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Archivos de: Enero 2008

LA ESPERA

por amagomis @ 2008-01-30 - 18:56:28

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El mundo entero cabe bajo la luz de una farola, el mundo estrecho y propio que va desde un costado a otro de mi cuerpo, que abarca mis distancias, mis certezas y mis dudas. Bajo este círculo de luz, la calle se convierte en una estela que atraviesa la noche, la huella, el rastro de mis sueños que te buscan en la lejanía, que siguen aguardando tu llegada. Porque quedamos aquí para encontrarnos, bajo la luz de esta farola, y no has venido. Y sé que seguiré esperando, cuando se apaguen todas las luces y amanezca.

Amado Gómez Ugarte

Este texto pertenece al libro TU LUZ ILUMINA MIS NOCHES
Editado por el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz


 
 

SOLITARIOS

por amagomis @ 2008-01-16 - 16:41:48

A nadie le gusta vivir solo. A ninguna persona sociable, al menos. Hasta el "Llanero solitario" tenía un compañero, un indio llamado Toro, que cabalgaba junto a él por la llanura. Sin embargo, en los últimos años, el signo de los tiempos nos conduce de cabeza a la soledad. Cada vez las familias españolas son menos numerosas. El número común de componentes de una familia media ha disminuido lo bastante como para que en la actualidad, sea habitual la formada por dos miembros, cuando hace unos años lo normal era cinco miembros por familia. El porcentaje de los que viven solos también ha aumentado enormemente. Por eso, los pisos nuevos los hacen cada vez más pequeños, con menos metros cuadrados y menos huecos. La menor necesidad de espacio de las familias reducidas hace que los constructores levanten cien viviendas en el mismo terreno que antes levantaban cincuenta. Ahora los pisos son más pequeños que nunca y más caros que nunca. Negocio redondo. Siempre hay alguien que saca beneficio de todo, hasta de la soledad ajena.
Cada vez hay más divorciados y más desparejados. Las relaciones personales y sentimentales se sustentan en lazos menos duraderos. Ahora parecen estar cogidas con pinzas verdades que antes parecían absolutas. El matrimonio ha pasado de ser un terreno inamovible, tierra firme, y para toda la vida, amén, a ser un terreno pantanoso del que muchos acaban saliendo a nado. También la sensación de independencia lleva a bastantes personas a vivir solas. Cambian soledad por tranquilidad. Pueden hacer lo que les plazca sin pedir permiso ni buscar disculpas, desde ver ininterrumpidamente todos los partidos de fútbol que se emiten hasta leer libros en silencio sin que nadie te distraiga (que es la única manera de leer libros). Claro que esos ratos de autosuficiencia, imagino que tendrán su contrapunto en muchos otros momentos de verdadero aburrimiento y vacío. Otra cosa que ha aumentado es el número de personas que buscan pareja de modo mecánico, pagando un dinero a una empresa especializada en unir a solitarios. Buscar pareja por catálogo debe ser como comprar un coche por catálogo. Buscas una línea que vaya con tus gustos personales en cuanto a estética, un producto que sea seguro, con buen agarre y poco consumo. Vamos a lo práctico hasta en algo tan poco práctico como el amor. Pero ningún catálogo nos puede garantizar que el coche o la pareja no tengan fallos de rodaje.
Dicen los psiquiatras que los hijos únicos, que tanto abundan, pueden sentirse en cierta medida aislados al no tener relación con iguales en el hogar. Que no tener un hermano puede marcar sus conductas y convertirlos en más solitarios todavía. Una cosa es que la vida te convierta en solitario y otra que ya nazcas siendo un solitario. De modo que en el futuro abundarán los seres solitarios en una sociedad en la que la comunicación es cada vez más influyente y más dominante en su poder de expansión al exterior y, al mismo tiempo, cada vez más escasa entre las personas cercanas.

Amado Gómez Ugarte

HIERBAS

por amagomis @ 2008-01-02 - 20:01:59

“Polvos de Agrimón para la niña Luisa, que tiene el vientre movido desde que la dejó su novio. Aunque mejor sería que, en vez de ir tanto al retrete, fuese más al baile y viese que hay más hombres en el mundo. A un hombre se le cambia por otro y no pasa nada, ni cuenta se da una, son todos tan iguales... Y dile que si esto no la cura, le mandaré tomar raíz de Ratán y entonces se va a enterar de lo que es sufrir de verdad y quedarse seca por dentro.
Para los nervios de la señora Antonia, lo mejor sería enviudar, pero hasta que su marido haga el favor, que tome una infusión de hojas de Melisa dos veces al día. Y que no se junte con otras malcasadas como ella, que se pasan el día hablando de lo mismo y acaban todas locas. Que coma bien, que tome vino el que quiera y que ponga la radio por las tardes, mientras cose, y escuche canciones alegres. Nada de llenar pañuelos con lágimas de cocodrilo y lamentarse en vano de lo desgraciada que es una. Dile que si no se ríe ella del mundo, el mundo se reirá de ella.
Al Joaquinillo, semilla de Santón, que le matará las lombrices. El pobre hijo es más tonto que su padre y tan guarro como su madre. Que se lave las manos antes de comer, que las frote con jabón de sodio y que no se lleve cualquier cosa a la boca. Y dile a su madre que no me pague la botica con huevos de su granja, que ya sé que manda al niño a defecar al gallinero para que las gallinas aprovechen las lombrices.
La maestra que tome tallos cocidos de Dulcamar, que huelen bien y purifican la sangre, que mala sangre debe ser lo que tiene. Tan pálida siempre, como si no comiese o tuviese hemorragias. Siempre leyendo esos libros de versos que nada bien le hacen, que toda esa cosa del romanticismo debería estar prohibida o declarada epidemia peligrosa, como la peste o el tifus. Personas que podían vivir sanas y contentas acaban languideciendo como las lámparas cuando escasea el aceite. Todo por culpa de esos cabrones de escritores con nombres extranjeros, como Bécquer o Byron.
El cretino de don Pedro que masque unas hojas de Lobelie, que son causticas y queman, a ver si se le abrasa la lengua. Se usan para hacer costra en las heridas y evitar que se infecten, no para curar la reuma, que es lo que él necesita. Pero que se joda. Que ya sé que va por ahí diciendo a todo el mundo que soy una bruja. Por culpa de maldicientes como él, que me pusieron mala fama, me quedé soltera. Sin embargo, mi hermana pequeña, que era bastante más fea que yo, se casó dos veces. Y eso no se lo perdono a nadie...”
Y así se me pasan las mañanas, dictándole recetas a la Aurita, que me ayuda desde que empecé a perder la vista. Yo no sé si escribe todo lo que le digo, o sólo lo que le interesa. La Aurita es mi sobrina y como tampoco tiene suerte con los hombres parece que quiere ser curandera, como yo. A mí me viene bien tener alguien a quien reñir de vez en cuando y saber que cuando dicto ella escribe. La vida se hace dura para una mujer sola, como yo, y que nota cada día que las sombras se acercan más a sus ojos. Todavía distingo las hojas de Correhuela de las hojas de Maravilla y las monedas buenas de las falsas, pero a veces me tiemblan ya las manos cuando hay que trabajar los frutos de la Adormidera y exprimir con precisión los jugos y extraer dosis mínimas de láudano que en dosis más elevadas podrían ser veneno. No estoy segura del todo de que el señor Zacarías, el cartero, no muriese de sueño por mi culpa. Lo encontraron en la cama, entre un amasijo de correspondencia que le cubría a modo de sábana, dormido para siempre. Vino para decirme que padecía de insomnio y le preparé una poción. Tal vez no la mezcló bien con agua destilada de la lluvia. Desde entonces, por si acaso, le dejo a Aurita que me ayude. Dos ojos ven más que ninguno. En este pueblo el tiempo parece detenido desde que desviaron la vía del ferrocarril y ya no pasan por aquí los trenes. Antes bajaba alguien de vez en cuando en la estación, y traía un periódico que dejaba olvidado o paseaba por las calles con su ropa de ciudad y le veíamos. Ahora hay que conformarse con escuchar la radio y creerse las mentiras que nos cuentan. Eso dice el señor Matías, que va una vez al año a la capital porque allí vive su hijo. Dice que viven peor que nosotros, que miran al reloj a todas horas, que no tienen ni tiempo de liar tranquilos un cigarro, ni de mirar cómo el sol se pone por la tarde, despacito. Viene siempre espantado y se sienta en una silla de mimbre durante horas, a la puerta de su casa, para dejar correr el día, sin otra cosa que hacer que estar allí y verlo transcurrir. Aurita me hace también la cama y pone algo de orden en la casa. Es una muchacha buena, si no no la tendría conmigo, pero cumplió ya los treinta años y se le va yendo la juventud sin otro anhelo que intercambiar esos tontos libros con la maestra y mirar por la ventana hacia la lejanía, como si algo hubiese en la distancia que le interesase más que lo que tiene cerca. Dice su madre que se queda soltera por exigente, por haber rechazado las ofertas. Estuvo hace unos años escribiéndose con un rufián que estudiaba medicina, pero descubrieron que tenía antecedentes por mala conducta y por pertenecer a alguna banda de literatos o comunistas, o algo así. Incluso, había estado detenido en el cuartelillo. Seguro que ni siquiera terminó la carrera. Pero me da que ella, cuando mira por la ventana, sigue pensando en él como una tonta. Los domingos va a la misa de don Ciriaco, que celebra en el salón de su propia casa, porque está muy mayor y no le dan las piernas para subir hasta la parroquia, que tiene tres escalones. Allí se juntan las lenguas más afiladas del pueblo a murmurar, mientras hacen ver que rezan el rosario. Aurita me cuenta luego los chismes. Yo dejé de ir por culpa de una planta de Anapelo, que le receté al cura para que la tomase verde, pero el tonto de él la dejó madurar y se volvió venenosa. Quería echarme a mí la culpa, dijo en la homilía que había intentado envenenarle. Así que desde entonces ya no le hago ni caso y le dejo que se pudra con sus flatulencias y regüeldos que apestan a toda la parroquia. Varias veces me ha mandado recado de que le prepare aunque sólo sea unos anises, pero nada. Lo de la homilía no se lo perdono. En realidad a Aurita no le gusta ir a las misas de don Ciriaco, pero yo la obligo. Una buena curandera debe estar al corriente de lo que sucede a su alrededor. Las hierbas y los cuentos sirven para lo mismo, para entretener a los crédulos. Ella protesta todos los domingos, dice que tiene cosas mejores que hacer que estar allí escuchando a las comadres despellejar vivos a todos los convecinos. Pero va, porque sabe que si me enfado no le doy los cuatro duros con que se compra luego las revistas de moda que traen los patrones de los vestidos que se hace. Va por las tardes a la costura de doña Florita y se cose unas ropas elegantes que nunca puede ponerse, porque esto es un pueblo sencillo donde no hay reuniones sociales, y si las hay son para ponerse de luto. Se prueba en casa los vestidos como si estuviese en una embajada, camina como flotando por el pasillo y luego se los quita y los guarda en un baúl. Algunas veces le pega patadas al baúl y lloriquea un rato. Pero se le pasa y se vuelve a vestir de persona. Es buena chica, ya digo. Cuando se pone en la ventana, detrás de los visillos, a mirar al horizonte, da un poco de miedo. Mira tan fijo y sin pestañear que parece que de verdad estuviese viendo algo. El hijo de la panadera, Benito, estuvo un tiempo detrás de ella, hasta que se cansó de recibir desplantes y se fue a rondar a otra. Aquellos tiempos comíamos buen pan, que traía el muchacho todos los días de regalo, ahora hay que ir a comprarlo y nos lo venden caro y malo. Con esto de las hierbas se saca para vivir, pero tampoco es un negocio, como algunos piensan. La mayoría de las veces no te pagan en metálico, sino en especies. Y hay lenguas por ahí que dicen que una tiene dinero escondido. Dinero si que tiene una, y escondido también. Pero no me gusta nada que lo vayan cotilleando, porque si la gente se entera siempre aparece alguien a pedir. Que pedir es fácil. En cambio negar deja una mala conciencia. Y yo he tenido que negar a mi propia familia. Porque mi hermana, la madre de Aurita, pretendía que le dotase a la muchacha de una paga mensual. Pero de eso, ni hablar. Yo la mantengo y le enseño el oficio, le doy incluso para las revistas de moda. Y si me apuran, un aguinaldo para las telas. Aunque me da que el resto se lo sisa ella de las ganancias de las hierbas. Que no estoy muy segura de que no haga brebajes y emplastos por su cuenta. Pero mejor que no me entere, porque entonces se acabó vivir bajo mi techo. Yo empecé arrancando manzanilla en los prados y cortando flores solitarias de glaucio en los arenales. Se las llevaba a mi abuela, que era bruja. Con el tiempo mejoré el oficio y dejé la brujería a un lado. Sólo me interesaba de las plantas lo que beneficiaba a las personas, no lo que las hacía sufrir. Pero aprendí, por si acaso, que quemando unas hojas de maíz puede dolerle la tripa a un mentiroso y mojando en vino los olorosos pétalos de acacia se aviva la fiebre de las conciencias intranquilas. A Aurita le han dolido las tripas varias veces, siempre después de rendirme cuentas, y se le han encendido las mejillas como si tuviera calentura. No quiero ser mal pensada, porque Aurita es una buena chica. Tal vez sea mal de amores o pura soledad lo que la atormenta. Pero demasiadas veces se encierra en sí misma y no responde del todo a mis preguntas. Yo le digo que ser mujer enfermiza o retraída es malo para el oficio. Porque la gente busca remedios, no que le contagien la tristeza. La tristeza no la compra nadie, esa ya la tiene cada quien en su casa, acechando detrás de las puertas. Le digo que finja alegría, al menos cuando esté con los pacientes. Que aprenda de mí, que apenas veo ya otra cosa que manchas borrosas, y sin embargo sigo haciendo como si lo viera todo con la misma claridad de antaño. Pero finje mal, ríe como si llorase y llora como si riese, y a veces se queda parada dudando en qué postura poner los labios. Sé que escribe en un cuaderno por las noches, porque el tintero se va vaciando y por la rendija de la puerta de su habitación sale claridad en horas en que debería estar acostada. He revisado sus cosas, los cajones de la ropa, la mesita de noche, la cómoda, hasta la máquina de coser, para ver si encontraba algo, pero con mi poca vista y que ella lo esconde bien, no encuentro nada. Pero ya lo encontraré. A lo mejor pone algo de mí. Ya buscaré quién me lo lea. Que por delante, cara a cara, todos somos muy buenos, pero los verdaderos sentimientos a lo mejor se escriben luego en un cuaderno. No me gusta que Aurita vaya tanto a casa de la maestra. Me deja sola muchas horas y no regresa hasta que oscurece, siempre cargada con algún libro nuevo que la otra le presta. Ella dice que no es tan tarde, que yo lo veo todo más oscuro de lo que es en realidad, pero no estoy segura de que no me cambie algunas veces la aguja del reloj de pared y lo ponga a la hora que a ella le interese. Además, que con los libros ya no se ocupa de otra cosa. Los lee y relee como si dijesen algo que mereciera la pena. Y digo yo que los libros son sólo libros, papeles llenos de filas de manchas en los que nunca se encuentra nada que tenga que ver, de verdad, con tu propia vida. Yo no he salido nunca en un libro de esos, así que no me interesa. Un día le pedí a Aurita que me leyese eso que para ella era tan interesante. No quería, se negaba como si le avergonzase. Decía que los versos eran cosas privadas, como los sentimientos. Al final lo leyó porque me enfadé. Pero mejor se habría callado. Hablaba de una tontería de nidos que las golondrínas volverían a colgar en el balcón. Eso lo hacen todos los años al principio de la primavera. Pero no hablaba de lo que manchan las muy cochinas con sus excrementos. Eso sí, yo los recojo para hacer una pomada muy buena contra las pupas de la boca. Lo que no le he contado nunca a Aurita, ni pienso hacerlo, es que recibió hace unos meses una carta. Yo me la quedé y la guardé bajo llave. Sólo pude leer el remite acercándola mucho a la vista. Era del tipo aquel que estudiaba medicina, con el que ella se escribía cuando era joven. Seguro que ahora es un sinvergüenza, casado y con hijos que quiere tener una aventura. Le dí dos duros al cartero para que no dijese nada. Aurita no necesita nada de ese hombre. De ese ni de ninguno. La verdad es que leí un poco más de la carta, lo que la vista me permitió. Decía que estaba soltero y que la seguía queriendo. Todo mentiras. Los hombres se creen que pueden aparecer en la vida de una mujer, despues de muchos años, y que todo va a ser lo mismo, como si el mundo se detuviera para ellos. Ni hablar. Aurita está muy bien conmigo. Le he enseñado que las plantas más humildes, como la candelaria, son buenas para la salud, y que las más bellas flores, como la azalea, pueden ser venenosas. Le he enseñado a recoger, cerca de las casas abandonadas, flores amarillas de jaramago, que guardan los recuerdos de los que se fueron, y, al lado de los ríos, los pezones de matacandil que son útiles para las cicatrices del alma. Conmigo aprenderá las cosas importantes de la vida. Ella no lo sabe, pero le echo en la bebida un poco de zumo de cardo santo, que ayuda a olvidar las amarguras del pasado. Yo también lo tomo de vez en cuando. Es por su bien que he escondido la carta. Ahora se conforma con mirar por la ventana y suspirar. Pero si la leyese, sería capaz de hacer la maleta y correr detrás de ese hombre como una cualquiera. Y ella es una señorita. No hay más que verla vestida con las ropas que copia de los figurines, para ver que es una señorita. Ese hombre no la haría feliz y acabaría sufriendo en otro lado. Para eso que sufra aquí, donde las dos nos hacemos compañía. Pondré más cantidad de cardo santo en la bebida si es necesario. Pero la chica se queda a mi lado. Nadie la va a cuidar mejor que yo.
“Al señor Paco le dices que coma todos los días, como aperitivo, raíz de gatuña. No sirve para nada, pero él tampoco. Le duela lo que le duela se le quitará con cualquier cosa, porque es un aprensivo, un quejica. Toda su vida lo ha sido. Nunca valió para otra cosa que para lamentarse. Su mujer nunca se quejó de nada y se murió de repente, porque ella sí estaba enferma. El señor Paco lo que necesita es que le tiren al río en invierno y coger un buen catarro. Toser con motivo y pasar fiebre de verdad. A ver si así se le quitaban las ganas de fingir enfermedades.
Lo mejor para el estreñimiento de doña Eusebia es una cucharada de aceite de palmacristi. Y que pase menos horas sentada en casa, con las nalgas apretadas, y salga a dar unos paseos por el pueblo. Desde que murió su marido está encerrada como si ser viuda fuera algo malo. Que espabile y disfrute de la pensión. Que se quite esos vestidos negros y empiece a ver que el sol sale todos los días, aunque no le miremos. Y que se vaya olvidando ya de su difunto, que piense que si la muerta fuera ella, su marido ya andaría rondando otras faldas por ahí. Buenos son los hombres...
Y a ti, Aurita, qué te pasa, que tienes esa cara de aturdida... Ya has estado leyendo libros otra vez o haciéndote ilusiones. Deja de pensar en aquel muchacho, que no ha dado señales de vida en todos estos años. Él se olvidó de ti, no ha vuelto a escribirte. Se habrá casado con otra. Olvídate de él. Mira todas estas hierbas que hay sobre la mesa. Las hierbas están siempre al alcance de la mano, plantadas en el suelo, esperándonos. Sólo tenemos que agacharnos y recogerlas. Ellas nunca nos abandonan... Olvídate de él y piensa en las hierbas, ellas son nuestra verdadera vida.”

FIN

Amado Gómez Ugarte

Este relato obtuvo el III certamen nacional de cuentos Lenteja de Oro de La Armuña