
-¿Ha nacido ya, señor Gómez?
-Sí, hace unas horas...
Gómez bajó la vista, se notaba que algo le preocupaba.
-Bien, ¿cuál es el problema? –dijo la voz.
-Verá, es que, no sé muy bien cómo decirlo, no me gusta la familia en que he nacido...
-Pero, eso se piensa antes –el tono de la voz era de cierto reproche.
-No me acaba de convencer la vida que me espera –insistió el señor Gómez.
-Veamos, ha nacido usted en la familia Gómez, una pareja de cierta edad, es usted un hijo deseado, la situación económica es desahogada, tendrá una niñez convencional, sus padres le consentirán bastante, luego le espera una juventud sin sobresaltos, siempre por la senda de la normalidad, estudiará una carrera de ciencias, vivirá muy ocupado en sus estudios, los amigos serán pocos, pero buenos, y unos años después, conocerá a la mujer con la que contraerá matrimonio por lo civil. Rubia, buen tipo, agradable de trato, un tanto fría en sus relaciones sexuales, pero buena esposa. Esa frialdad sexual de su esposa, le llevará a relacionarse durante un tiempo con una de las secretarias de su empresa. Aparte de algunas esporádicas relaciones y de algún disgusto laboral, su vida transcurrirá de un modo totalmente previsible. Una casita en las afueras, con jardín y piscina, algunos viajes al extranjero, no tendrá hijos, acabará interesándose por la literatura y escribiendo medianamente bien como entretenimiento y como válvula de escape a su rutina cotidiana. Le espera una vejez reposada, un infarto cerebral y una muerte bastante llevadera. Una vida totalmente normal, en definitiva, ¿qué es lo que encuentra inconveniente?
-Precisamente eso... -musitó el señor Gómez-. Yo esperaba un poco más de emoción, ser alguien un poco más importante, pasar dejando huella...
-Bueno, bueno –cortó la voz-. Ya estamos con el empeño de hacerse notar. ¿Quién les ha metido en la cabeza a ustedes el veneno de la grandeza, de la fantasía? ¿De dónde sale tanto inconformismo? Se les ofrece una vida medianamente dichosa y quieren algo especial... Antes no pasaban estas cosas, desde luego, ¿sabe usted la de vidas desdichadas que les toca vivir a otras personas?
Gómez meneó la cabeza, como haciendo el gesto de comprender. Pero seguía mostrando su disconformidad.
-Yo aprecio lo que hacen por mí, no crea que soy un malagradecido, no es eso. Pero setenta y ocho años de vida normal y predecible resultan, en principio, poco apetecibles, aburridos. Hay otras cosas que uno ansía en la vida. Llegar a casa, ponerte las zapatillas y ver que tu mujer te mira como a un mueble más, no es muy agradable desde el punto de vista psicológico.
-Para eso tiene la aventura con la secretaria...
-No es eso exactamente –insistió el señor Gómez-. Existe dentro de mí un anhelo de encontrar eso que llaman felicidad, y he oído que uno de los factores primordiales para llegar a conseguirla consiste en un sentimiento llamado amor...
-Un momento –cortó la voz con cierto tono irascible-. ¿Usted sabe lo que duele y las molestias que causa el amor? Claro, a usted le han contado sólo lo más bonito del significado de la palabra, pero ese sentimiento es muy complicado, quien lo posee goza, pero también sufre. Y le voy a decir una cosa, señor Gómez, la mayoría de los que lo poseen acaban siendo infelices. Es, no sé cómo explicárselo, como un cuchillo con la hoja muy afilada, que uno acaba cortándose. ¿Me entiende?
Gómez volvió a mirarse sus todavía diminutos piececitos. Estaba en una clínica privada, sobre una aséptica cuna, y su madre dormitaba a su lado, respirando acompasadamente. Las explicaciones de la voz tenían lógica, pero no le convencían del todo, porque... ¿cómo saber de la conveniencia o no de unos sentimientos sin haber llegado a experimentarlos personalmente? Los consejos estaban bien, pero la propia experiencia era siempre el mejor método de valoración.
-De todos modos, me gustaría probar por mí mismo –dijo.
La voz resopló.
-¿Quiere usted sufrir? ¿Prefiere usted una vida con sobresaltos, dudas, angustia y dolor?
-Sí... –la voz del señor Gómez sonó un tanto apagada pero firme.
-Nadie le garantiza la felicidad, ni conseguir el amor, cuando entran los sentimientos de por medio los resultados no están garantizados... No hay ninguna vida perfecta, en unas falta emoción y en otras sobra, en unas buscamos compañía y en otras soledad, en unas nos vencen los sentimientos y en otras su ausencia. Yo que usted me conformaría con la vida que le corresponde. Nuestro sistema consiste en planificación, programación y método. No altere todo esto, seguro que lo lamentará.
-Un beso, una caricia, el leve roce de unos dedos, no pueden ser lo mismo desde la perspectiva del amor verdadero –musitó Gómez como para sí-. Algo de sublime debe haber en ello.
-Tonterías –dijo la voz-. Al final para lo único que sirven esas cosas es para debilitar el corazón y acelerar el momento del óbito.
-¿Usted no ha soñado nunca? –preguntó el señor Gómez.
-Planificación, programación y método –respondió la voz-. He ahí el camino recto, la única manera de que las cosas funcionen. Lo demás son senderos perdidos que no conducen a ninguna parte.
-Podríamos intentar una permuta –dijo Gómez en tono reivindicativo-. Cambiar mi vida por la de otro a quien le interese más la seguridad que la emoción.
-Todo son complicaciones –masculló la voz-. ¿Por qué no se conforma la gente con lo que tiene? ¿Por qué ese afán de arriesgar para acabar siempre perdiendo?
Gómez miró a su alrededor. Sobre la mesilla de la cama de su madre había un ramo de flores y varias cajas de bombones. Pero estaba sola en la habitación, porque su marido permanecía ocupado en sus negocios. Al parecer, era más importante para él vender piezas de maquinaria al por mayor que conocer a su hijo. Unas palabras por teléfono sustituyeron su presencia. Gómez miró hacia su madre, estaba acostumbrada a ocupar el segundo lugar en la vida de su esposo. Parecía una mujer triste. Seguramente ese niño que acababa de nacer llenaría los vacíos de su existencia. Lo acapararía para ella. Sería su tabla de salvación, el remedio de sus propias carencias de cariño. Una postura egoísta que ahogaría a la criatura en un mar de cuidados excesivos y contemplaciones que condicionarían su personalidad. Presión de la que el muchacho huiría en cuanto tuviese la edad adecuada para pensar por sí mismo. Pero parte del mal estaría hecho. Él también acabaría convertido en un ser egoísta. Y egoístamente actuaría en todas sus relaciones con el mundo. En su trabajo, en sus amistades, en su matrimonio. Siempre buscando la conveniencia. Incluso con sus amantes nunca pondría de sí nada que no le pudiera ser devuelto, ni un solo sentimiento espontáneo y gratuito. Por eso nunca nadie le querría lo suficiente como para quererle por él mismo. Gómez miró de nuevo a su madre. Le dio lástima. Las flores de la mesilla parecían hermosas, envueltas en el lujoso papel de la floristería, pero estaban comenzando a ajarse. Una habitación de hospital es siempre triste, aunque en ella aflore una nueva vida. De no ser porque sentía curiosidad por la existencia, que le llevaba a ansiar ser otra persona, vivir como otra persona, se hubiera conformado con ser el hijo de aquella mujer. Ella se merecía un poco más de amor, se veía en sus ojos que necesitaba alguien en quien volcar todo su cariño. Su marido era un buen hombre, pero demasiado metódico, siempre velando por el bienestar económico, anteponiendo el dinero a los sentimientos. Incapaz de una espontánea muestra de pasión, una caricia, un beso inesperado. Gómez miró de nuevo a su madre. Esa mujer no sería su madre, pero experimentaba por ella una afinidad de sentimientos, esa cierta empatía que sienten todos los tristes cuando ven algo suyo, parte de sí, en los ojos de los otros.
-¿Qué sucederá con ella? –preguntó el señor Gómez señalando a la mujer.
-No tendrá más hijos –dijo la voz-. Siempre vivirá con el recuerdo de este hijo que perdió.
-¿Y cómo será ese recuerdo? –insistió Gómez.
-Melancolía de lo que hubiera podido ser y no fue –dijo la voz-. Se acomodará a esa melancolía. Formará parte de su ser.
-La vida es dura... –exclamo Gómez-. Uno tiene que decidir entre la libertad y el dolor, entre la luz y las sombras, entre la calma y la tormenta.
-Decídase, no tenemos todo el día –dijo la voz un tanto sombría-. ¿Acepta usted una vida tranquila, dejarse llevar por la suave corriente de lo previsible o quiere arriesgarlo todo en un mar de dudas y de sueños vagos e inciertos que usted piensa le pueden conducir a la felicidad, pero que fácilmente pueden acabar desembocando en el desastre?
Gómez sentía la voz dentro de su cabeza. Dudó un instante, como se duda ante una encrucijada, ante dos puertas abiertas, ante dos horizontes. Poco después dejó de respirar. En algún otro lugar, otra mujer acababa de dar a luz una nueva vida.
Amado Gómez Ugarte
RESEÑA SOBRE EL AUTOR EN LA ENCICLOPEDIA VASCA AUÑAMENDI

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