por
amagomis
@ 2008-02-13 - 19:08:02
Soy el único ser humano que todavía cree en la poesía. Por eso estoy aquí, en la consulta del siquiatra. La poesía no consiste en juntar palabras bellas puestas en orden matemático, es algo sobrenatural que nos supera, nos excede. Un don que sólo yo poseo en su integridad. Los demás poetas son simples notarios o escribas. Pero, aunque nadie me reconozca, aunque todos se empeñen en menospreciarme, soy el único apóstol que le queda a esta causa. Querían que me olvidase de los versos y trabajase en la ferretería de mi padre. Estaban empeñados en que olvidase mi don y fuese un hombre simple y vulgar, que traicionase a la poesía, el único sentido que tiene mi vida, para vender tornillos, tuercas y arandelas. Creían que dejar de escribir era como dejar de fumar o de beber, no sabían que dejar de escribir es como dejar de vivir. Querían matarme, condenarme a una vida inferior, hacer de mí un espejo de lo que había sido su vida. Incluso mi novia me traicionó, se puso de su parte, dijo que si me hacía cargo de la ferretería podríamos casarnos y hacer una vida normal como todo el mundo, que lo de la poesía era un sobresueldo para funcionarios pero no un oficio serio con el que sacar una familia adelante. Dijo que si la quería de verdad se me olvidarían todas esas tonterías de los versos, y que hasta que me viese con la bata gris detrás del mostrador no dejaría que la volviese a besar. Así que cogí la recaudación del mes, que guardaba mi padre en una pequeña caja de caudales, y me escapé de casa en busca de otros horizontes más abiertos. Mi padre tendría otros muchos meses para recaudar su dinero, pero mi tiempo se agotaba. Subí al autobús de línea como quien se arroja a un precipicio, me sentía desvalido en mitad de toda aquella gente que parecía saber adónde iba. Yo me dirigía a cualquier parte donde pudiera ir un poeta persiguiendo sus sueños –sus delirios, dijeron ellos-, allá donde la propia poesía me guiase. Pasé una temporada viviendo en una pensión de la capital, hasta que se me acabó el dinero y la dueña me echó a la calle sin ningún miramiento, no admitió que le pagase en versos. Así fue como aprendí a vivir de la nada, de la limosna de los transeúntes, de algunas cosas que robaba en los supermercados. Aprendí a dormir sin techo, sin calor, acurrucado contra la pared de cualquier esquina, como un perro sin dueño. La poesía me reconfortaba de mis penas, haciendo que mi espíritu se sobrepusiese a la adversidad, pero mi cuerpo padecía las penurias de mi condición. Estuve enfermo varias veces y no llegué a curar del todo de una bronquitis que se hizo crónica en mi pecho. Los estigmas de mi vocación se mostraban en mi rostro cada vez más demacrado. La poesía es un amor exigente, que todo te lo pide y nada te devuelve. Pero, en el fondo de mi alma, aunque echaba en falta las comodidades de los otros ciudadanos, me sentía satisfecho de mi sacrificio. Hubo otros antes que yo que también padecieron en sus carnes la poesía, Navales, Gálvez y García Barrios. Sabía que ahora yo era el último de una saga de poetas verdaderos, y eso me producía un vértigo, una vorágine en el alma, como sentir la soledad de un águila en la cima del mundo o ser el guardián de la esperanza de toda una especie. Me reproduje, estoy seguro que me reproduje, para que el mundo no acabase siendo un lugar de sólo realidades, donde nadie ya opusiese la espada de fuego de los versos contra el hielo eterno de los conformismos. Me lavé, vestí la ropa usada que me dieron en el centro de ayuda social y vendí mi semen a un laboratorio. Vendí mi semen varias veces. Fue mi regalo a esta sociedad que me despreciaba, pero que dependía de mí para lo esencial, para mantener vivo el dolor de la nostalgia, y liberar de los herméticos diques de lo razonable, de lo conveniente, el caudal de los puros sentimientos. Con el dinero del semen me compré unos cuadernos con forro duro de cartoné, para que aguantasen la dura vida que les aguardaba, y una pluma y un tintero que un anticuario me juró que habían sido de Espronceda. Regalaba en voz alta mis escritos en mitad de la calle, aunque la gente se empeñaba en darme algunas monedas, y veces había que un corro de curiosos se cernía a mi alrededor. Hasta que uno de esos días, un tipo bien vestido y bien comido, con traje y corbata y todo el aspecto de haber triunfado en la vida, entendiéndose el triunfo como la vulgaridad de haber conseguido hacerse con dinero, se situó en primera fila de los que me escuchaban. Su mirada me atravesaba como un estilete que seccionase mi miseria para ponerla en la balanza al otro lado de su opulencia. Se sentía digno ante mi indigencia, cuerdo ante mi locura, importante ante mi pequeñez. Recité algunos de mis versos: “Me duele, tengo hambre, tengo frío,/ respiro con dificultad, el corazón me late a la deriva,/ y todo porque busco, aunque no encuentre,/ y no me conformo con vivir la vida que me ofrecen./ Por eso soy distinto.../ Y es mi voz, la voz de los que callan, la voz de los que dudan, la voz de los que pierden.” El tipo del traje y la corbata hizo un gesto meneando la cabeza a un lado y otro. “¿Y eso es poesía?”, dijo. “Sí señor”, le respondí. Se rió con una larga y sonora carcajada. Que se riese de mí no era importante, pero se rió de la poesía. Por eso le agarré del cuello con todas mis fuerzas -las fuerzas de un loco, dijo luego el abogado- y apreté su garganta con mis manos hasta que dejó de respirar. Por un instante, la sonrisa del Azarías afloró en mis labios. Se necesitaron varios hombres fuertes para desasir mis manos de su garganta. No murió, al menos del todo. Pero maté para siempre su orgullo de hombre cuerdo. Me internaron algún tiempo en un centro adecuado, eso dijeron, donde la luz se dejaba aprisionar entre las rejas y los enfermeros repartían entre los internos vasitos de plástico llenos de pastillas. Flunitrazepam, Clorazepato, Diazepam. Felices sueños. Había una enferma que decía ser Judy Garland y pedía todo el rato Valium y alcohol. Mareos, somnolencia, dolor de cabeza, nerviosismo, temblores, ansiedad, náusea, diarrea, picazón, boca seca, sudor. El médico me prohibió escribir versos. Sedantes, pastillas para dormir, tranquilizantes, antidepresivos. Pero escribía versos a escondidas. Escribía versos sobre las paredes del retrete con mi propia mierda. La palabra “amor” escrita con las heces adquiere un nuevo significado. Mi antigua novia vino una vez a visitarme, acompañando a mis padres. Se pasaron todo el rato diciendo que allí estaba la ferretería, a mi disposición, que mi padre tenía ya edad de jubilarse, que por el amor de Dios recobrase la sensatez, antes de que se vieran obligados a traspasar el negocio a otra persona. Lloraban. Al salir, mi novia me dijo en voz baja que se había casado con un aparejador y que, cuando saliese del manicomio, no la molestase, porque ahora llevaba una buena vida y no quería saber más de mí. Me saqué el pene de la bragueta y les meé a todos en los zapatos, dije que era el único acto poético que se me ocurría. Benzodiazepinas, Benzodiazepinas, Benzodiazepinas... La paciente que creía ser Judy Garland no logró morir. Finalmente consiguieron anestesiar su voluntad y se conformó con seguir un estricto régimen de adelgazamiento. El mundo es un lugar inhóspito para los débiles, que son devorados por los animales más fieros. La naturaleza no siente lástima, piedad ni misericordia. La naturaleza sobrevive siempre y acaba emergiendo sobre las cenizas de lo que fue civilización. Las paredes eran blancas y desnudas, pero había unos tiestos con plantas en las esquinas de las salas y en los corredores. En la tierra de esos tiestos escondía yo las pastillas que me daban. Las flores crecían alimentadas por la podredumbre humana. Tal vez, por eso, en aquel centro de salud mental no pudieron acabar del todo con mi espíritu. Ahora estoy afuera, sólo visito al siquiatra una vez al mes. No estoy loco, soy poeta. Nadie quiere publicar mis libros. Me temen. Temen mis verdades. Ya no vivo en la calle. La vida es dura y los años no perdonan. Vivo en una institución donde me cuidan y me dan cama y un plato de comida. Pero yo sé que no soy cualquier cosa, que no soy uno más entre los hombres, porque soy el más grande poeta desconocido de un país donde la poesía verdadera no está en los libros, está en los sueños imposibles de los poetas inéditos.
FIN
Amado Gómez Ugarte
Cuento publicado en la revista literaria "Papeles de Zabalanda"