por
amagomis
@ 2007-03-19 - 08:26:26

Natura déficit, fortuna mutatur, deus omnia cernit
Lucio Próculo Augusto fingió no haber escuchado los insultos que Marco Céfiro le lanzaba desde el balcón de su casa. Pasó de largo, a paso raudo, y enfiló la vía Claudia con destino al anfiteatro Flavio. Necesitaba relajarse de sus cotidianos problemas contemplando un espectáculo atrayente. Hoy echaban a las fieras a unos estultos cristianos que adoraban a un dios único. Su trabajo de recaudador imperial de impuestos le producía cuantiosas enemistades y frecuentes quebraderos de cabeza. Ahí estaba el caso de Marco Céfiro, amigo de la infancia, compañero después de orgías y bacanales, y ahora adversario irreconciliable de su persona y oficio. Incluso sospechaba que su propia esposa, Teodota, no le era del todo fiel, pues últimamente la encontraba demasiado alegre y dada a la poesía erótica de Estratón de Sardes. Tampoco sus dos hijas gemelas, Plotina y Sabina, le proporcionaban otra cosa que disgustos. Había sido rechazado el ingreso de ambas en la Casa de las Vestales, al comprobarse su condición incuestionable de no puras. Plotina admitió entre llantos su desfloración voluntaria por parte de un aguerrido centurión durante las últimas fiestas en honor a Venus. Sabina, la más mentirosa de las dos, alegó en su descargo la accidental involuntariedad de una mala caída de un caballo. Sea como fuere, tenía otra vez a sus hijas en casa, holgazaneando todo el día y malgastando los denarios que a él tantas discordias y esfuerzos le costaba conseguir.
La vida para Lucio Próculo no era un jardín de rosas. El emperador Adriano había regresado de sus viajes por medio mundo con las arcas vacías, y exigía cada vez más dedicación a sus recaudadores. No sólo había restaurado el antiguo impuesto vespasiánico sobre el uso de las letrinas, sino que además recargó con desmesura la contribución urbana de los prostíbulos y centros de sicalipsis. Lo cual generaba la animadversión de los proxenetas -tal era el caso de su ex amigo Marco Céfiro- que, en la práctica, resultaban ser las personas más influyentes de Roma. Por eso necesitaba despejar su mente de los problemas cotidianos y distraerse observando desde la grada el hilarante correteo circular de los cristianos por la arena, perseguidos por los hambrientos leones africanos. Necesitaba ver brotar una sangre que no fuera la suya, para sentirse seguro y satisfecho en su asiento, para comprobar personalmente que algunos lo pasaban peor que él. Porque, de un tiempo a esta parte, su vida le empezaba a resultar insufrible, y había llegado a dudar de si realmente merecía la pena vivirla. Pero cuando escuchaba los alaridos y lloros de los cristianos, cuando veía las dentelladas de las fieras y la arena se teñía de púrpura, recuperaba de inmediato las ganas de seguir existiendo. Y le importaba menos que su mujer se entendiese con los esclavos dacios, que sus hijas fueran unas desvergonzadas, o que ya no le quedase una sola amistad sincera en toda Roma.
Ensimismado en sus pensamientos y con la vista puesta en los adoquines del suelo, pasó de largo el Anfiteatro y se adentró, sin quererlo, a través del Arco de Tito, en el Foro Romano. Hasta que sintió el nauseabundo olor de la Cloaca Máxima y el no menos fétido de los Mercados Trajanos, no se percató de su error. Una cortesana callejera, aromada con jazmines tunicios, de las muchas que merodeaban por el Templo de Venus, se le aproximó con intención de ofrecerle sus favores a un precio razonable. Pero al percatarse de quién era, se giró sobre sí misma murmurando: “Con un puerco recaudador de impuestos, ni por mil denarios recién acuñados…” Un coro de rameras entonó desde su esquina, dirigiéndose a él, un cántico sarcástico referente a la inusitada potencia viril de los esclavos dacios. Sobre el collado palatino, los antiguos y ya decadentes palacios de Augusto y Tiberio veían ponerse el sol tras de sus cornisas. Un ingente vocerío, procedente del Anfiteatro Flavio, anunciaba a los cuatro vientos que leones y cristianos se hallaban en el circo. Lucio Próculo Augusto se sintió extraño, como perdido en su propia ciudad. O acaso era la ciudad la que se perdía en torno suyo… Escupió a las rameras, que seguían cantándole, miró de reojo hacia el lugar del que provenían los clamores, escupió también. Se encomendó al dios Esculapio y decidió presentar la dimisión irrevocable ante Adriano. Alquiló una cuadriga y se dirigió, a toda prisa, a través de la Vía Tiburtina, hacia Villa Adriana.
El trayecto resultó pesado, no en vano la distancia rondaba las veintiún millas, o sea, ciento sesenta y ocho estadios. Para cuando avistó la suave colina próxima a Tibur, en la que Adriano había edificado su grandiosa villa, la albar palidez de la luna se dejaba entrever detrás de los cirros, y las sombras cercenaban el paisaje. Los guardias de la puerta de entrada le reconocieron y, apretando contra sí las bolsas de la paga, le dejaron penetrar. Dejó los caballos contra el muro, cruzó la piscina de Canope, en la que un esclavo bitinio, elegido por su semejanza física con el difunto Antíoo, ahogado en el Nilo, se bañaba desnudo. Rodeó un maremagno de estatuas y columnas, que parecían interpuestas como obstáculo más que como adorno. Y, por fin, llegó al gran triclinio en el que Adriano cenaba cordero del Lacio y truchas del Tiber bajo la atenta mirada de Areté, la intendenta de la villa. Lucio Próculo Augusto estaba lo suficientemente harto de la vida que llevaba como para atreverse a hablar. Dimitió en voz alta ante Adriano, que babeaba grasa de cordero por las comisuras de los labios sin prestarle excesiva atención. El esclavo bitinio, desnudo y goteando, irrumpió en la estancia y se colocó a la diestra de su emperador. Éste le sonrió y se dirigió a él en los mismos términos cariñosos que antaño utilizaba con Antínoo. Luego tomó una trucha de la bandeja y se la colocó en la boca. Tomó también un par de racimos de uva, y los colgó de sus orejas. Lucio Próculo Augusto empezaba a ponerse nervioso. El emperador no le prestaba la más mínima atención, todos sus sentidos estaban dedicados al imitador de Antínoo. Dimitió de nuevo, elevando más aún el tono de voz. Adriano comenzó a mordisquearle las orejas al esclavo e hizo un gesto despectivo para que apartasen de su vista al molesto recaudador. Un par de guardias lo sacaron a empellones, y Areté le amenazó con echarle los mastines si persistía en su empeño de dimitir. El cielo ennegrecía por momentos, como los pensamientos de Lucio Próculo Augusto. No estaba dispuesto a rendirse, a continuar siendo toda su vida un maldito recaudador de impuestos, odiado y vilipendiado por toda Roma. Deseaba una vida diferente, comenzar de nuevo, nacer.
Se escondió tras un templete dedicado a Isis, construido a semejanza del que Trajano, padre adoptivo de Adriano, había mandado edificar sobre la egipcia isla de Filae. Esperó a que el triclinio se despejase de guardianes y volvió a la carga. Esta vez Adriano y el esclavo bitinio estaban solos y ocupados en quehaceres muy particulares. Lucio Próculo Augusto presentó definitivamente su meditada e irremisible dimisión a voz en grito. El emperador chascó los dedos y apareció Areté con los perros.
Lucio Próculo Augusto, mientras intentaba en vano huir de las terribles fauces de los feroces canes, olvidó su oficio, a su desleal esposa, a sus indecorosas hijas, a los amigos que le abandonaron y a Roma entera. Y se sintió como nunca antes se había sentido. Se sintió un hombre renovado, diferente, despegado de los deseos, ajeno a los bienes terrenales, abierto a una nueva esperanza de eternidad. Y murió como un cristiano.
FINIS
Amado Gómez Ugarte
(Este relato se publicó en la revista Boletín de Ficciones)

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