores escépticos. Ahora se exprime más el amor y se agota antes por la propia convicción de que ya no es para siempre. Antes teníamos toda la vida por delante para recrearnos en lo bueno y lo malo de la convivencia, ahora le calculamos la fecha de caducidad y explotamos la mina a destajo, para sacarle todo el partido en breve plazo. Visto así, tampoco sé qué será peor, si tomárselo con tiempo y calma chicha o agotar la paciencia de tu pareja en breve plazo y concienzudamente. De modo que todas las broncas de cuarenta años de matrimonio podemos concentrarlas en año y medio. Así tendríamos una relación más frenética, desde luego.
Los jóvenes se adaptan mejor al nuevo sistema, le cogen el truco y le sacan partido: novio viene, novia va, hoy contigo, mañana Dios dirá. Pero los cuarentones, cuando los echan de casa y les ponen la maleta en el descansillo, es como si los condenasen al fin del mundo. Se convierten en perfectos inadaptados, porque una vez fueron educados en la creencia de que había que conseguir la estabilidad, la maldita estabilidad emocional. Y vagan como perros mansos por las calles, incapaces de adentrarse en la selva del futuro. O, peor aún, quieren convertirse en jóvenes a toda costa y hacen el ridículo más absoluto en la barra de cualquier bar, intentando ligar a señoritas en edad de ser sus hijas, o quedando por Internet con alguien que también les miente.
A mí ese futuro no me gusta nada. Prefiero seguir en el pasado, ser un antiguo. La mecanización de los sentimientos, la medición por parámetros de pura conveniencia, va a mandar a los poetas al paro y sólo va a servir para que los abogados trabajen a destajo sacando ganancia en el río revuelto de las relaciones de pareja. Aunque, tal vez, sea imposible resistirse, porque ese futuro incierto ha comenzado ya y es imparable.

Amado Gómez Ugarte

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LA DIMISIÓN

por amagomis @ 2007-03-19 - 08:26:26

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Natura déficit, fortuna mutatur, deus omnia cernit

Lucio Próculo Augusto fingió no haber escuchado los insultos que Marco Céfiro le lanzaba desde el balcón de su casa. Pasó de largo, a paso raudo, y enfiló la vía Claudia con destino al anfiteatro Flavio. Necesitaba relajarse de sus cotidianos problemas contemplando un espectáculo atrayente. Hoy echaban a las fieras a unos estultos cristianos que adoraban a un dios único. Su trabajo de recaudador imperial de impuestos le producía cuantiosas enemistades y frecuentes quebraderos de cabeza. Ahí estaba el caso de Marco Céfiro, amigo de la infancia, compañero después de orgías y bacanales, y ahora adversario irreconciliable de su persona y oficio. Incluso sospechaba que su propia esposa, Teodota, no le era del todo fiel, pues últimamente la encontraba demasiado alegre y dada a la poesía erótica de Estratón de Sardes. Tampoco sus dos hijas gemelas, Plotina y Sabina, le proporcionaban otra cosa que disgustos. Había sido rechazado el ingreso de ambas en la Casa de las Vestales, al comprobarse su condición incuestionable de no puras. Plotina admitió entre llantos su desfloración voluntaria por parte de un aguerrido centurión durante las últimas fiestas en honor a Venus. Sabina, la más mentirosa de las dos, alegó en su descargo la accidental involuntariedad de una mala caída de un caballo. Sea como fuere, tenía otra vez a sus hijas en casa, holgazaneando todo el día y malgastando los denarios que a él tantas discordias y esfuerzos le costaba conseguir.
La vida para Lucio Próculo no era un jardín de rosas. El emperador Adriano había regresado de sus viajes por medio mundo con las arcas vacías, y exigía cada vez más dedicación a sus recaudadores. No sólo había restaurado el antiguo impuesto vespasiánico sobre el uso de las letrinas, sino que además recargó con desmesura la contribución urbana de los prostíbulos y centros de sicalipsis. Lo cual generaba la animadversión de los proxenetas -tal era el caso de su ex amigo Marco Céfiro- que, en la práctica, resultaban ser las personas más influyentes de Roma. Por eso necesitaba despejar su mente de los problemas cotidianos y distraerse observando desde la grada el hilarante correteo circular de los cristianos por la arena, perseguidos por los hambrientos leones africanos. Necesitaba ver brotar una sangre que no fuera la suya, para sentirse seguro y satisfecho en su asiento, para comprobar personalmente que algunos lo pasaban peor que él. Porque, de un tiempo a esta parte, su vida le empezaba a resultar insufrible, y había llegado a dudar de si realmente merecía la pena vivirla. Pero cuando escuchaba los alaridos y lloros de los cristianos, cuando veía las dentelladas de las fieras y la arena se teñía de púrpura, recuperaba de inmediato las ganas de seguir existiendo. Y le importaba menos que su mujer se entendiese con los esclavos dacios, que sus hijas fueran unas desvergonzadas, o que ya no le quedase una sola amistad sincera en toda Roma.
Ensimismado en sus pensamientos y con la vista puesta en los adoquines del suelo, pasó de largo el Anfiteatro y se adentró, sin quererlo, a través del Arco de Tito, en el Foro Romano. Hasta que sintió el nauseabundo olor de la Cloaca Máxima y el no menos fétido de los Mercados Trajanos, no se percató de su error. Una cortesana callejera, aromada con jazmines tunicios, de las muchas que merodeaban por el Templo de Venus, se le aproximó con intención de ofrecerle sus favores a un precio razonable. Pero al percatarse de quién era, se giró sobre sí misma murmurando: “Con un puerco recaudador de impuestos, ni por mil denarios recién acuñados…” Un coro de rameras entonó desde su esquina, dirigiéndose a él, un cántico sarcástico referente a la inusitada potencia viril de los esclavos dacios. Sobre el collado palatino, los antiguos y ya decadentes palacios de Augusto y Tiberio veían ponerse el sol tras de sus cornisas. Un ingente vocerío, procedente del Anfiteatro Flavio, anunciaba a los cuatro vientos que leones y cristianos se hallaban en el circo. Lucio Próculo Augusto se sintió extraño, como perdido en su propia ciudad. O acaso era la ciudad la que se perdía en torno suyo… Escupió a las rameras, que seguían cantándole, miró de reojo hacia el lugar del que provenían los clamores, escupió también. Se encomendó al dios Esculapio y decidió presentar la dimisión irrevocable ante Adriano. Alquiló una cuadriga y se dirigió, a toda prisa, a través de la Vía Tiburtina, hacia Villa Adriana.
El trayecto resultó pesado, no en vano la distancia rondaba las veintiún millas, o sea, ciento sesenta y ocho estadios. Para cuando avistó la suave colina próxima a Tibur, en la que Adriano había edificado su grandiosa villa, la albar palidez de la luna se dejaba entrever detrás de los cirros, y las sombras cercenaban el paisaje. Los guardias de la puerta de entrada le reconocieron y, apretando contra sí las bolsas de la paga, le dejaron penetrar. Dejó los caballos contra el muro, cruzó la piscina de Canope, en la que un esclavo bitinio, elegido por su semejanza física con el difunto Antíoo, ahogado en el Nilo, se bañaba desnudo. Rodeó un maremagno de estatuas y columnas, que parecían interpuestas como obstáculo más que como adorno. Y, por fin, llegó al gran triclinio en el que Adriano cenaba cordero del Lacio y truchas del Tiber bajo la atenta mirada de Areté, la intendenta de la villa. Lucio Próculo Augusto estaba lo suficientemente harto de la vida que llevaba como para atreverse a hablar. Dimitió en voz alta ante Adriano, que babeaba grasa de cordero por las comisuras de los labios sin prestarle excesiva atención. El esclavo bitinio, desnudo y goteando, irrumpió en la estancia y se colocó a la diestra de su emperador. Éste le sonrió y se dirigió a él en los mismos términos cariñosos que antaño utilizaba con Antínoo. Luego tomó una trucha de la bandeja y se la colocó en la boca. Tomó también un par de racimos de uva, y los colgó de sus orejas. Lucio Próculo Augusto empezaba a ponerse nervioso. El emperador no le prestaba la más mínima atención, todos sus sentidos estaban dedicados al imitador de Antínoo. Dimitió de nuevo, elevando más aún el tono de voz. Adriano comenzó a mordisquearle las orejas al esclavo e hizo un gesto despectivo para que apartasen de su vista al molesto recaudador. Un par de guardias lo sacaron a empellones, y Areté le amenazó con echarle los mastines si persistía en su empeño de dimitir. El cielo ennegrecía por momentos, como los pensamientos de Lucio Próculo Augusto. No estaba dispuesto a rendirse, a continuar siendo toda su vida un maldito recaudador de impuestos, odiado y vilipendiado por toda Roma. Deseaba una vida diferente, comenzar de nuevo, nacer.
Se escondió tras un templete dedicado a Isis, construido a semejanza del que Trajano, padre adoptivo de Adriano, había mandado edificar sobre la egipcia isla de Filae. Esperó a que el triclinio se despejase de guardianes y volvió a la carga. Esta vez Adriano y el esclavo bitinio estaban solos y ocupados en quehaceres muy particulares. Lucio Próculo Augusto presentó definitivamente su meditada e irremisible dimisión a voz en grito. El emperador chascó los dedos y apareció Areté con los perros.
Lucio Próculo Augusto, mientras intentaba en vano huir de las terribles fauces de los feroces canes, olvidó su oficio, a su desleal esposa, a sus indecorosas hijas, a los amigos que le abandonaron y a Roma entera. Y se sintió como nunca antes se había sentido. Se sintió un hombre renovado, diferente, despegado de los deseos, ajeno a los bienes terrenales, abierto a una nueva esperanza de eternidad. Y murió como un cristiano.
FINIS
Amado Gómez Ugarte
(Este relato se publicó en la revista Boletín de Ficciones)

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UN MUNDO FELIZ

por amagomis @ 2007-03-12 - 08:31:13

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Vivimos en un mundo feliz, adormecidos en eso que llamamos estado de bienestar. Pero resulta tristemente fácil encontrar lugares en el mundo donde la pobreza no significa una excepción, sino una norma de vida. Donde muchos de sus habitantes adolecen de las mínimas condiciones para vivir una vida digna.
Mientras millones de niños son explotados en el mundo, obligados a trabajar como si fueran esclavos, por un salario que no representa sino las migajas de su rendimiento laboral, nuestros hijos se compran carísimas zapatillas deportivas, de marca, que ha fabricado un muchacho de su misma edad en algún país asiático. Un muchacho que probablemente va descalzo.
Mientras millones de seres humanos trabajan de sol a sol, quebrándose la espalda en cualquier labor rudimentaria y agotadora, sin apenas derechos a los que acogerse y ninguna esperanza de futuro, biencomidos y tripudos ejecutivos ultiman grandes negocios y bajan barriga jugando al pádel o al tenis, o se dedican a sudar un poco por capricho pegándole furibundos bastonazos a una bola blanca en algún selecto club de golf.
Mientras millones de habitantes de los países menos desarrollados adelgazan sin remedio, algunos hasta la muerte, debido a una mala y escasa alimentación, para muchos ciudadanos del primer mundo la mayor obsesión de su vida, que incluso les produce daños psicológicos, es perder unos kilos de peso para poder lucir un espléndido tipo durante el verano.
Mientras millones de personas padecen miseria y enfermedades que podrían solucionarse con un poco de dinero, las televisiones públicas de este país nos entretienen la vista a diario con su cada vez más frívola programación y se endeudan entretanto en millones de euros. Y este déficit lo justifican tranquilamente y tampoco preocupa demasiado a la sociedad. La tele es intocable, ya se sabe.
Mientras millones de individuos permanecen analfabetos en este planeta, sin acceso a la educación elemental, sin saber leer y ni siquiera escribir su nombre. Nosotros, los instruidos habitantes del mundo culto, nos dedicamos a pagar a plazos hermosas enciclopedias que sólo utilizamos para adornar de modo conveniente las estanterías del salón de nuestra casa.
Y, mientras ustedes y yo nos sentimos un poco culpables de que haya pobreza en el mundo, de que millones de seres humanos padezcan la vida en lugar de disfrutarla, de las desigualdades e injusticias sociales que conducen a que unos pocos manejen a su antojo la mayoría de los bienes terrenales en su propio y egoísta provecho. Los que poseen el poder de gobernar y hacer que las situaciones cambien, que se reparta la riqueza con más equidad, están demasiado ocupados pensando en cómo tener contentos y mejor alimentados a quienes menos lo necesitan. Pensando en los millones de votos de los que mejor viven, que son quienes les mantienen en el poder.

Amado Gómez Ugarte

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MUJERES

por amagomis @ 2007-03-05 - 07:53:11

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Este próximo jueves, 8 de Marzo, como cada año, celebramos el Día de la Mujer Trabajadora, o sea el de todas las mujeres. Aunque bien es sabido que las fechas preconcebidas de modo reivindicativo se suelen quedar, por desgracia, en meras intenciones simbólicas, y que el verdadero apoyo, el más importante que se puede dar a la justa causa femenina no es cosa de un día, sino de toda una vida. De compartir con ellas en la práctica (en el hogar o en el trabajo) la igualdad que nos une.
Hay dos tipos de revoluciones, las ruidosas y sangrientas y las calladas e intelectuales. Los hombres somos más dados a las primeras y las mujeres a las segundas. Ellas saben muy bien que la forma más práctica y duradera de transformar el mundo es hacerlo sin grandes aspavientos, día a día, demostrando en sus quehaceres y profesiones que la inteligencia es más efectiva que la fuerza. Consiguiendo avanzar de modo paulatino y sin estridencias en su búsqueda de la equidad de oportunidades y derechos con respecto a los hombres. Son perseverantes, animosas, denodadas, valientes, y han dejado en absoluto ridículo y evidencia a algunos diccionarios de esos que presentan como sinónimo de "esforzado" la palabra "varonil". Por eso los cobardes de intelecto, los talibanes del mundo (que los hay en todas partes), y que se imponen mediante la fuerza bruta y la opresión, las temen y tratan de tenerlas inmóviles y amordazadas.
Las mujeres saben aprovechar la libertad (que es la única forma de vida aprovechable) para derribar barreras, convencionalismos, injusticias y menosprecios. Para propiciar esa inercia de modernidad y progreso que las sitúe en el lugar que les corresponde. Poco a poco, pero de un modo innegable, van asumiendo responsabilidad y poder en todos los ámbitos de la sociedad. Su revolución es incruenta y racional, ya digo, con la pluma en lugar de con la espada, por eso necesitan de la libertad para progresar lo mismo que las plantas precisan del sol. Y en aquellos países donde no hay libertad siempre son ellas las más perjudicadas y sometidas.
La tradición (que no es sino una doctrina inmovilista concebida para perpetuar en el poder las costumbres, modos y maneras de quien domina) las ha postergado durante siglos a un mero papel decorativo y, claro está, reproductivo. Ellas significaban la belleza y la continuidad de la especie. Pero estos atributos, entendidos al modo masculino, supusieron más una cárcel de sus verdaderas capacidades que una liberación. Una cárcel adornada, eso sí, con los dorados barrotes del romanticismo. Prisión poética, aduladora y engañosa donde permanecían secuestradas, ajenas, bellas y sumisas, mientras los hombres tomaban las decisiones y dirigían los destinos. A veces pienso que el famoso y monstruoso engendro del Dr. Frankenstein, que escribió una mujer llamada María Wollstonecraft (el apellido Shelley era de su esposo), no es sino una maravillosa venganza literaria que representa al hombre como una criatura simple y primitiva, rechazada por su propia, tradicionalista y reaccionaria, sociedad y abocada irremisiblemente a la tragedia.
Ellas han sabido enfrentarse a la adversidad del destino (un destino trazado sin su consentimiento), han conseguido avanzar a contracorriente de la realidad impuesta, atravesar las líneas enemigas y situarse en posición de no retorno, de no renuncia ni desistimiento de sus derechos. Cierto es que aún les queda mucho camino por andar, demasiada discriminación e incomprensión que vencer en el terreno laboral, social e incluso, en muchos casos, en el entorno familiar. Fortalezas inexpugnables, como la religión y la economía (que es otra forma de religión), donde los hombres se resisten como gatos panza arriba a perder sus monopolios y prebendas. Tendrán que combatir con la luz de la inteligencia contra la cerrazón y las tinieblas. Pero vencerán.
Visto lo injusto y belicoso que sigue siendo el mundo tras miles de años de gobierno masculino, en los que ha imperado la sinrazón y la violencia, es evidente que se necesita un cambio. Bienvenidas sean las mujeres.
Amado Gómez Ugarte
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