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¿HA NACIDO YA?

por amagomis @ 2007-05-28 - 14:23:58

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-¿Ha nacido ya, señor Gómez?
-Sí, hace unas horas...
Gómez bajó la vista, se notaba que algo le preocupaba.
-Bien, ¿cuál es el problema? –dijo la voz.
-Verá, es que, no sé muy bien cómo decirlo, no me gusta la familia en que he nacido...
-Pero, eso se piensa antes –el tono de la voz era de cierto reproche.
-No me acaba de convencer la vida que me espera –insistió el señor Gómez.
-Veamos, ha nacido usted en la familia Gómez, una pareja de cierta edad, es usted un hijo deseado, la situación económica es desahogada, tendrá una niñez convencional, sus padres le consentirán bastante, luego le espera una juventud sin sobresaltos, siempre por la senda de la normalidad, estudiará una carrera de ciencias, vivirá muy ocupado en sus estudios, los amigos serán pocos, pero buenos, y unos años después, conocerá a la mujer con la que contraerá matrimonio por lo civil. Rubia, buen tipo, agradable de trato, un tanto fría en sus relaciones sexuales, pero buena esposa. Esa frialdad sexual de su esposa, le llevará a relacionarse durante un tiempo con una de las secretarias de su empresa. Aparte de algunas esporádicas relaciones y de algún disgusto laboral, su vida transcurrirá de un modo totalmente previsible. Una casita en las afueras, con jardín y piscina, algunos viajes al extranjero, no tendrá hijos, acabará interesándose por la literatura y escribiendo medianamente bien como entretenimiento y como válvula de escape a su rutina cotidiana. Le espera una vejez reposada, un infarto cerebral y una muerte bastante llevadera. Una vida totalmente normal, en definitiva, ¿qué es lo que encuentra inconveniente?
-Precisamente eso... -musitó el señor Gómez-. Yo esperaba un poco más de emoción, ser alguien un poco más importante, pasar dejando huella...
-Bueno, bueno –cortó la voz-. Ya estamos con el empeño de hacerse notar. ¿Quién les ha metido en la cabeza a ustedes el veneno de la grandeza, de la fantasía? ¿De dónde sale tanto inconformismo? Se les ofrece una vida medianamente dichosa y quieren algo especial... Antes no pasaban estas cosas, desde luego, ¿sabe usted la de vidas desdichadas que les toca vivir a otras personas?
Gómez meneó la cabeza, como haciendo el gesto de comprender. Pero seguía mostrando su disconformidad.
-Yo aprecio lo que hacen por mí, no crea que soy un malagradecido, no es eso. Pero setenta y ocho años de vida normal y predecible resultan, en principio, poco apetecibles, aburridos. Hay otras cosas que uno ansía en la vida. Llegar a casa, ponerte las zapatillas y ver que tu mujer te mira como a un mueble más, no es muy agradable desde el punto de vista psicológico.
-Para eso tiene la aventura con la secretaria...
-No es eso exactamente –insistió el señor Gómez-. Existe dentro de mí un anhelo de encontrar eso que llaman felicidad, y he oído que uno de los factores primordiales para llegar a conseguirla consiste en un sentimiento llamado amor...
-Un momento –cortó la voz con cierto tono irascible-. ¿Usted sabe lo que duele y las molestias que causa el amor? Claro, a usted le han contado sólo lo más bonito del significado de la palabra, pero ese sentimiento es muy complicado, quien lo posee goza, pero también sufre. Y le voy a decir una cosa, señor Gómez, la mayoría de los que lo poseen acaban siendo infelices. Es, no sé cómo explicárselo, como un cuchillo con la hoja muy afilada, que uno acaba cortándose. ¿Me entiende?
Gómez volvió a mirarse sus todavía diminutos piececitos. Estaba en una clínica privada, sobre una aséptica cuna, y su madre dormitaba a su lado, respirando acompasadamente. Las explicaciones de la voz tenían lógica, pero no le convencían del todo, porque... ¿cómo saber de la conveniencia o no de unos sentimientos sin haber llegado a experimentarlos personalmente? Los consejos estaban bien, pero la propia experiencia era siempre el mejor método de valoración.
-De todos modos, me gustaría probar por mí mismo –dijo.
La voz resopló.
-¿Quiere usted sufrir? ¿Prefiere usted una vida con sobresaltos, dudas, angustia y dolor?
-Sí... –la voz del señor Gómez sonó un tanto apagada pero firme.
-Nadie le garantiza la felicidad, ni conseguir el amor, cuando entran los sentimientos de por medio los resultados no están garantizados... No hay ninguna vida perfecta, en unas falta emoción y en otras sobra, en unas buscamos compañía y en otras soledad, en unas nos vencen los sentimientos y en otras su ausencia. Yo que usted me conformaría con la vida que le corresponde. Nuestro sistema consiste en planificación, programación y método. No altere todo esto, seguro que lo lamentará.
-Un beso, una caricia, el leve roce de unos dedos, no pueden ser lo mismo desde la perspectiva del amor verdadero –musitó Gómez como para sí-. Algo de sublime debe haber en ello.
-Tonterías –dijo la voz-. Al final para lo único que sirven esas cosas es para debilitar el corazón y acelerar el momento del óbito.
-¿Usted no ha soñado nunca? –preguntó el señor Gómez.
-Planificación, programación y método –respondió la voz-. He ahí el camino recto, la única manera de que las cosas funcionen. Lo demás son senderos perdidos que no conducen a ninguna parte.
-Podríamos intentar una permuta –dijo Gómez en tono reivindicativo-. Cambiar mi vida por la de otro a quien le interese más la seguridad que la emoción.
-Todo son complicaciones –masculló la voz-. ¿Por qué no se conforma la gente con lo que tiene? ¿Por qué ese afán de arriesgar para acabar siempre perdiendo?
Gómez miró a su alrededor. Sobre la mesilla de la cama de su madre había un ramo de flores y varias cajas de bombones. Pero estaba sola en la habitación, porque su marido permanecía ocupado en sus negocios. Al parecer, era más importante para él vender piezas de maquinaria al por mayor que conocer a su hijo. Unas palabras por teléfono sustituyeron su presencia. Gómez miró hacia su madre, estaba acostumbrada a ocupar el segundo lugar en la vida de su esposo. Parecía una mujer triste. Seguramente ese niño que acababa de nacer llenaría los vacíos de su existencia. Lo acapararía para ella. Sería su tabla de salvación, el remedio de sus propias carencias de cariño. Una postura egoísta que ahogaría a la criatura en un mar de cuidados excesivos y contemplaciones que condicionarían su personalidad. Presión de la que el muchacho huiría en cuanto tuviese la edad adecuada para pensar por sí mismo. Pero parte del mal estaría hecho. Él también acabaría convertido en un ser egoísta. Y egoístamente actuaría en todas sus relaciones con el mundo. En su trabajo, en sus amistades, en su matrimonio. Siempre buscando la conveniencia. Incluso con sus amantes nunca pondría de sí nada que no le pudiera ser devuelto, ni un solo sentimiento espontáneo y gratuito. Por eso nunca nadie le querría lo suficiente como para quererle por él mismo. Gómez miró de nuevo a su madre. Le dio lástima. Las flores de la mesilla parecían hermosas, envueltas en el lujoso papel de la floristería, pero estaban comenzando a ajarse. Una habitación de hospital es siempre triste, aunque en ella aflore una nueva vida. De no ser porque sentía curiosidad por la existencia, que le llevaba a ansiar ser otra persona, vivir como otra persona, se hubiera conformado con ser el hijo de aquella mujer. Ella se merecía un poco más de amor, se veía en sus ojos que necesitaba alguien en quien volcar todo su cariño. Su marido era un buen hombre, pero demasiado metódico, siempre velando por el bienestar económico, anteponiendo el dinero a los sentimientos. Incapaz de una espontánea muestra de pasión, una caricia, un beso inesperado. Gómez miró de nuevo a su madre. Esa mujer no sería su madre, pero experimentaba por ella una afinidad de sentimientos, esa cierta empatía que sienten todos los tristes cuando ven algo suyo, parte de sí, en los ojos de los otros.
-¿Qué sucederá con ella? –preguntó el señor Gómez señalando a la mujer.
-No tendrá más hijos –dijo la voz-. Siempre vivirá con el recuerdo de este hijo que perdió.
-¿Y cómo será ese recuerdo? –insistió Gómez.
-Melancolía de lo que hubiera podido ser y no fue –dijo la voz-. Se acomodará a esa melancolía. Formará parte de su ser.
-La vida es dura... –exclamo Gómez-. Uno tiene que decidir entre la libertad y el dolor, entre la luz y las sombras, entre la calma y la tormenta.
-Decídase, no tenemos todo el día –dijo la voz un tanto sombría-. ¿Acepta usted una vida tranquila, dejarse llevar por la suave corriente de lo previsible o quiere arriesgarlo todo en un mar de dudas y de sueños vagos e inciertos que usted piensa le pueden conducir a la felicidad, pero que fácilmente pueden acabar desembocando en el desastre?
Gómez sentía la voz dentro de su cabeza. Dudó un instante, como se duda ante una encrucijada, ante dos puertas abiertas, ante dos horizontes. Poco después dejó de respirar. En algún otro lugar, otra mujer acababa de dar a luz una nueva vida.

Amado Gómez Ugarte

RESEÑA SOBRE EL AUTOR EN LA ENCICLOPEDIA VASCA AUÑAMENDI

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CRÍTICA SOBRE LA NOVELA EN LA REVISTA LA GANGSTERERA

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POETAS

por amagomis @ 2007-05-22 - 14:00:32

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Estamos en primavera, y dicen que la primavera es estación que inspira a los poetas. Machado hizo incluso el milagro de florecer un olmo seco, hendido por el rayo y en su mitad podrido. Hay quien piensa (quizás con motivo) que la poesía es un sospechoso exceso de sensibilidad, propio de mentes retorcidas que no se conforman con la llaneza del lenguaje y la sintaxis regular, y buscan sinuosas veredas en la sintaxis figurativa para expresar sus muchas veces inconfesables sentimientos, aberraciones y manías. De modo que la poesía, en muchos casos, no pasaría de ser una vulgar tapadera con que ocultar las frustraciones personales y la insatisfacción mental o sexual (idem eadem idem) de sus autores.
Tampoco se puede negar que los poetas consagrados de hoy en día resultan cada vez más ajenos a la gente, tal vez porque se rebelan muy poco contra la sociedad, hacen muy poco por o contra ella, que viene a ser lo mismo. Prefieren las subvenciones oficiales y las conferencias pagadas que ponerse a mear a los leones del Congreso o a las puertas del Ministerio de Cultura. Perviven acomodados en su automonoteísmo (adorarse a sí mismos), presos en su esfera de tiempo y soledad. Son incapaces de poner la letra al himno de la próxima revolución cultural que nunca se hará. Su locura, su mensaje, su belleza, transita por líneas interiores, demasiado personalistas y herméticas. Han conseguido crear un mundo aparte para ellos, un mundo que sólo les interesa a ellos.
Deberían hacer algo para trascender más allá de los muros de su jardín particular y acercarse al pueblo llano, al populacho, a la plebe, la turba, la chusma. Que se bajen del pétreo pedestal en que dormitan y se pongan a la cola del paro, que compartan con la masa media sus estreñimientos anímicos, dudas metafísicas, vaciedades inocupables, algoritmos filosóficos, pero también los problemas para llegar a fin de mes, el dolor de la quiniela inacertada, la crisis de pareja, el despertador, el maldito terrorismo, las huelgas, los atascos. Que transpiren...
Pero, en disculpa de los poetas, habremos de reconocerles, al menos, el atenuante de su inoperancia social: nadie les hace caso. Y de que, si algún daño causan con su equívoco y afectado lenguaje, se lo hacen casi exclusivamente a sí mismos (apenas tienen lectores). Y en todo caso a la poesía, que se torna día a día más minoritaria y aburrida. No como los todopoderosos políticos, que gobiernan desde sus poltronas el mundo y sus monarquías a golpe de misil y de ejército equipado con alta tecnología para matar. Metiéndonos en guerras aún más dañinas que las de los versos. Si es que hay algo más dañino que los versos...

Amado Gómez Ugarte

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DEUDAS

por amagomis @ 2007-05-16 - 19:12:19

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Se ha quedado completamente desfasado el dicho aquel de "tanto tienes, tanto vales". Lo hemos sustituido por "tanto debes, tanto eres". Si posees una bonita deuda de muchos miles de millones eres todo un Real Madrid o un Barcelona, si no debes lo suficiente te vas a segunda división. Es mala cosa eso de no deber dinero en cantidad importante. Te baja mucho la autoestima y deambulas por el mundo como si pasases inadvertido, un don nadie. Si estás rebozado en pufos, te ponen para ti solo un cobrador del frac o un tipo disfrazado de pingüino. En cambio, a los que no somos nada ni debemos lo suficiente, lo único que nos persigue es nuestra propia derrota, nuestra vergüenza de no haber conseguido endeudarnos lo bastante como para poder considerarnos triunfadores.
Las deudas desarrollan la inteligencia y estimulan la actividad creativa. Balzac y Dostoievski escribían para pagar las deudas. Baudelaire dilapidó alegremente la herencia paterna y murió endeudado hasta las orejas. Y nosotros ahorrando como tontos para llegar a fin de mes... Y para acabar acrecentando los odiosos dígitos de Hacienda. Luego están los espabilados que se endeudan con la sociedad, los que viven a su costa renovando la impagada deuda cada cuatro años. Me refiero a los políticos que aspiran al poder prometiendo incumplibles y a los que permanecen en el poder incumpliendo promesas.
Si no tienes deudas no tienes nada. Ni piso, ni muebles, ni coche, ni apartamento en la costa, ni siquiera ese montón de inservibles enciclopedias que adornan por metros las estanterías del salón. Las deudas dan alegría a la casa, son como la sal de la ensalada, y pueden llegar a constituir el único patrimonio que transmitir a los herederos. Que sí, que lo mejor es dejarse de modestos superávits y lanzarse a la vorágine de los inmoderados endeudamientos. De otro modo no llegaremos nunca a jugar esta liga de campeones que es la vida. Además, que si no entretenemos los ratos libres endeudándonos no sé en qué vamos a pasar el tiempo, porque la televisión está cada día más aburrida y el índice de natalidad sigue muy bajo. En fin, como dijo un endeudado filósofo: "La existencia es una deuda pendiente que amortizamos día a día".

Amado Gómez Ugarte

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CULTURA

por amagomis @ 2007-05-07 - 11:19:15

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Existen un montón de personajes y personajillos que viven del cuento, cosa que no pueden hacer los escritores. Forman una tribu patética de famosos que se pasan el año ocupando la mayoría absoluta de las horas de programación de las cadenas de televisión, la mayoría de las páginas de las revistas del corazón y que incluso se adueñan del espacio en la prensa que antaño parecía seria. Parte de esa fauna se ha autogenerado de la propia televisión. Antes se salía en la pequeña pantalla porque se era famoso por algo importante, ahora se hacen famosos en la tele, sin haber hecho nada de mérito sino todo lo contrario, y luego se vive de la notoriedad, gracias a engendros como Gran Hermano y otros sucedáneos, y gracias a todos esos programas del corazón que, a todas horas, nos cuelan sus apestosos contenidos de carne podrida. Estos famosos tienen en común una gran jeta, una lengua soez, una gran incultura y escasez de educación. Eso les hace famosos. Llevar a la tele a personas honestas y/o con capacidad intelectual no interesa al nuevo seudoperiodismo visual que vive de lo procaz, carroñero y mórbido. Dicen que esto es así porque a los espectadores les gusta que sea así, que la carroña es el alimento intelectual preferido de la gente y por eso estos programas tienen éxito. El éxito de audiencia es, por lo visto, lo único que cuenta para los programadores de televisión y para los políticos bajo cuya tutela funciona la cultura en este país.
Tampoco se puede esperar demasiado de una sociedad en la que la verdadera literatura está siendo devorada por el márketing, mientras los responsables editoriales miran para otro lado y los famosos juegan casi todos a ser escritores lo mismo que juegan al pádel. ¿Se acuerdan de la falsa escritora Ana Rosa Quintana, que se dedicaba al plagio con gran éxito de ventas? Pues le fue muy bien, nadie le pidió que rindiese cuentas por su conducta y sigue triunfando en la tele con todos los honores. Maria Teresa Campos también nos deleitó con sus memorias, Ana Botella contó en un libro sus ocho años de estancia en La Moncloa, el ex presidente Aznar, para no ser menos, hizo sus pinitos literarios. Y hasta la cuñada de Bin Laden creo que ha publicado un libro. Y se da por supuesto que Rodríguez Zapatero se nos hará escritor de éxito en cuanto lo echen de la presidencia del Gobierno, además lo hará con buen estilo literario, ayudado por su amigo Gamoneda, que el premio Cervantes hay que ganárselo antes y después de recibirlo.
Entretanto hay cientos de autores literarios de una calidad excelente cuyos textos no pueden ver la luz porque los editores, casi todos, no arriesgan nada y sólo apuestan sobre seguro. Prefieren publicar basura famosa que calidad desconocida. Y esto es lo que hay. Mientras los políticos se ocupan de las cosas importantes del país, roncar en su escaño o insultarse, el país se va culturalmente a la mierda.

Amado Gómez Ugarte

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EL HONOR

por amagomis @ 2007-05-02 - 14:37:29

Hace muchos, muchos años, en tiempos remotos ya olvidados, y que quizá nunca fueron del todo ciertos, el honor representaba para el hombre su más alta cualidad moral, que le inducía a cumplir con sus deberes a cualquier precio. Los muy cucos de nuestros tatarabuelos redujeron para la mujer el sentido del honor a la honestidad y el recato. Eso de la mujer en la cocina encerrada y con la pata quebrada. Y cuando ellas faltaban al recato, ellos se batían en duelo y se mataban a espadazos o pistoletazos con tal de lavar su honor. Porque el honor era para ellos como una camisa, tal vez la camisa de la felicidad. Una camisa que había que lucir inmaculada y bien planchada, como una representación o metáfora de la propia conciencia. Aunque supongo que, como en el cuento de la camisa de la felicidad, el hombre más honorable resultaba ser finalmente un hombre sin camisa.
En los tiempos actuales tenemos muy buenos detergentes de conciencias que, puestos a borrar manchas, borran incluso las de la memoria. Y como bien dice el siempre lúcido escritor don Esteban Padrós de Palacios en su cuento El gesto: “El honor ya no existe. Es el retumbo lejano y huero del Romanticismo. Un término un poco cursi que casi infama a quien lo invoca”. Tal vez porque el honor dicen que es patrimonio del alma, y ya no hay alma. En estos tiempos de culto ciego al cuerpo, hemos convertido el alma en un concepto tan etéreo y difuso que se nos ha esfumado a través del agujero de la capa de ozono. Ahora preferimos barcos sin honra que honra sin barcos, y amamos sobre todas las cosas el beneficio personal aunque sea a costa de la injusticia social.
El honor sigue existiendo, naturalmente. Nadie ha borrado la palabra del diccionario, todavía. E incluso se atreve algún político despistado (o malintencionado) a utilizarla de cuando en vez en el Parlamento. Pero, tras tantos casos de corrupción, cohecho, prevaricación, estragamiento y uso vano, su utilidad práctica ha quedado definitivamente reducida a la misma que el papel higiénico: arrastrar inmundicias hacia el tragadero. El honor como patrón y paradigma, como disciplina, no está de moda. Le sucede lo mismo que al latín y la filosofía. Porque ya sólo medimos lo rentable económicamente. Y el honor, el latín y la filosofía son cosas del pasado, trastos viejos que guardar en el desván de la cultura, como esos maravillosos muebles antiguos de madera de caoba, heredados de nuestros abuelos, que sustituimos alegremente por unos modernos y horrendos pedazos de plástico de diseño actual.
En fin, que entre unas cosas y otras, el honor es como el pobre Santiago Nasar, el personaje de "Crónica de una muerte anunciada", de García Márquez, que se pasea distraídamente, como un ser vivo, por toda la narración. Pero todo el mundo (incluido el lector) sabe que ya huele a muerto.
Amado Gómez Ugarte

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