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Archivos de: Noviembre 2007

LA ATMÓSFERA DE OPARIN

por amagomis @ 2007-11-22 - 09:42:20

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La ciudad con sol (fragmento) Fernando Amárica

LA ATMÓSFERA DE OPARIN

Los científicos de ahora suponen que la vida comenzó
en la atmósfera de Oparin.
(Isaac Asimov)

La señora Dorotea Ozamiz abrió de par en par la ventana de su mirador y vació el orinal sobre la Plaza Nueva. Vitoria despertaba abrumada por la niebla. Abajo se escuchaba solamente el transitar cansino, vilordo, del asno del lechero, que iba de portal en portal cargando las cantinas: dos a cada costado. Mientras, su dueño le seguía a un par de pasos fumando su capacha y lanzando juramentos e improperios. La señora Dorotea recogió del fogón de la cocina el cueceleches, se echo la toquilla sobre los hombros para protegerse del remusgo de la mañana, y descendió al zaguán como todos los días a las siete.
Como todos los días, se encontró con doña Restituta Lizarralde y doña Adela Zárate, sus vecinas de puerta y edad, que la esperaban abajo con sus respectivos cueceleches en la mano. Estaban comentando lo cómodas y pamplinosas que eran las mujeres jóvenes, como la del primero izquierda, que preferían comprar la leche en la panadería, metida dentro de una botella y ya cocida. La señora Dorotea metió baza en la conversación, para explicar que esa leche de las botellas no era leche de vaca, que la hacían con unos polvos blancos traídos de América en camiones, a los que le añadían pura y simple agua del grifo para que tuviera aspecto líquido. Sus dos contertulias se santiguaron, lanzando un “¡Dios Bendito!, ¡a dónde vamos a parar…!”, y se dispusieron en fila india a que el lechero, que acababa de hacer acto de presencia, les llenase el recipiente.
El asno evacuó allí mismo, delante del portal, y doña Restituta aprovechó para recoger el boñigo en una hoja de periódico y llevárselo a casa, para las plantas. “Es mano de santo con las begonias y las virgenblancas”, afirmó ufana. “Además, endereza falodendros flácidos”.
Desde la calle Postas llegaron los primeros sones de un afilador gallego soplando su invariable melodía. Iñacito Aldecoa despertó entre bostezos. Estiró los brazos para desperezarse, saltó de la cama, abrió la ventana de su habitación, se subió de un brinco en el alféizar, y desde allí desaguó la vejiga, a pulso, sobre una de las cantinas del lechero. El asno lo vio todo, pero guardó un cómplice silencio, como cada mañana. Al fin y al cabo, a él y a Iñacito –que vivía en el primero izquierda- la condición higiénica de la leche les traía sin cuidado.
El afilador entró en la plaza y voceó lo de los cuchillos, navajas y tijeras. Vendía, también, tabaco rubio contrabandeado y falsos condones ingleses marca Victory Queen, que en realidad se producían a destajo en una fábrica clandestina catalana. Pero eso era por las tardes, en su recorrido crepuscular por los bares y tabernas de la ciudad vieja. Las mañanas las dedicaba por completo al arte de aguzar el filo de los objetos cortantes. Un arte más noble que el trapicheo vespertino, pero menos remunerativo.
La señora Dorotea Ozamiz sacó del cajón de la mesa el cuchillo grande, el mismo con el que una vez amenazó a Heraclio, su marido, con cortarle las hombrías si no dejaba el maldito vicio de los naipes, y preguntó desde la ventana cuál era el precio de la afiladura. “Por ser para usted, cuatro reales”, dijo el afilador desde la calle. “Pero, que conste que suelo cobrar una peseta”. Ni el marido dejó el vicio ni ella le cortó las hombrías. Pero conservaba el cuchillo, bien afilado, porque le hacía ilusión el recordatorio de aquellos sus buenos tiempos de mujer bragada y correosa. Antes de que los años y la reuma le debilitasen la llama de la vida.
Las campanas de la iglesia de San Miguel redoblaban llamando a la primera misa. El padre Francisco, el cura párroco, atisbaba desde el campanario de la torre a la feligresía con un catalejos. Había leído recientemente La Regenta; y, así como Don Alonso Quijano, por culpa de los libros se volvió Quijote, él había mudado en el Magistral don Fermín de Pas.
Dirigió el ojo graduado hacia el parque de la Florida, esperando encontrar, inútilmente, una Ana Ozores que pasease leyendo un libro. Mas, al no hallarla, masculló un murmurio de resignación y se consoló persiguiendo el paso de unas criadas con delantal blanco que pasaban con el pan de la mañana. Una bandada de golondras grisoscuras zigzagueaba por sobre las calles San Prudencio, Eduardo Dato y Postas, en dirección hacia la Plaza del Mercado de ganado, donde esperaban saciar con creces su apetito insectívoro.
Iñacito Aldecoa se vistió a toda prisa, recogió del armario de la ropa planchada el sobrepelliz blanco y la sotanilla roja, y con ellos bajo el brazo partió hacia la iglesia como alma que lleva el diablo. Iñacito Aldecoa había nacido para monaguillo, aunque él soñaba con ser escritor algún día. Soñaba con ver su nombre impreso en letras grandes sobre la portada de un libro, como los de Mark Twain o Charles Dickens que el cura le regalaba por Navidad.
En el descansillo del entrepiso tropezó con doña Adela, que estaba asomada al ventanuco que daba al patio, y casi la defenestra. Pidió disculpas sin detenerse y se perdió recodo abajo sorteando al vuelo los escalones. Dola Adela Zarate se persignó, emitió un par de blasfemias de las que le había escuchado pronunciar al lechero, se palpó las carnes para ver si estaba entera, y volvió a su observatorio en el ventanuco. Estaba comprobando los tendederos de la ropa de todas las vecinas, porque desde hacía una semana le faltaba un culote de buen lienzo, y sospechaba un apropiamiento indebido de sus pertenencias interiores. El culote se le había escurrido de las pinzas mientras lo colgaba, yendo a parar al patio, pero cuando bajó a recogerlo ya no estaba.
Sobre el tejado, al calor de la chimenea, una familia de gatos vagabundos ronroneaba plácidamente. Los más pequeños jugueteaban con una pieza de tela blanca, que habían sustraído del patio unos días atrás. Les había costado lo suyo subirla por el tubo de uralita del desagüe, pero el esfuerzo quedaba compensado por el divertimento de mordisquearla y desgarrarla con las zarpas, sin que nadie apareciese con una escoba a espantarlos. Algunas tejas más allá, amasijadas en un informe revoltijo y ajadas por el maltrato y la intemperie, se apreciaban varias otras prendas, entra las que podían distinguirse unos sostenes con cazuela, unas bragas de lana, dos o tres pares de calcetines, unas medias de seda, varios pañuelos moqueros y un portaligas negro de floritura y enganches plateados.
El lechero y su asno enfilaron hacia los Arquillos. En el pórtico de San Miguel, la criada del párroco les aguardaba con el cueceleches y una carta para su novio, que era doctrino en el Seminario Diocesano, por donde el lechero también repartía. El afilador se guardó los cuatro reales de la señora Dorotea y encaminó su ciclofilo también hacia el pórtico de San Miguel. La criada del párroco le gustaba más que el albariño, y estaba dispuesto a afilarle gratis la cuchillería completa si era necesario, con tal de verla un rato y decirle aquello de la cintura de abeja y los labios de dulce néctar, que le enseñó un mielero alcarreño.
Poco a poco las calles fueron cobrando animación y concurrencia. La niebla comenzó a disiparse. Y, sobre ella, un cielo azul Vitoria –o sea, alegre y limpio- depositó su luz en todos los rincones de la ciudad. Las gentes y sus circunstancias, las realidades y los sueños, cohabitaron un día más, como tantos otros, sobre las aceras. Delineando, paso a paso, vida a vida, el tránsito imparable de la propia existencia.

Amado Gómez Ugarte

Este cuentecillo ganó hace ya unos años el Premio de Cuentos Ciudad de Vitoria.

Es un pequeño homenaje al escritor Ignacio Aldecoa, uno de mis cuentistas predilectos.


 
 

El Azarías y Paco Rabal

por amagomis @ 2007-11-09 - 15:21:06

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Hace ya seis años que nos quedamos sin Paco Rabal por culpa de una maldita tos. Y Paco Rabal será, al menos para mi, ya para siempre, el Azarías, aquel ficticio personaje al que dio vida real en el cine. El Azarías no hizo muchas cosas en su vida, mearse las manos por la mañana, sonreír como un niño desdentado siendo un viejo sin dientes y ahorcar al señorito, al que servía su familia con un servilismo cercano a la esclavitud, por el motivo más importante de su vida, porque había matado de un tiro caprichoso a su milana bonita. La justicia tiene caminos inescrutables y el Azarías tomó sin saberlo uno de ellos. La novela de Delibes, Los Santos Inocentes, es un regalo en sí para el lector, pero a Paco Rabal le llegó el regalo añadido de interpretar el papel de Azarías en la película de Mario Camus. Y Paco se metió dentro del personaje, no para anularlo como hacen algunos actores que convierten siempre a sus personajes en espejo de sí mismos, sino para fundirse con él en un único ser, para transmutarse en el pobre Azarías y hacérnoslo absolutamente creíble en cuerpo y alma. Así que la muerte de Rabal supuso también la muerte del Azarías. Descansen en paz ambos, personaje y actor, sueño y realidad unidos ya para siempre en las páginas de un libro y los fotogramas de celuloide. La literatura está ahí, como Paco Rabal y el Azarías, eternamente viva y eternamente muerta.

Amado Gómez Ugarte