
(Este pequeño escrito surgió tras leer un magnífico post de Natalia Durou,
titulado Postales, en su nuevo Blog "La mueca parda")
Cuando recibes una postal de algún lugar paradisíaco y lejano, puedes pensar en la bondad humana de que alguien se acuerde de ti en la distancia. Pero, la cosa no es tan simple. Del mismo modo que Lucía Etxebarria, la escritora intertextual, decía que hay críticas literarias que tienen de constructivas lo que ella de virgen, hay también postales que tienen poco de inocentes, y son enviadas para provocar la envidia y poner los dientes largos en el receptor de la tarjeta. Desde Honolulú o Acapulco no se molesta nadie en escribirte si no es para que veas lo bien que se lo están pasando y compares tu situación con la suya. Vamos, que para fastidiar. Porque fastidia lo suyo estar sudando frente a un ordenador, hora tras hora, y que el cartero te venga con la prueba evidente de que ese supuesto amigo, o amiga que te remite la misiva se halla de viaje por esos edenes de la Tierra que uno sólo puede ver en las malditas fotos.
Yo, para esos casos, tengo un pequeño muñeco de vudú, que me traje de las Antillas, y cuando recibo una de esas postales le clavo una larga alfiler a la salud del remitente. Cuando los amigos regresan de su viaje me cuentan que padecieron una diarrea horrible o les robaron la cartera. Sonrío beatíficamente y les acompaño en el sentimiento. Pero considero que han recibido su justo y merecido castigo por hacer ostentación y alarde de su buena fortuna. Pero peor es el caso de Aurelio Pizarro, un colombiano soñador que se encerraba en casa y mandaba postales de Roma, Atenas, El Cairo o Estambul a sus conocidos. Si comprobaban el franqueo podían ver que estaba remitido desde su propia ciudad, pero nadie que no sea coleccionista mira los sellos. Así que durante años adquirió fama de viajero impenitente y autoridad en la materia. Dio incluso charlas improvisadas en los bares y se inventó historias y acontecimientos que nunca le llegaron a ocurrir. Una de esas veces, mientras estaba en su encierro dedicando tarjetas a diestro y siniestro, le llegó un dolor enorme en el pecho y prefirió aguantarse antes de que le descubrieran y tuviera que reconocer en público su gran mentira. Murió allí mismo y nadie se enteró. Creyeron simplemente que no había regresado de su último viaje.
Amado Gómez Ugarte













