El tipo de mi derecha bostezaba y el de mi izquierda entrecerraba los párpados. La mitad del público dormitaba luchando contra el sopor por mantener un mínimo de atención, y la otra mitad dormía sin complejos. El orador, un señor muy mayor que hablaba despacio, muy despacio, estaba tratando de defender la poesía contra la maldita sociedad de consumo que había dejado a un lado los sentimientos y la cultura por la que tantas personas, él incluido, habían trabajado sin descanso toda su vida. Leyó unos versos suyos y luego unos de Shakespeare. El runrún de las respiraciones se hacía por momentos más evidente. Yo era el único despierto. De pronto alguien comenzó a aplaudir y todo el público estalló en una atronadora ovación. El viejo conferenciante se quedó atónito, con la palabra en la boca.
-No he concluido -dijo-. Tengo aún dieciséis folios por leer.
Pero nadie le hacía caso. La gente se levantaba apresuradamente de sus asientos y se estiraba de la siesta. Algunos miraban sus relojes. Una mujer se acercó al orador con un libro en la mano, que extendió ante el anciano solicitando su firma.
-Este libro no lo he escrito yo -dijo el viejo con desconcierto.
-No importa -le respondió la mujer-. Yo sólo quiero una firma. El autor es lo de menos.
Esperé a que todos salieran y me dirigí al anciano que estaba recogiendo los folios y guardándolos en un maletín. Algunas hojas se le resistían y él las empujaba con mano temblorosa.
-Perdone -le dije-. Yo no entiendo nada de poesía, pero me han dicho que usted tiene un piso que no usa en la calle Bastardillos; y yo, precisamente, estoy buscando un piso de alquiler. Así que quizás podamos llegar a un acuerdo. Mire, le puedo pagar como mucho trescientos euros. El piso será viejo y tendrá mucho que reparar, me imagino.
-No sabe usted nada de la vida, joven -me dijo-. En ese piso vivió Max Estrella, el más grande poeta imaginario. No lo alquilo por menos de ochocientos. Los sueños también se cobran.
-Pero usted acaba de quejarse en la conferencia de la sociedad de consumo -le espeté.
-De modo que usted me ha estado escuchando -dijo como para sí-. Pues sepa que en materia literaria debemos defender la utopía, pero en materia inmobiliaria le repito que mi piso vale ochocientos euros al mes, y sin retrasos. Pero ya que ha sido usted el único que ha escuchado mi conferencia le voy a dar una oportunidad: si es usted capaz de escribir un poema que yo considere bueno, le rebajaré el alquiler a trescientos. Y no trate de engañarme ni plagiar a otros autores, debe ser suyo o nada. Tiene veinticuatro horas de plazo. Mañana, a la misma hora, vuelvo a dar una conferencia aquí. Si viene y me lee su poema, yo decidiré. Por cierto debe recitarlo ante el público.
El viejo se largó con su maletín. Hablaba despacio pero caminaba rápido. Se perdió puerta afuera, a pasos raudos, dejándome boquiabierto. Yo no había pensado en mi vida en escribir unos versos, pero lo cierto era que ese piso a trescientos euros resultaba una verdadera ganga. Una oportunidad difícil de dejar escapar. Llevaba un año entero detrás de un piso céntrico y sólo había conseguido desesperarme. Pensé de pronto que, tal vez, escribir unos versos no fuese tan dificultoso. Al fin y al cabo, van una línea debajo de otra y con unas pocas líneas ya tienes un poema. Tenía un día entero de por medio. Me fui a tomar una cerveza.
Escogí un café de esos a los que dicen que van los literatos. Las mesas estaban bastante ocupadas por tipos con pinta de no haber comido caliente en varios días y tipas que fumaban y soltaban palabrotas. Encontré a duras penas un hueco y me senté cerca de uno de esos grupos.
-A mí, si me dan a escoger entre el realismo y el nominalismo, me quedo con el conceptualismo, porque el término medio no es la mediocridad, como defienden algunos, sino el punto de inflexión del pensamiento, como defiendo yo -estaba diciendo un tío gafoso que despedía saliva al hablar, como si regase con su sabiduría el mundo.
Me cagué por lo bajo en su padre. Estaba claro que en ese lugar nadie me iba a ayudar a escribir algo tan simple como un poema. Era gente muy complicada. De todos modos, saqué un pedazo de papel y un bolígrafo y le pedí al camarero una caña. Una muchacha cercana ojeó en mi dirección y, tras lanzarme una bocanada de humo, me preguntó qué estaba escribiendo. Le dije que un poema y me miró como si estuviera viendo una aparición.
-Ya no se hace poesía -dijo-. Está pasada de moda. Ahora lo que se lleva es el plagiograma, que consiste en copiar párrafos completos de otros autores y con ello fabricar tu propia obra. Tengo un amigo que con Gabriel García Márquez y Julio Llamazares hizo un relato superbonito que se titulaba "El amor en los tiempos de la lluvia amarilla".
-Pero yo necesito hacer un poema -le expliqué-. Un poema auténtico, un poema original, verdadero...
-Desengánchate de eso -me cortó-. Mira, si quieres te puedo pasar unas pastillas que te dejan mucho más puesto y no provocan después efectos secundarios. Lo de la poesía es muy peligroso, te mueres de hambre y no tienes ningún reconocimiento social, te conviertes en un marginado. Yo estuve saliendo hace unos años con un poeta y fue horrible, sólo pensaba en comer y en sacarme dinero para pagarse la pensión, comprarse ropa... Mi padre acabó retirándome la Visa.
Mi trozo de papel seguía en blanco. Sólo necesitaba llenarlo con unos malditos versos. No era para tanto. Un piso céntrico merecía cualquier sacrificio. Estaba cerca de mi oficina, a un paso de todo. Nada más que por el ahorro en taxis, ya valía la pena. El problema era que no encontraba un modo de comenzar. Lo difícil para mí siempre habían sido los comienzos, ya siendo niño me costó comenzar a hablar, comenzar a andar, comenzar a la escuela, comenzar a integrarme en una pandilla. Más tarde, me costó encontrar el primer trabajo, la primera novia... Y ahora buscaba un piso porque quería comenzar a ser independiente. Y también me costaba. Manoseé el papel, un tanto nervioso. Puse la punta del bolígrafo encima y quise escribir una palabra, la primera palabra, cualquier palabra, me daba igual. No podía. Mi rostro se crispó en un gesto de impaciencia o desesperación. La chica que anteriormente me había hablado, se acercó más a mí.
-Oye, si tan necesitado estás, yo puedo presentarte a un tío que te puede ayudar -dijo en mi oído-. Pero que quede entre nosotros, porque el tío este no está muy bien visto por aquí. Ganó un premio literario hace unos meses y nadie se lo ha perdonado. Ahora es un tipo solitario y triste que vaga por los bares de la zona oscura de la ciudad.
-¿Y tú crees que ese tío querrá ayudarme? -pregunté.
-Tendrás que invitarle a beber -respondió-. Yo si quieres te acompaño y te lo presento. Por cierto, también tendrás que invitarme a beber a mí.
Me fijé más en ella. Vestía de oscuro, con la falda muy corta, y llevaba el cabello como si se hubiese vaciado en él un bote entero de laca. Nos levantamos y la seguí. Los tipos de la mesa nos siguieron con la mirada mientras uno de ellos decía: "El escritor debe tener una función de oráculo de la sociedad". Y otro le respondía: "Ni hablar. El escritor debe ser mudo, ciego y sordo. Ya hay suficientes idiotas que opinan en el mundo". Cuando llegamos a la puerta los dos conversadores se estaban enganchando en una pelea improvisada y los demás trataban de separarlos.
-Son inofensivos -dijo la chica-. En realidad, lo que les ha fastidiado es ver que yo me marchaba contigo. Se creen que porque de vez en cuando les escucho, ya soy suya. Hablan de modernismo, pero siguen viviendo en Neanderthal. Yo no hice filología hispánica para acabar aguantando a unos escritorzuelos de tres al cuarto. Aspiro a alguno que esté en la lista de los más vendidos.
La zona oscura tenía poca iluminación, callejas tortuosas y bares mugrientos. Mientras buscábamos al tipo que me iba a ayudar, la chica se detenía en todos los bares y pedía unas copas. Yo abría la cartera y pagaba. Llevábamos recorridos media docena de antros sin que el tal tipo apareciese.
-¿Estás segura de que anda por aquí? -dije.
-Mira, si no lo encontramos, te pago todo esto con un polvo -dijo-. Tú no sales perdiendo y yo tampoco.
Ya empezaba a hacerme a la idea, cuando cruzó un bulto entre las sombras de la calle. Iba de orilla a orilla como escondiéndose del resto del mundo.
-Es él -dijo la chica.
Nos precipitamos en su seguimiento y lo alcanzamos un recodo después. Al principio nos miró con recelo, pero luego reconoció a la chica.
-Es que andan buscándome unos editores que quieren darme una paliza, porque publiqué el otro día un artículo en un periódico reivindicando los derechos de los autores a conocer el número exacto de ejemplares vendidos de sus obras -masculló.
La chica le contó mi problema, que necesitaba escribir un poema. El tipo expulsó aire en un hondo suspiro. Hizo una señal para que la chica se le acercase y le dijo algo al oído.
-Dice que le des para una botella de Güisqui -me repitió ella.
Le alargué un billete. El tipo lo cogió, miró para todos los lados y me pasó un papelito. En ese momento salieron de un portal dos hombres grandes y de aspecto rudo y me cayeron encima como fardos arrojados de un camión.
-Cógelo, cógelo -decía uno al otro-. Que no se escape. Éste lo tiene.
El otro me sujetaba contra el suelo. Vi cómo la chica y el escritor se largaban a toda velocidad. Durante un momento se escuchó el sonido de los tacones de sus zapatos repicando sobre el asfalto. Estaba solo con los dos matones. Me tenían a su merced.
-Somos policías -dijo uno-. Y te vas a venir con nosotros a comisaría. Mira por dónde hoy hemos pescado un pececillo...
Los dos rieron, y pronto llegó un coche patrulla en el que me introdujeron sin muchos miramientos. Yo iba en el asiento de atrás con uno de ellos.
-Oigan, hay un error -pronuncié-. Yo sólo soy un pacífico ciudadano que quería escribir un poema...
Volvieron a reír al unísono. El que conducía tocó incluso la bocina para mostrar su hilaridad.
Intenté convencerles de mi inocencia, pero sin éxito. El que iba a mi lado se hizo el gracioso y dijo:
-Así que un poema, eh. ¡Te parecerá poco delito...!
En cuanto llegamos a la comisaría me metieron en una celda que había en el sótano. Un policía más mayor que los otros, que debía ser el jefe, bajó a hablarme un rato después.
-Hemos encontrado el papel, pero no lo que contenía -dijo-. Será mejor que nos digas por las buenas qué demonios has hecho con la mercancía.
-¿Qué mercancía? -dije-. Yo sólo quería escribir un poema... Y entonces la chica me llevó donde el escritor y...
-Esa jerga es nueva -dijo-. De qué zona eres tú. ¿No habrás venido directamente de Colombia para trapichear por aquí?
-Le digo que yo sólo quería escribir un poema -repetí.
Pero el tío se lo tomó a mal y amenazó con partirme la cara si no dejaba de hacerme el loco. Se largó y regresó poco después.
-Está bien -dijo-. Tú lo has querido. Te daremos un laxante por si te has tragado la bolsita.
Tuvieron que sujetarme entre tres, pero lo consiguieron. Me tomé el laxante. Pronto mi estómago y mis intestinos empezaron a revolverse como cuando un huracán voltea un barco y los restos del naufragio aparecen esparcidos por la costa. Los restos de mi naufragio fueron examinados por la policía.
-¡Maldita sea! -gritó un poli-. Siempre me tocan a mí estas porquerías. Cuando hay que cachear mujeres, van otros, pero las inmundicias siempre para mí. Y encima para nada. Porque aquí no hay ninguna bolsita.
-Será que no lo ha echado todo -dijo el jefe-. Que tome más laxante.
Para cuando se convencieron de que no me había tragado nada, mis intestinos estaban erosionados como una de esas costas demolidas por el furibundo ir y venir de las olas. También me hicieron vomitar, por si acaso. Me dejaron en paz unas horas, seguramente mientras decidían qué hacer conmigo. Me tumbé en un estrecho catre y hasta me hubiera quedado dormido de no ser porque algo después metieron a empujones a un tipo malcarado que gritaba que la navaja no era suya.
-¿Y tú por qué estás aquí? -me preguntó mientras me echaba una ojeada.
-Yo sólo quería escribir un poema... -dije.
El tipo se apartó de mí como de la peste y se puso a vociferar suplicando que le sacasen de allí, que yo tenía pinta de marica y que no estaba dispuesto a que le violasen. Armó tal alboroto que le pasaron a otro calabozo. Desde allí me miraba todavía con cierta angustia.
-A mí no me vuelve a pasar -dijo-. Que ya sé yo cómo se las gastan los que escriben versos...
Se escuchaba, arriba, la conversación de los policías. Parecían enfadados.
-La habéis vuelto a fastidiar -sonaba la voz del jefe-. Si no hay bolsita no hay delito. Para qué coño me sirve a mí este trozo de papel que le habéis encontrado. Habrá que ponerlo en la calle por falta de pruebas. Desde luego, sois lo más tonto que hay en esta comisaría, hasta un tipo con pinta de membrillo como ése os la ha pegado...
Algo después me abrieron la puerta del calabozo y me llevaron hasta la puerta de salida, donde me esperaba el jefe para despedirme.
-Confiesa dónde está la cosa ahora que aún estás a tiempo -me dijo-. Si te pillamos otra vez será peor. Tu cara no se me va a despistar tan fácil, ¿comprendes?
Me agarré el estómago y di un paso hacia afuera. En ese momento me acordé de algo y me volví.
-Quiero que me devuelvan el papelito que me han quitado -dije-. Lo necesito para escribir un poema.
Se notaba que el tipo dudó un instante entre agredirme o hacer caso de mi petición. Pero, finalmente, me lo entregó. Esperé a estar completamente fuera para leerlo. Era un trozo de página arrancada de un libro. Decía: "Un soneto me manda hacer Violante, que en mi vida me he visto en tanto aprieto; catorce versos dicen que es soneto..."
No seguí leyendo. Se me cayó el alma a los pies. Me habían hecho tomar un frasco entero de purgante, eran más de las cinco de la mañana, y de todo esto nada más había sacado que un montón de horas perdidas y un viejo y sucio papel en el que alguien, algún tipo antiguo y engreído, había dejado escrito lo fácil que resultaba para él hacer un poema. Juré en voz alta maldiciendo a todos los escritores, vivos y muertos. Estaba cansado, pero no tenía ganas de acostarme. Se me habían quitado. Vi amanecer el sol sobre los tejados. Los primeros transeúntes comenzaron a poblar las calles y las plazas. Las persianas de las cafeterías se iban abriendo de una en una como las flores se abren a la luz. Olía a café y a bollos y a churros recién fritos y a mantequilla. Pero yo no podía comer hasta que se me pasase el efecto del purgante. Me deleité, no obstante, con los aromas. Y en eso estaba, respirando para alimentarme, cuando la vi. La misma chica que anoche me había acompañado, sólo que ahora iba vestida y peinada como cualquier otra mujer. Trató de pasar por mi lado haciéndose la despistada. La agarré del brazo.
-Ni se te ocurra pasar de largo -dije-. A mí no me engañas porque te hayas lavado la cara. Pero esta vez no te vas a escapar corriendo.
-No podía hacer otra cosa -dijo-. Si te detiene la pasma te soba entera. Además, yo llevaba encima unas pastillas y algunas bolsitas. Pero me he estado acordando de ti toda la noche.
-Yo también de ti -pronuncié en tono irónico.
Le enseñé el papel.
-¿Qué es esta mierda? -pregunté.
-Una especie de manual de instrucciones -dijo mirándolo-. Pero está más anticuado que el catecismo.
-¿Y ahora qué? -dije irritado-. ¿Cómo coño hago yo un poema?
La chica me miró.
-Oye, yo entiendo que haya adictos al sexo, al alcohol, a las drogas, incluso al fútbol. Pero lo tuyo con la poesía es algo enfermizo, peligroso -dijo-. Mejor que no me metas en tus aberraciones. Mira, yo puedo pasarte unas pastillas o nos agarramos una buena borrachera o echamos un polvo. Pero nada más. Si quieres enfangarte, enfángate tú solo.
-Pero yo... -balbuceé-. El poema...
-No puedo perder más el tiempo contigo -dijo mirando al reloj-. Llego tarde al trabajo. Pero acepta un consejo: olvídate de la poesía. Te lo digo porque lo sé, trabajo en la sección de ventas de una librería.
Y cruzó corriendo la calle. Yo también intenté cruzar la calle tras ella. Por supuesto, me atropelló un automóvil. Vi unos rostros a mi alrededor que me observaban con morbosidad, posiblemente regocijándose con mi dolor, luego dejé de ver. Desperté sobre una cama de hospital. En la cama de al lado había un hombre muy pálido e inmóvil. Intenté hablar con él pero no me contestó. Me dolía la cabeza, un hombro, una pierna y todas las costillas. Entró una enfermera y me dijo que debía quedarme allí veinticuatro horas en observación, y que mejor me estuviese quieto y callado como el muerto de la cama de al lado, porque si no me tendría que poner unas cuantas dolorosas inyecciones. En lo alto de la pared de enfrente había un reloj que indicaba las siete y media.
-¿Estamos en la mañana o en la tarde? -le pregunté a la enfermera.
-La tarde -dijo.
-¡Dios! -exclamé-. ¡Tengo que hacer un poema! ¡Un poema!
-Ay, virgencita -dijo la enfermera-. Voy a buscar al médico. Este hombre está muy mal...
Me levanté. Mis ropas estaban sobre una silla. Me vestí entre dolores. No tenía tiempo que perder, la conferencia del viejo sería en media hora. Apenas llegué al ascensor vi que por el pasillo llegaba la enfermera con un médico que llevaba en la mano una camisa con correas. Apreté el botón de bajada. A la salida del hospital había una parada de taxis. Tomé el primero de la fila y le dije que me llevase a la Casa de Cultura. Me miró con recelo y me pidió el dinero del viaje por adelantado.
-No, no -dijo seguro de sí mismo-. Si usted es uno de esos tipos que escriben, quiero ver primero el dinero, que luego hay problemas. A un compañero de profesión uno de esos escritores le quiso pagar una vez con un libro. A ver para qué cojones quiere nadie un libro...
Me llevé la mano al bolsillo del pantalón, donde siempre llevaba mi cartera. Pero no estaba. Alguien se la había quedado después del atropello. Tuve que bajarme del taxi. El taxista no atendió a mis explicaciones, me puso de patas en la calle. Y me miró meneando la cabeza de lado a lado, como si fuera un conocedor de la naturaleza humana que acaba de acertar en sus apreciaciones. Tuve que tomar un autobús urbano. El conductor estaba acostumbrado a que se le colasen y apenas me llamó cara dura y un par de epítetos más. La verdad es que ya no me importaba que me insultasen. Tuve que andar un tramo hasta el lugar de la conferencia. No sabía bien por qué me molestaba en ir si no tenía el poema. Era una especie de atracción fatal hacia el destino. Antes de entrar a la sala miré mi imagen reflejada en el cristal de la puerta. Llevaba un parche sobre el pómulo, otro en la ceja, varios hematomas en la frente, el pelo revuelto, una barba incipiente sobre el cutis, la ropa sucia y mal abotonada. Parecía uno de esos tipos destartalados que tanto les gustan a las mujeres si son cantantes o artistas famosos, y que tanto les disgustan si son simples oficinistas.
El viejo orador había comenzado ya la conferencia. En la sala reinaba un silencio adormecido que yo rompí con mis pasos sobre la crujiente madera del suelo. Todos me miraron. El orador cesó en su discurso y se dirigió a mí:
-¿Ha escrito el poema, joven? -dijo elevando las cejas en actitud interrogativa.
Me vino de pronto toda la sangre a la cabeza y toda la rabia. Me paré frente a él y respondí:
-Odio la poesía, odio los sueños, las esperanzas falsas, odio las frases bellas y vacías, la enferma melancolía y toda esa maldita mentira disfrazada de hermosura que pretende disimular la realidad. Odio a los escritores y me niego a escribir versos, porque los versos hacen daño, duelen, maldita sea, duelen como heridas abiertas.
-Me gusta -dijo el viejo-. Ha sido usted capaz de hacer un poema. El piso es suyo.
Pero ya no estaba seguro de que quisiera alquilar un piso y vivir como todo el mundo, ateniéndome a la rutina de un horario y unas costumbres sociales preestablecidas. Porque ahora que, por fin, había escrito un poema, me sentía diferente. Joder, ahora era un poeta…
Amado Gómez Ugarte













http://www.poesiaenelparamo.com
07.04.08 @ 16:27