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Archivos de: Marzo 2008

UNAS FOTOS

por amagomis @ 2008-03-31 - 11:24:41

Primero de todo comunicaros que la revista IPOETINOMADI me ha incluido en sus novedades del mes de marzo. Podéis verlo en esta dirección:

IPOETINOMADI

Y como he pasado unos días de vacaciones, os incluyo unas fotos de mi estancia en LA GOMERA.
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CERRADO POR VACACIONES

por amagomis @ 2008-03-18 - 13:47:40

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El vídeo es de una canción titulada LA BALADA DEL ERRANTE. La letra es del escritor Gonzalo Ostagain. La música y la voz del cantante Luis Vil. Buena música y buena letra.

LAS DOCE ROSAS

por amagomis @ 2008-03-11 - 15:32:13

Como suele decirse, cualquier parecido de esta historia con la realidad es pura fantasía, y los nombres y las situaciones aquí relatadas son fruto único y exclusivo de la imaginación del autor. Y, aunque pudiera no parecerlo, esto es un homenaje a un poeta leonés galdakanizado, al que admiro. Lo que sucede es que mis homenajes son, por lo general, de juzgado de guardia. Pero homenaje sí que es. Lo juro. Ja, ja...

-¿De dónde dices que es el gañán ese que escribía versos y que se confesó culpable de las doce muertes?
-De Cabañeros, una pequeña pedanía de Laguna de Negrillos, en el páramo leonés, por donde corren el Órbigo y el Esla. Todos allí opinan que era una buena persona, incapaz de matar una mosca y más bien ocupado en sus ensoñaciones que en la realidad del mundo.
-Pues que se lo cuenten a las doce difuntas que rajó de parte a parte… Primero las enamoraba por carta y luego, en la primera cita, cuchillo y hasta nunca.
-Se ve que le fallaba algo en el cerebro.
-Y, sin embargo, ¿ha leído usted alguno de sus versos? Son lo mejor que se lleva escrito en este siglo, que se lo digo yo. Un fenómeno en lo de la poesía… Este hombre, de no tener instintos criminales, hubiera llegado a la Academia…
-Le van a ajusticiar el primer viernes de cuaresma en la cárcel de Badajoz, la misma en que agarrotaron a Pascual Duarte.
-¡Anda! ¿Acaso no hay en León verdugos capaces de llevar a cabo la sentencia? ¡Por qué demonios nos tienen que robar los badajoceños un preso tan célebre…! ¿No mató aquí? ¡Pues que lo avíen aquí!
-Ha sido cosa del Ministerio de Cultura. A los ministros de ahora les va lo de la literatura y ya se sabe… Como la cárcel de Badajoz cogió tanta fama con lo del Duarte, que fue mentada en toda Europa y América, pues han querido aventar los rescoldos del pasado para ver si avivaban las brasas.
-¿Y cómo comenzó a rodar la historia esta? ¿Quién descubrió que el mozo poeta manejaba con soltura el filo del cuchillo a través del vientre de las damiselas?
-Le pillaron con las manos en la masa. Después de faenadas las arrojaba a un pozo ciego que había en las afueras del pueblo. Todas eran de la capital, jamás le puso el ojo ni la mano encima a una moza del pueblo. En eso era muy respetuoso. También dicen que las citaba bajo los álamos del río y las adormecía recitándoles versos. O sea que las anestesiaba. No era sádico del todo. Lo que nadie acaba de comprender es por qué lo hacía. Un hombre que enamora a una mujer al mes, y por carta, no tiene necesidad de usar la violencia. Sin embargo, él prefería su método. La última con la que le pillaron dicen que era hija de un subsecretario. Y tenía cita con él al mes siguiente la viuda de un procurador.
-O sea, que le perdió el tan traído y llevado exceso de confianza.
-Eso es. Se dejó ver en el río con algunas damas y cuando salió en el periódico el retrato de una de ellas dándola por desaparecida… Pues buena memoria tienen en Cabañeros para las mujeres guapas… Si dicen que no habían visto una desde que pasaron por allí la Ely y la Leola, las famosas cantantes de cuplés, que se les emborrachó el chofer de la limusina y se equivocó de camino. Pero la que descubrió el pastel, con pelos y señales, fue la tonta del pueblo, la Cencia, que tenía la costumbre de espiar. Ella quería saber qué era eso que hacen los hombres a las mujeres, y se dedicaba a seguirle los pasos a las parejas que iban al río. Como la pobre era tonta, cuando vio las cuchilladas que pegaba el mozo, supuso que así era el amor. Y no se le ocurrió cosa mejor que ir pidiendo a todos los rapaces del pueblo que la hiciesen otro tanto. Como nadie la hizo caso, se rajó a sí misma. Y cuando le preguntaron por qué lo había hecho, se explicó. Esa fue la perdición del poeta. Dijo: “Como nadie me lo quería hacer, me he hecho yo misma lo que les hace el Novenio a sus novias”. La tonta se murió nada más pronunciar estas palabras, pero dejó las cosas listas. La pareja de la guardia civil se llevó al Novenio esa misma noche. Él, al principio lo negó todo. Después dijo que una o dos nada más. Y al final salieron una docena. Pero poeta es de los grandes, eso sí. Mire, debo tener por un bolsillo de estos uno de sus poemas que salió en la revista cultural El Recreo:

“La muerta tenía el rostro blanco como la azucena,
los ojos miraban fijos hacia dentro o hacia fuera,
y le corría un hilillo de sangre por la pernera.
¡Qué bella estaba la muerta!
¡Qué muerta estaba la bella!”

-Hombre, qué quiere que le diga, malos no son los versos, pero puntan una cierta fijación morbosa. Algo criminal encierran en sus rimas…
-¡Ahí está la genialidad! Este hombre fue capaz de llevar su poesía a la práctica, no se conformó con bonitas teorías y elucubraciones mentales. ¡Un genio! ¡Un verdadero genio!, se lo aseguro yo. ¡Lástima que se lo lleven a Badajoz…!
-¿Y cree usted que creará escuela?
-¡Indudablemente! Yo, mismamente, he comenzado a escribir versos y gastar cuchillo. Aunque esto se lo digo en confianza, como algo anecdótico, ya me entiende. Pura y simple forma de buscar la inspiración.
-Pues, nada, Gómez, escríbame entonces un artículo sobre el caso, y no le eche demasiada literatura. La gente quiere sangre más que poesía. Mañana saldrá en la página de sucesos. Limítese al peapá del periodismo, que le conozco, Gómez, y es usted capaz de hacer un héroe romántico de un destripaviudas.
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NOVENIO ZARZAS CAMINO, EL ASESINO DE LAS DOCE MUJERES, VERÁ CUMPLIDA SU SENTENCIA DE MUERTE EN LA CÁRCEL DE BADAJOZ.

Redacción- Cuando la tarde comience a oscurecer y los murmullos de los pájaros se apaguen, en la sala de ejecuciones de la cárcel de Badajoz tendrá lugar el acto final de una historia que comenzó tiempo atrás en un pequeño pueblo de León, y que se cobró las inocentes vidas de doce pobres mujeres que confiaban en haber encontrado el amor verdadero, el gran amor de su vida. Novenio Zarzas Camino, conocido como el reo poeta, verá su carrera literaria y criminal segada por la mano de la muerte. Las peticiones de indulto efectuadas por numerosas organizaciones literarias, casinos y centros culturales de todo el país han encontrado oídos sordos en las autoridades competentes al caso, y la sentencia será llevada a efecto el primer viernes de cuaresma.
La triste y oscura historia de estas muertes tuvo su inicio como una prometedora relación romántica. La primera victima, la señorita Calíope López, comenzó una comunicación epistolar con su futuro asesino a través de los anuncios por palabras de un diario local: “Hombre formal y cariñoso, cristiano y bien formado, desearía relacionarse con dama de similares gracias. Preferiblemente solitaria o viuda. Abstenerse busconas. Fines serios”. La habilidad poética de Novenio Zarzas Camino hizo lo demás. No sabemos, tal vez nunca se llegue a saber, cuáles fueron los motivos que impulsaron a este poeta paramero a cometer, uno tras otro, tanto crimen. Pero según apuntan las teorías al respecto de ciertos siquiatras y algunos pediatras, es posible que una concepción de la poesía total, de la poesía hasta sus últimas consecuencias, fuese el detonante de la tragedia. Los versos de Novenio Zarzas Camino poseen, al decir de los críticos literarios del Filandón, una profundidad, una interrelación palpable entre conceptos míticos como la blancura, la pureza, la muerte, la sangre, que no se había encontrado en un estado tan avanzado de misticismo salvo en algunos poemarios de García Lorca. Sirva como ejemplo y homenaje este fragmento que reproducimos:

“De sus pálidas mejillas pendían lágrimas dos,
una la sorbió mi boca, otra se la mandé a Dios.
Y la muerta me miró con su mirada perdida
como diciendo: mi amor, yo te regalo mi vida.
¡Qué hermosa cuando expiró
la muerta que maté yo!”

Fuera como fuese, la justicia será cumplida, este primer viernes de cuaresma, en la cárcel de Badajoz -la misma literaria cárcel en que se ajustició a Pascual Duarte-, y Novenio Zarzas Camino pagará con el garrote vil las doce muertes que causó en pro de la poesía. Su libro póstumo, el que recoge sus sentimientos y sensaciones de estos últimos tiempos y las descripciones poéticas de sus crímenes, será publicado en breve, bajo el título de “Memorial inacabable”. Y ya han aparecido numerosas y autorizadas voces que solicitan la concesión a título póstumo de algún premio nacional de literatura para el desafortunado, pero grandioso vate.
Cuando la tarde comience a oscurecer y los murmullos de los pájaros se apaguen, en la sala de ejecuciones de la cárcel de Badajoz…

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Yo no tengo la culpa de nada. Soy inocente. Esas doce mujeres venían a lo que venían. La poesía es así, requiere sacrificios. Mi adoración por los versos siempre ha estado por encima de las pequeñeces humanas. Ahí afuera lo que hay es mucho hipócrita envidioso de mi arte, que ya quisieran ellos haber sido capaces de hacer lo que yo he hecho. Soy una gloria nacional. La idea del anuncio en la prensa me la dio el cabrón de Amado, el limpiabotas, que decía que una vez él había ligado por ese sistema con una maestra nacional. Lo de los cuchillos vino luego, cuando las tipas se ponían estrechas. Que si es demasiado pronto, que si de momento mejor lo dejamos en una relación exclusivamente romántica… Si no fuera tan buen poeta, todo este asunto no habría tenido tanta importancia en los periódicos. Pero supe arreglarlo desde el principio, desde la primera mujer. A la que no le perdono es a la idiota de la Cencia, que el diablo la tenga. Mira que estropearme así la carrera literaria, justo cuando estaba en lo mejor…
La poesía estaba echada a perder, falta de garra, de trapío. Era una cosa tonta y sensiblera para poco hombres, hasta que llegué yo y rompí con todo. Soy una gloria nacional, por mucho que les pese a algunos envidiosos. Los cuatro barbilampiños que escribían versos antes que yo, eran y son unos cobardes, unos cantaflores sin rumbo ni destino, de esos que se marean con la sangre y acaban tísicos. Yo le he dado arte a esto de rimar. Yo soy el único capaz de escribir a tinta y cuchillo, con tinta y sangre…
Y cuando llegue el momento no voy a echarme a temblar como el Pascual Duarte. Que Cela hizo lo que quiso con su personaje, pero yo no tengo más dueño ni albedrío que mi propio arte. Soy una gloria nacional y moriré como tal. Que sea el verdugo el que se achante, al que se le aligere el vientre y no sepa mirarme a los ojos. Yo tendré un último pensamiento para las doce rosas. Gracias a ellas compuse mis hermosos versos. Ellas también me deberían estar agradecidas, pues pasarán de mi mano a la posteridad eterna de la buena poesía,

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-¡Qué pena de hombre…! Guapo del todo no es que sea, pero tiene un no sé qué que le deja a una el corazón planchado…
-Es la poesía, que se le sale por los ojos.
-¿Tienes entrada para ver la ejecución?
-Faltaba más. De algo tiene que servir estar casada con el concejal de cultura.
-Nosotras, las de la asociación cristiana, vamos a ir todas, hemos alquilado un autobús. Nos consiguió los permisos don Anselmo, el cura del penal. Desde la cornada en el ojo de Granero, no ha habido nada tan emocionante…
-Dicen que habrá en la calle una manifestación de literatos pidiendo el indulto.
-¡Bah, no te preocupes, que esos no nos aguan la fiesta! En cuanto aparezcan los guardias civiles, los literatos se disuelven en un vaso de agua. Será más fácil encontrarlos borrachos en cualquier cantina, con el rabo entre las piernas, clamando en voz baja…
-En fin, a ver qué da de sí la cosa. No vaya a pasar, como pasa siempre en estos casos, que a la hora de la verdad hay que amarrar al reo, porque se escurre, y ponerle un bozal para que no suplique por su vida.
-¡Uy!, me da que éste no, que éste es de los que tienen los güevos grandes…

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“Una a una, una docena
de flores cortó mi mano.
Doce rosas, doce vidas,
a la orilla de aquel claro.
Murieron cerca del río,
con un beso entre los labios,
y se tiñeron de grana
sus níveos pétalos blancos.
¡Qué bella muerte tuvieron
suspirando entre mis brazos!

Amado Gómez Ugarte

EL FUTURO

por amagomis @ 2008-03-10 - 12:00:42

Me parece que fue Freud el que dijo que el pasado define el presente, porque la humanidad no es dueña de su propia historia. Y siguiendo ese razonamiento el pasado definirá también el futuro, como si de un perro que se muerde la cola se tratase. Esperar al futuro es estar en el andén viendo pasar los vagones, sin saber si el que te corresponde ya pasó o tal vez nunca llegue. El gran e inolvidable poeta Gabriel Celaya escribió que la poesía era un arma cargada de futuro. Pero está visto que incluso las más bellas armas las carga el diablo. Y esa munición llamada "futuro" se llevó por delante al mismo Celaya y a sus sueños poéticos. Porque el futuro que esperamos y nunca llega no es otra cosa que el presente repetido hasta la saciedad, el breve campo visual de unos ojos que no ven más allá de sus propias narices, de unas ilusiones inmediatas, de un triunfo rápido, de una vida acelerada en busca de el éxito social y económico. Un presente prosaico, politizado y monetarista, donde a los ricos les perdona Hacienda (que no somos todos) cientos de miles de millones de pesetas, mientras a los pobres les enferma el otoño y les mata de frío el invierno en plena calle.
Parece ser que el progreso consiste en dejarse empujar hacia ninguna parte, caminar en círculo creyendo que avanzamos. Los que manejan el poder son nuestros ángeles guardianes. Nos trazan la ruta a seguir, nos dicen lo que podemos o no podemos comer, nos dictan las modas en el vestir y el pensar, nos recomiendan a quién leer y a quién votar, nos cobran impuestos directos e indirectos, nos etiquetan y nos lanzan al mercado del trabajo para que seamos lo que ellos deseen: empleados o parados.
Nos manipulan con nuestro total consentimiento, como si fuéramos los tontos personajillos de un teatro de títeres. A cambio nos ofrecen las migajas de lo que a ellos les sobra. Algún maravilloso trabajo mal pagado, la magnífica oportunidad de incluirnos en alguna interminable lista de espera sanitaria o el placer de pagar el doble por el recibo telefónico. Y, como no, la absoluta felicidad comprable de ese narcótico engendro llamado televisión, que nos convierte en seres privilegiados, capaces de existir sin necesidad de pensar.
Tras la revolución francesa de mil novecientos ochenta y cuatro, se gestaron en Europa las bases culturales de lo que hemos dado en llamar, tal vez eufemísticamente, progreso: la estética, la científica y la industrial. Y cuando se repartieron los oficios, quedó para los artistas y escritores la labor de oficiar como reverbero o conciencia de la sociedad. Pero, poco a poco, en todos los países, naciones y autonomías el poder fue deglutiendo las voces críticas, educando las disonancias, aplacando el ánimo de los disidentes culturales, a los que fue acogiendo bajo su bendición: "Bienaventurados sean los mansos de espíritu, porque ellos alcanzarán la gloria de la subvención".
De modo que quienes debían situarse frente al poder, acabaron por integrarse en él, y quedaron convertidos en poco menos que funcionarios de propaganda de una u otra forma de gobierno (como ejemplo, los artistas españoles marcando la ceja con el dedo). El pueblo, naturalmente, se quedó sin espejo y sin conciencia en que mirarse... Y una demostración de que el futuro no acaba de llegar es que ahora mismo no sé si estoy hablando del pasado o del presente.
Sin embargo, estoy seguro de que Gabriel Celaya tenía razón y la poesía es, ciertamente, un arma cargada de futuro. Sólo que habrá que buscar la poesía debajo de las piedras de las fábricas cerradas por el capitalismo, en las colas del paro donde la desesperanza es un hábito de vida, en los fríos subterráneos donde pernoctan los desheredados de la fortuna, en las oscura trastienda de esta sociedad insolidaria y desigual que el poder nos ha abocado a compartir. Y tal vez allí, entre la basura, entre el dolor y el desengaño, encontremos el futuro que hemos labrado entre todos. Pero también podemos desviar la mirada hacia otro lado, en busca de lo hermoso, de la mentira piadosa, la fachada. En busca del azul de cielo, los grandes edificios de los Bancos que destilan dinero, la voz de los que predican que todo va bien. Podemos seguir dejándonos llevar cómodamente hacia el futuro que nos hayan asignado. Y eso haremos.

Amado Gómez Ugarte

AMOR SOÑADO

por amagomis @ 2008-03-07 - 12:13:53

Si dejas correr tu pensamiento
como un río,
aunque estés muy lejos
estarás conmigo.
Si abres los brazos al viento,
y al cerrarlos
queda un hueco en tu pecho,
ese vacío lo llenará mi aliento.
Si al llegar la noche,
con los ojos cerrados,
sueñas conmigo despierta,
piensa que en otra habitación,
en otro pueblo, en otra soledad,
estoy soñando yo que tú me sueñas...

Amado Gómez Ugarte

COCINERO

por amagomis @ 2008-03-02 - 16:07:20

Corté la cebolla muy fina, el pimiento verde en aros y el tomate en pequeños tacos. Lo eché a la sartén caliente donde había puesto el aceite virgen, removí, añadí un poco de sal y puse la tapa para que se fuera haciendo a fuego bajo. Tenía listos los trozos de pechuga de pollo, que previamente había sazonado, y los pasé por harina antes de freírlos. Cuando la pechuga estuvo lista la añadí al sofrito, removí otra vez, probé si estaba en su punto y dejé que se hiciese todo junto unos minutos más. Abrí el periódico y una botella de vino. Bebí un buen vaso. En portada se leía que Dios no existía, porque los científicos de la Universidad de Moscú habían encontrado la prueba irrefutable de que la vida surgía espontáneamente por acción del gregarismo colectivo de las células, sin que intervinieran en el efecto causas ajenas a lo meramente natural. Bebí otro vaso. Pasé de hoja. Una asociación de amas de casa había puesto una demanda contra un fabricante de delantales eróticos, acusándole de propiciar los abusos en la cocina. Debajo se leía que el sindicato de donantes de semen convocaba a una huelga general de sus afiliados en demanda de mejoras laborales para los trabajadores de este colectivo y exigían la renovación inmediata de las revistas pornográficas en los laboratorios de recogida, dado que las existentes se hallaban en tal estado de deterioro que no permitían el normal desarrollo de su labor, con lo cual se veían obligados a utilizar la imaginación, función que no estaba recogida en los contratos. Sonó el teléfono. Separé la sartén del fuego. Olía bien la comida. Descolgué el auricular. Era mi exmujer que me preguntaba si al cogote de merluza había que echarle el refrito de ajos picados antes o después de hacerlo en el horno. Le dije que mejor antes y que friese los ajos hasta que tomasen un poco de color, pero sin oscurecerse demasiado. Me preguntó de paso cuántos minutos había que tener la coliflor en la olla ultrarrápida. Le corregí que ningún minuto, que en cuanto el pivote que se elevaba llegase a la segunda raya, sacase la olla del fuego, porque si no se haría demasiado. Me dijo al despedirse que sin mí estaba bien, pero que echaba de menos mis guisos, porque el hombre con el que vivía ahora era un patán que no tenía ni idea de cocina. Sonreí y me alegré. Me serví un vaso más de vino. Pasé varias hojas del periódico, hasta que encontré mi foto en una de ellas. Allí estaba yo, sonriente. Me había convertido en un tipo importante. Después de años y años de perder el tiempo escribiendo novelas que nadie leía, gastando mi vida en el empeño de ser escritor sin obtener éxito ni recompensa alguna, ahora me había convertido en un tipo famoso y salía en los periódicos. Para ello me vi obligado a dejar la literatura a un lado y dedicarme a algo realmente importante: era cocinero. En un mundo en el que lo espiritual había desaparecido, la cultura, el honor y la filosofía habían sido desterrados y sustituidos por conceptos puramente somáticos, era evidente que sólo nos quedaba el estómago. En los próximos siglos, los cocineros dominarían la Tierra. Por eso me hice cocinero. Estaba harto de ser un don nadie, un desconocido encerrado entre cuatro paredes tecleando en un ordenador historias que nadie quería leer. La pechuga de pollo estaba lista. Me dispuse entonces a cocinar otro plato. Macarrones con gambas y sepia, pensé, naturalmente con un sofrito de cebolla picada fina y un pimiento verde pero que empezase a madurar. Miré en la cesta de la verdura y encontré lo que buscaba. Troceé la sepia, pelé las gambas y también las troceé. Tenía la sartén con aceite caliente, pero no demasiado, y eché allí las verduras. Enseguida se llenó la estancia de un aroma agradable. Sonó el teléfono otra vez. Era del programa de televisión de más audiencia de las tardes, querían entrevistarme, les expliqué que resultaba del todo imposible, que yo no salía nunca, insistieron en que querían entrevistarme junto a un escritor de fama mundial para hacer un programa gastronómico-cultural, les mandé a tomar por culo, yo no quiero ver un escritor a menos de mil kilómetros de distancia, por mí se pueden morir todos de hambre, son una recua de engreídos monotemáticos cuyo único discurso consiste en hablar de sí mismos y de sus obras. Aburridos. Eché a la sartén los pedazos de la sepia y removí un poco, puse al punto de sal y guardé las gambas para más tarde. Las gambas se hacen enseguida y si las tienes mucho tiempo al fuego se secan como esas mujeres que aguantan demasiado tiempo a sus maridos, hasta que por fin enviudan y recuperan la frescura. La chica del programa de televisión seguía al teléfono. Le repetí que no podía ser. Dijo que podían prescindir del escritor, que sólo era un premio Nobel y yo un cocinero. Pero le expliqué que para mí era mucho lío salir. Joder, decir que no a una entrevista en la televisión es un placer que pocos pueden permitirse. Los escritores, todos, venderían su alma al diablo, si no la tuvieran hipotecada por su editor, por conseguir asomar las narices en un programa de audiencia con su puto libro en las manos. Yo ahora estaba en otro estadio, metros de dignidad más arriba. Me sentí satisfecho y removí otra vez la sepia troceada con la cebolla y el pimiento semimaduro. Probé con la punta del tenedor, todavía estaba un poco dura, pero sabía bien. La cebolla se iba amarronando, tomando el tono adecuado. En la vida todo acaba amarronándose, pero hay que saber aprovechar las oportunidades. Ah, me sentía por fin bastante satisfecho de la vida. Me serví un poco más de vino, medio vaso escaso para no excederme. En realidad, todo comenzó cuando estaba en lo más bajo de la escala de la felicidad. Ya digo que la literatura me iba mal, por si fuera poco mi madre sufrió un derrame cerebral y yo era hijo único, así que tuve que dedicarme a cuidarla, y mi mujer trabajaba fuera. Me cayó encima todo el peso del hogar, dulce-maltito hogar. Hacer la compra, cocinar, lavar los platos, fregar, hacer las camas, pasar la aspiradora, aprender a manejar el horno y la lavadora, además de asistir corriendo a mi madre cada vez que tocaba la campanita, porque tenía una campanita que hacía tintinear cuando quería algo, ya fuese ir al retrete o simplemente llamar mi atención, para que no olvidase que ella estaba allí, en la sala de al lado. Un infierno. Mis hijos eran una especie de huéspedes que llegaban, comían y se largaban de nuevo, dejando los platos sucios sobre la mesa. No sacaba tiempo ni para escribir unas líneas, lo justo para mandar algunos artículos al periódico, en los que se percibía mi poco amor por el mundo y sus gobernantes, con lo cual me gané merecida fama de ácrata irredento. Pero, casi sin pretenderlo, empecé a cocinar bastante bien, a cogerle el truco a la cocina, como si fuera una cualidad innata en mí que hasta entonces había pasado inadvertida. Seguramente todos los humanos tenemos virtudes que desconocemos y buena parte de la población no llega nunca a descubrirlas. Yo tuve suerte. El aroma de la sepia se hizo más intenso, volví a probarla, estaba a punto, le mezclé las gambas, unos minutos y estaría listo. Puse agua a hervir en un puchero, le eché sal en abundancia y un chorrito de aceite. La pasta necesita abundante sal porque en sí es bastante sosa, como una vida sin emociones, como la rutina diaria de las tres cuartas partes de los habitantes de los países desarrollados, los que tienen trabajo fijo, horarios fijos, sueldo fijo, amor fijo y hasta cagan siempre a su hora, y de no ser así se sienten indispuestos, una vida necesitada de emociones, aunque sean falsas, como el cine o la literatura o comprarse un telescopio para verles las tetas a las vecinas. Cuando comenzó el hervor, vertí los macarrones y removí para que no quedasen adosados, como esas casas que se compran los que quieren ser ricos y no les llega para tanto el presupuesto y acaban compartiendo las paredes y el jardín con un vecino que podría incluso ser inspector de Hacienda o concejal de un departamento pobre, como cultura o bienestar social, donde no hay mucho que sacar, porque los de obras públicas y urbanismo se lo llevan todo y viven en un chalé con piscina. Diez o doce minutos después, mientras repasaba el horóscopo, que me auguraba buenas perspectivas sentimentales porque seguramente el idiota que lo había redactado escogía las palabras con cuidado para no herir de realidad a sus también idiotas lectores, los macarrones quedaron en su punto, los escurrí y los pasé a la sartén con la sepia y las gambas. Hice todo ello un poco más a fuego medio, removiendo con cuidado para que la pasta se impregnase de sabor y aroma. A continuación, lo deposité sobre la mesa, encima del salvamanteles. Estaba listo para servir. Cuando rememoro el pasado, pienso que ciertamente tuve suerte, porque, en mitad de mi desgracia, en aquellos días miserables, mientras veía pasar el mundo a mi alrededor, encerrado en la cocina, escuchando la campanita de mi madre o colgando la ropa en el tendedero, comprendí que uno debe ayudarse a sí mismo porque nadie más va a hacerlo, y porque la autocompasión, la lástima, la pena, la tristeza y el dolor del alma son los simples residuos, los excrementos de la derrota. Así que perfeccioné mis guisos, conseguí el punto exacto de sabor, la ideal mixtura de ingredientes. Entonces decidí que iba a ser un cocinero único, diferente, especial. Para ello necesitaba una materia prima que se saliese de lo normal, de lo habitual, de lo corriente. Y entonces llamó a la puerta aquella muchacha que quería hacerme una encuesta sobre mi intención de voto. Pero yo tenía otras intenciones. Abrí y me sonrió. A mi mujer le pareció muy mal que me comiese a una encuestadora de Metra-Seis con salsa de almejas y caviar Beluga. Creo que no llegó a comprender que no había nada de mórbido ni sexual en el asunto, que era simple comida, singular, pero comida. Así que se divorció de mí y se quedó con los dos coches, el piso, el apartamento en la costa y las dos plazas de garaje. Pero me dio igual, porque yo me hice famoso. Salí en todos los telediarios, se habló de mí en las revistas, periódicos, peluquerías de señoras y caballeros, en los lugares más recónditos, en los conventos de clausura, en todas partes sabían ahora que yo era un gran cocinero. Los análisis más exhaustivos de los laboratorios de la policía demostraron que había cocinado un plato exquisito. Estaba en la cárcel, era cierto, pero tenía un trato de favor, era el cocinero, el rey de la cocina. No me trataban como a un preso común, un vulgar escritor, carterista o defraudador fiscal. Tenía prerrogativas para hacer lo que me placiese, podía beber vino, leer a Bukowski, usar el teléfono y seguir viviendo entre mis pucheros y sartenes, que son los mejores compañeros, se usan y se lavan, y permanecen siempre junto a uno, como el amor verdadero. Únicamente me fastidiaba un poco que no dejasen a mujer alguna acercarse a mí, ni de la limpieza, ni guardianas, ni visitas. Estaba deseando volver a cocinar mi plato favorito...

FIN

Amado Gómez Ugarte.

Este cuento fue finalista del VIII Certamen Literario "Café Compás" de Valladolid
y publicado en la edición "De guisos y Fogones"