por
amagomis
@ 2007-04-12 - 18:43:11

Llegó el Fin del Mundo. Pero Artemio Arauca no se enteró, porque estaba todo el día como tonto, pensando en los labios de Rosita Flores. Llevaba cuatro semanas con el pensamiento ocupado en lo mismo, en la tarde aquella en que sintió el repentino arrebato de apretarla contra sí y probar el dulzor de su boca. Un beso que duró tan sólo unos instantes, porque la señorita Flores se soltó de inmediato llena de rubor, pero cuyo recuerdo bien podría perdurar toda una eternidad. Así que mientras los siete ángeles tocaban las trompetas en el cielo, y la tierra se llenaba de fuego, y el mar se convertía en sangre, y las aguas de los ríos y las fuentes se volvían amargas, y los muertos salían de sus tumbas, y los vivos deseaban morirse, y el sol y la luna se eclipsaban, y las estrellas caían de una en una, y Dios aparecía sentado en su trono celestial con la toga de juez sobre la espalda, y ya nada existía y todo se había acabado. Mientras todo esto ocurría a su alrededor, Artemio Arauca estaba distraído, soñando con el roce de los labios de la señorita Flores, el trémulo palpitar de aquella carne suave y húmeda que añoraba volver a besar.
Fue por eso que no prestó demasiada atención a la gente vestida de domingo, con traje y corbata, con la que se cruzó por el camino, y que le decían que se fuera preparando porque había llegado el Día del Juicio. Pensó que iban de fiesta a alguna boda o les había caído la lotería. No se dio cuenta que temblaban como hojas de otoño y un miedo insuperable al castigo eterno les asomaba por los ojos y les corría por las mejillas. Tampoco se enteró de por qué unos tipos rubios con alas en la espalda iban trazando una línea que separaba a unos hombres de otros, ni les hizo caso alguno cuando le dijeron a qué lado de la raya debía situarse. Él siguió andando, sendero adelante, en dirección a la casa de Rosita Flores. Recordaba el color canela de su piel, su pelo negro como el carbón de la mina, sus ojos brillantes como un amanecer cuando la niebla se disipa y el día asoma sobre la montaña, las manos pequeñas y suaves que sostuvo un instante entre las suyas, y los labios aquellos, dulces como almíbar de caña, cuyo sabor ya no podía olvidar.
El aire estaba denso como niebla, y aunque era primavera las hojas de los árboles se caían y los pájaros callaban. Pero el camino que llevaba a la casa de Rosita era el mismo de siempre, hecho de barro duro y del rodar de los carros de los bueyes. Todos los muertos de la aldea pasaron por su lado, con la carne hecha jirones y las calaveras asomando, llevaban prisa por encontrarse a sí mismos para siempre, Artemio pasó sin saludar, absorto en sus pensamientos, ni siquiera vio a su padre que le preguntó por las yeguas y la cosecha de tabaco. El viejo se alejó, llevado por la inercia, gritándole de lejos que a cuánto se pagaba ya el saco de hojas secas y que no se dejase robar por los mamones de la Tabacalera. Llovía la sangre de los mártires y tal vez un dragón de color de fuego, con siete cabezas y diez cuernos, atravesase el cielo persiguiendo el rastro de una mujer envuelta en el sol y que llevaba la luna debajo de sus pies y sobre la cabeza una corona de estrellas. Y Artemio suspiró una vez más todo el amor que sentía por Rosita Flores, y avivó el paso porque quería llegar pronto a su casa para pedirla en matrimonio. Lo había pensado bien. Él no era rico, pero tenía un par de manos para trabajar de sol a sol y, aunque todos decían que era un poco distraído, era lo suficientemente listo para saber lo que quería en la vida. Y quería hacer feliz a esa mujer. Ella no podía negarse, se había dejado besar. Y lo de soltarse y salir corriendo había sido después de mucho rato de tener los labios juntos. Porque las mujeres suelen sentir vergüenza cuando les gusta un beso. Pero ahora ya nada ni nadie, ni mismamente que se acabase el mundo, podría sacarle de su empeño de ponerse de nuevo frente a ella y decirle que la amaba.
Rosita estaba planchando una camisa. Echaba carbón caliente en la plancha y repasaba los cuellos y las mangas con agua y almidón. La ropa despedía pequeños halos de vapor que formaban figuritas sinuosas y se disipaban al instante. Estaba sola en casa. Todos se habían ido. Le habían dicho que fuera con ellos, pero ella se negó. Quedaba mucho por planchar, y además prefería estar sola y pensar en el muchacho aquel que la había besado. Ella era tan sólo la criada, la que limpiaba y cocinaba cada día para todos, la que se ajaba las manos con la lejía y se encallecía las rodillas fregando el suelo, pero después del beso todo esto dejó de importarle. Por una vez en la vida alguien la había mirado de un modo diferente, había rodeado su cintura con sus fuertes brazos y apretado sus labios con un beso. El mundo era distinto desde entonces. Estaba segura que ese muchacho volvería, aunque todos se marchasen a otro mundo, aunque nadie quisiera ya vivir en éste. Él regresaría un día y ella le estaría esperando. Terminó de aplanar las contramangas y los hombros, plegó la camisa en el montón de la ropa limpia y se quitó el delantal. Lejano llegaba un eco de trompetas y destellos de luz surcando el cielo.
Miró por el ventano hacia la lejanía. Todos se habían ido. Subió a la habitación de la señora y rebuscó en el armario. Allí estaba el vestido blanco de la boda, con los volantes, bordados, encajes... Era el vestido más bonito que nunca había visto. Se lo puso y se miró al espejo. Soñó que aquel muchacho estaba allí, a su lado, llevándola del brazo. Caminó por la habitación de esquina a esquina, con paso acompasado, como si caminase hacia un altar por un pasillo largo. El beso. Pensó una vez más en el beso. Sintió los labios temblorosos del muchacho, su respiración convulsa, la presión de sus brazos y sus labios. Lo había conocido en el baile de los jueves, la única tarde que ella libraba. Se ofreció a acompañarla a casa. Estaban en el porche, bajo la leve luz de la lamparilla de petróleo. Iban a despedirse, casi en silencio, sin decirse una sola palabra. El muchacho era tímido, pero algo le impulsó a besarla, algo que no pudo contener. Ella corrió y se encerró en casa. Pero desde ese momento su vida dejó de ser la misma. A la mañana siguiente la señora se rió cuando se lo contó. Le dijo que los hombres sólo buscan su provecho, que ese muchacho era un sinvergüenza y que quería aprovecharse de su inocencia. La prohibió volver al baile de los jueves. Dijo que ella no era su madre, pero sí la responsable de lo que ocurría con la gente que vivía bajo su techo. Pero no pudo prohibirle soñar despierta cada día, sentir dentro del pecho el calor de una vela encendida. Luego la señora se lo contó a todos en la mesa y todos rieron. “Ese muchacho es el hijo del difunto Arauca, el cultivador de tabaco”, dijo el señor, haciendo un gesto despectivo. “Con ese novio no vas a salir de pobre, Rosita, búscate otro que tenga más provecho”. Ella lloró de rabia en la cocina, mientras lavaba los platos, y maldijo en voz baja a todos los de la casa. Los ricos no comprenden que el amor no está en venta, pensó, ellos todo lo miden desde su altura y los sentimientos de los demás les parecen pequeños, porque nunca se rebajan a intentar comprenderlos.
Volvió a mirarse en el espejo con el vestido blanco. Si la señora la pillase seguro que la azotaba con la fusta de las caballerizas, pero estaba sola en casa, completamente sola. En ese instante era la dueña y vestía su vestido. Se acercó al joyero, lo abrió y tomó las sortijas y collares. Se adornó como una diosa. Se arregló el cabello con el peine de plata y los labios con carmín. Era la novia más hermosa que hombre alguno pudiera desear. Un ángel cruzó por la ventana empuñando una espada de fuego y se detuvo un instante a contemplarla. Afuera el correr del tiempo se había interrumpido en todos los relojes, y todos los muertos, grandes y pequeños, fueron juzgados según sus obras, y el mar devolvió los ahogados que tenía en su seno, y los abismos vaciaron también sus cadáveres, y todo el que no fue hallado escrito en el libro de la vida fue arrojado en el eterno estanque de fuego...
Entonces sonó un golpe en la puerta. Rosita Flores sintió en mitad del pecho el indomable palpitar de su esperanza y bajó corriendo a abrir.
Él la miró a ella y ella a él. No hubo palabras, solo un beso. Eran los dos únicos habitantes, no quedaba ya nadie más sobre la Tierra. Pero la vida continuó su curso como si nada hubiera sucedido.
Dios sonrió desde la cima del monte más alto, se mesó la luenga barba blanca y pidió a su escriba que apuntase la fecha, para dejar constancia de que ese día era el primer día del nuevo mundo.
Amado Gómez Ugarte
(Este cuento resultó ganador del XIII Premio CLARÍN de Cuentos, convocado por la Asociación de Escritores y Artistas Españoles)

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