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EL HORÓSCOPO

por amagomis @ 2007-04-24 - 09:59:04

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En todos los medios de comunicación, desde las vacuas revistas del corazón y las ingles hasta los sesudos diarios de información, aparece algún horóscopo anunciando cómo irá el amor, el dinero y la salud de la parroquia de lectores. Y es que, a pesar del pragmatismo de los tiempos que vivimos, o quizá por eso, aún abundan los crédulos de lo fantástico y sobrenatural (lo cual quiere decir que el realismo mágico sigue de moda).
Jugar a las adivinanzas tiene mucho morbo para la gente. Sobre todo teniendo en cuenta que el único futuro seguro de la masa media de ciudadanos es el estacazo anual que Hacienda da a los sufridos contribuyentes, y la seguridad pasmosa de que (se contenga o no la inflación) la vida continuará encareciéndose, las cifras de parados no mermarán en lo esencial (aunque aumente el engañoso empleo temporal), y la euroeconomía de los ciudadanos de a pie españoles (parlamentarios y cargos públicos, aparte) no irá del todo bien, aunque España vaya bien para los parlamentarios y cargos públicos, se entiende.
La gracia de los horóscopos está en la maravillosa ambigüedad del lenguaje que utilizan, en su capacidad de indefinición, en conseguir que las predicciones sirvan lo mismo para un roto que para un descosido. En no hablar claro y preciso, sino con calculada indeterminación, de modo que lo vago, lo difuso, lo nebuloso, brille por encima de la luz del sol, por encima de la verdad, quiero decir. Yo creo que si nos cambiaran al Gobierno en pleno de la Nación y a toda la oposición por los encargados de escribir los horóscopos en los periódicos, ni nos dábamos cuenta. Y no estoy seguro del todo de que esto no haya ocurrido ya.

Amado Gómez Ugarte

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LOS LIBROS

por amagomis @ 2007-04-19 - 14:03:50

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La descripción aséptica que da el diccionario sobre la palabra "libro" viene a significar que se trata de una reunión de muchas hojas de papel impresas, encuadernadas o cosidas, provistas de una cubierta y que forman un volumen. Pero un libro es, por supuesto, mucho más. Pues, esa reunión de hojas impresas, ha sido y continúa siendo el soporte de la difusión de la cultura y el progreso en todo el mundo. Cuando Gutenberg inventó la imprenta abrió las puertas para que la cultura escapase de las sacras y elitistas cárceles en que se hallaba retenida y pudiese esparcir su fructífera semilla por los pueblos y ciudades, entre la gente llana y sencilla, más allá del clero y la nobleza, más allá, por tanto, de las clases dominantes. La cultura pudo encontrar así el único camino que la podía mantener viva y hacerla de verdad útil, el de ser plural y popular, al alcance de quien estuviese dispuesto a aprender a vivir y aprender a soñar a través de ella.
Los libros enseñan a volar sin despegar los pies del suelo, a coger vuelo mental y elevar nuestro libre pensamiento por encima de las pequeñeces del mundo. Por eso los dictadores de uno y otro signo (los falsos padres de la patria y los falsos salvadores revolucionarios), tan propensos ellos a las pequeñeces de su mundo, siempre han temido a los libros y han preferido destruirlos que leerlos. Porque los libros sirven para despertar los sueños, las utopías y otros modos más inteligentes de pensar que los establecidos por la fuerza bruta, la opresión religiosa o de las armas. Sirven para despertar conciencias y realizar una crítica necesaria de la sociedad, sus tradiciones y valores, que en tantos casos son sinónimo de estancamiento moral, abuso y opresión de los poderosos sobre los más débiles. Y los dictadores, ya se sabe, prefieren un pueblo sin alas y sin imaginación, un pueblo fácil de manejar, para el que las primitivas y cerradas conjeturas raciales y tribales resulten más importantes que los aperturistas conceptos universales. O dicho de otro modo más explícito, un pueblo que prefiera perder el tiempo mirándose al ombligo, en lugar de levantar la cabeza y otear el horizonte.
Por mucho que algunos agoreros se empeñen, los libros no van a morir tampoco víctimas del progreso y la edición electrónica, como no murió la radio por culpa de la televisión. Porque a los libros se les puede complementar, pero no sustituir. Los libros son compañeros imprescindibles de soledad, de viaje, de amor y odio, de estudio y holganza, de libertad y encierro. Son esos amigos fieles que nos consuelan de tantas soledades y nos hablan en voz baja, contándonos historias que a veces nos recuerdan nuestra propia historia, haciéndonos partícipes de realidades y fantasías, ilusiones y desdichas, placeres y dolores, libertades y cautiverios que nunca nos resultan del todo ajenos porque expresan sentimientos que todos compartimos.
Acérquense a los libros cualquier día, aunque no sea el Día del Libro. Tóquenlos, que no muerden. Acaricien sus portadas y sus hojas interiores. Pasen los ojos por la letra impresa. Sientan el tacto de las páginas que vuelan trémulas entre sus dedos, como hojarasca arrastrada por el viento. Hay libros gruesos y delgados, de bolsillo y de estantería, libros que contienen psicología, locura, simbolismos, religión, intriga, poesía, pensamiento, sexo, humor, amor, búsqueda, ingenuidad, perversión, melancolía, crítica, imaginación... Hay tantos libros como sueños. Leamos. Soñemos.

Amado Gómez Ugarte

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EL BESO

por amagomis @ 2007-04-12 - 18:43:11

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Llegó el Fin del Mundo. Pero Artemio Arauca no se enteró, porque estaba todo el día como tonto, pensando en los labios de Rosita Flores. Llevaba cuatro semanas con el pensamiento ocupado en lo mismo, en la tarde aquella en que sintió el repentino arrebato de apretarla contra sí y probar el dulzor de su boca. Un beso que duró tan sólo unos instantes, porque la señorita Flores se soltó de inmediato llena de rubor, pero cuyo recuerdo bien podría perdurar toda una eternidad. Así que mientras los siete ángeles tocaban las trompetas en el cielo, y la tierra se llenaba de fuego, y el mar se convertía en sangre, y las aguas de los ríos y las fuentes se volvían amargas, y los muertos salían de sus tumbas, y los vivos deseaban morirse, y el sol y la luna se eclipsaban, y las estrellas caían de una en una, y Dios aparecía sentado en su trono celestial con la toga de juez sobre la espalda, y ya nada existía y todo se había acabado. Mientras todo esto ocurría a su alrededor, Artemio Arauca estaba distraído, soñando con el roce de los labios de la señorita Flores, el trémulo palpitar de aquella carne suave y húmeda que añoraba volver a besar.

Fue por eso que no prestó demasiada atención a la gente vestida de domingo, con traje y corbata, con la que se cruzó por el camino, y que le decían que se fuera preparando porque había llegado el Día del Juicio. Pensó que iban de fiesta a alguna boda o les había caído la lotería. No se dio cuenta que temblaban como hojas de otoño y un miedo insuperable al castigo eterno les asomaba por los ojos y les corría por las mejillas. Tampoco se enteró de por qué unos tipos rubios con alas en la espalda iban trazando una línea que separaba a unos hombres de otros, ni les hizo caso alguno cuando le dijeron a qué lado de la raya debía situarse. Él siguió andando, sendero adelante, en dirección a la casa de Rosita Flores. Recordaba el color canela de su piel, su pelo negro como el carbón de la mina, sus ojos brillantes como un amanecer cuando la niebla se disipa y el día asoma sobre la montaña, las manos pequeñas y suaves que sostuvo un instante entre las suyas, y los labios aquellos, dulces como almíbar de caña, cuyo sabor ya no podía olvidar.

El aire estaba denso como niebla, y aunque era primavera las hojas de los árboles se caían y los pájaros callaban. Pero el camino que llevaba a la casa de Rosita era el mismo de siempre, hecho de barro duro y del rodar de los carros de los bueyes. Todos los muertos de la aldea pasaron por su lado, con la carne hecha jirones y las calaveras asomando, llevaban prisa por encontrarse a sí mismos para siempre, Artemio pasó sin saludar, absorto en sus pensamientos, ni siquiera vio a su padre que le preguntó por las yeguas y la cosecha de tabaco. El viejo se alejó, llevado por la inercia, gritándole de lejos que a cuánto se pagaba ya el saco de hojas secas y que no se dejase robar por los mamones de la Tabacalera. Llovía la sangre de los mártires y tal vez un dragón de color de fuego, con siete cabezas y diez cuernos, atravesase el cielo persiguiendo el rastro de una mujer envuelta en el sol y que llevaba la luna debajo de sus pies y sobre la cabeza una corona de estrellas. Y Artemio suspiró una vez más todo el amor que sentía por Rosita Flores, y avivó el paso porque quería llegar pronto a su casa para pedirla en matrimonio. Lo había pensado bien. Él no era rico, pero tenía un par de manos para trabajar de sol a sol y, aunque todos decían que era un poco distraído, era lo suficientemente listo para saber lo que quería en la vida. Y quería hacer feliz a esa mujer. Ella no podía negarse, se había dejado besar. Y lo de soltarse y salir corriendo había sido después de mucho rato de tener los labios juntos. Porque las mujeres suelen sentir vergüenza cuando les gusta un beso. Pero ahora ya nada ni nadie, ni mismamente que se acabase el mundo, podría sacarle de su empeño de ponerse de nuevo frente a ella y decirle que la amaba.

Rosita estaba planchando una camisa. Echaba carbón caliente en la plancha y repasaba los cuellos y las mangas con agua y almidón. La ropa despedía pequeños halos de vapor que formaban figuritas sinuosas y se disipaban al instante. Estaba sola en casa. Todos se habían ido. Le habían dicho que fuera con ellos, pero ella se negó. Quedaba mucho por planchar, y además prefería estar sola y pensar en el muchacho aquel que la había besado. Ella era tan sólo la criada, la que limpiaba y cocinaba cada día para todos, la que se ajaba las manos con la lejía y se encallecía las rodillas fregando el suelo, pero después del beso todo esto dejó de importarle. Por una vez en la vida alguien la había mirado de un modo diferente, había rodeado su cintura con sus fuertes brazos y apretado sus labios con un beso. El mundo era distinto desde entonces. Estaba segura que ese muchacho volvería, aunque todos se marchasen a otro mundo, aunque nadie quisiera ya vivir en éste. Él regresaría un día y ella le estaría esperando. Terminó de aplanar las contramangas y los hombros, plegó la camisa en el montón de la ropa limpia y se quitó el delantal. Lejano llegaba un eco de trompetas y destellos de luz surcando el cielo.

Miró por el ventano hacia la lejanía. Todos se habían ido. Subió a la habitación de la señora y rebuscó en el armario. Allí estaba el vestido blanco de la boda, con los volantes, bordados, encajes... Era el vestido más bonito que nunca había visto. Se lo puso y se miró al espejo. Soñó que aquel muchacho estaba allí, a su lado, llevándola del brazo. Caminó por la habitación de esquina a esquina, con paso acompasado, como si caminase hacia un altar por un pasillo largo. El beso. Pensó una vez más en el beso. Sintió los labios temblorosos del muchacho, su respiración convulsa, la presión de sus brazos y sus labios. Lo había conocido en el baile de los jueves, la única tarde que ella libraba. Se ofreció a acompañarla a casa. Estaban en el porche, bajo la leve luz de la lamparilla de petróleo. Iban a despedirse, casi en silencio, sin decirse una sola palabra. El muchacho era tímido, pero algo le impulsó a besarla, algo que no pudo contener. Ella corrió y se encerró en casa. Pero desde ese momento su vida dejó de ser la misma. A la mañana siguiente la señora se rió cuando se lo contó. Le dijo que los hombres sólo buscan su provecho, que ese muchacho era un sinvergüenza y que quería aprovecharse de su inocencia. La prohibió volver al baile de los jueves. Dijo que ella no era su madre, pero sí la responsable de lo que ocurría con la gente que vivía bajo su techo. Pero no pudo prohibirle soñar despierta cada día, sentir dentro del pecho el calor de una vela encendida. Luego la señora se lo contó a todos en la mesa y todos rieron. “Ese muchacho es el hijo del difunto Arauca, el cultivador de tabaco”, dijo el señor, haciendo un gesto despectivo. “Con ese novio no vas a salir de pobre, Rosita, búscate otro que tenga más provecho”. Ella lloró de rabia en la cocina, mientras lavaba los platos, y maldijo en voz baja a todos los de la casa. Los ricos no comprenden que el amor no está en venta, pensó, ellos todo lo miden desde su altura y los sentimientos de los demás les parecen pequeños, porque nunca se rebajan a intentar comprenderlos.

Volvió a mirarse en el espejo con el vestido blanco. Si la señora la pillase seguro que la azotaba con la fusta de las caballerizas, pero estaba sola en casa, completamente sola. En ese instante era la dueña y vestía su vestido. Se acercó al joyero, lo abrió y tomó las sortijas y collares. Se adornó como una diosa. Se arregló el cabello con el peine de plata y los labios con carmín. Era la novia más hermosa que hombre alguno pudiera desear. Un ángel cruzó por la ventana empuñando una espada de fuego y se detuvo un instante a contemplarla. Afuera el correr del tiempo se había interrumpido en todos los relojes, y todos los muertos, grandes y pequeños, fueron juzgados según sus obras, y el mar devolvió los ahogados que tenía en su seno, y los abismos vaciaron también sus cadáveres, y todo el que no fue hallado escrito en el libro de la vida fue arrojado en el eterno estanque de fuego...

Entonces sonó un golpe en la puerta. Rosita Flores sintió en mitad del pecho el indomable palpitar de su esperanza y bajó corriendo a abrir.

Él la miró a ella y ella a él. No hubo palabras, solo un beso. Eran los dos únicos habitantes, no quedaba ya nadie más sobre la Tierra. Pero la vida continuó su curso como si nada hubiera sucedido.

Dios sonrió desde la cima del monte más alto, se mesó la luenga barba blanca y pidió a su escriba que apuntase la fecha, para dejar constancia de que ese día era el primer día del nuevo mundo.
Amado Gómez Ugarte

(Este cuento resultó ganador del XIII Premio CLARÍN de Cuentos, convocado por la Asociación de Escritores y Artistas Españoles)

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SANTA SEMANA

por amagomis @ 2007-04-02 - 17:22:03

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La Semana Santa sólo es santa para los que se quedan crucificados en casa aguantando la programación católico-familiar de las distintas televisiones, que siempre por estas fechas nos retorna al pasado más inamovible con películas de asignatura de religión como Ben-Hur, Quo vadis, Los diez mandamientos y otras por el estilo. Para los sufridos ciudadanos que permanecemos estos días en el hogar padeciendo como verdaderos nazarenos. Los demás, los que se largan de vacaciones, van a divertirse y a correrse unas alegres juerguecitas. De hecho la costa mediterránea está a tope de marcha por estas fechas. Y no digamos las famosas procesiones. No hace falta más que darse un paseíto matutino por Sevilla, al día siguiente de una procesión, para comprobar el estado de suciedad, sobre todo vasos de plástico y botellas vacías que adornan el suelo de todo el recorrido. Vamos, que allí se ha bebido más vino y cerveza que en una bacanal romana, y no acierta uno a distinguir si lo acontecido ha tenido que ver en realidad con el fervor procesional o con una movida propia de un multitudinario concierto de rock and roll. Y es que si por algo nos distinguimos, y a mucha honra, los habitantes del sur de Europa con respecto a los muermos del norte, es porque somos capaces de convertir un entierro en un jolgorio.
Algunos nostálgicos del pasado, del paño morado y el rosario siempre a mano, dirán que se ha perdido la seriedad que dominaba las vidas de los ciudadanos y los acontecimientos religiosos hace unos años (cuando el catolicismo era todavía operativo como poder político para la opresión social), otros opinamos que afortunadamente el pueblo ha desdramatizado la Semana Santa, y la mayoría de la población disfruta de los ritos y las vacaciones sin que se le altere la sonrisa y sin vocación de penitentes crónicos. Las procesiones tienen un indudable valor sentimental, dramático, de representación, de teatro ambulante que recorre pueblos y ciudades llenando las calles de tradición y simbología. Pero aquella sensación de contagio colectivo con la tristeza, de luto obligatorio al por mayor y melancolía extrema que pretendían inculcarnos en tiempos pretéritos, ha sido sustituida por la libertad individual de dejar una puerta abierta a la alegría. Y como el pueblo es de natural alegre, ya tenemos una fiesta donde había un dolor. Por eso tras el eco sombrío de las saetas resuena ahora la música tecno-pop de las discotecas. Y la puritana mantilla da paso al escueto bañador de media pieza en las nutridas playas del Mediterráneo y Canarias.
Los únicos que llevamos con sufrimiento el capirote morado de la penitencia y portamos con congoja las andas de la mortificación, somos los que nos hemos tenido que quedar esta semana en casa viendo la fúnebre televisión y sacando a pasear al perro.
Amado Gómez Ugarte

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