Natalia Krunch acababa de ser enterrada. Dos metros por encima de ella, un grupo de personas, pertinentemente ataviadas para el acto, rodeaba su tumba.
Estaba Viktor Boom, su esposo, sosteniendo un pequeño ramo de flores; su ex esposo, Willy Gómez, con su actual mujer, Martina Keller; la ex esposa de su esposo, acompañada de un apuesto pretty-boy, llamado Mario, que ella misma había usado en varias ocasiones; el editor de sus libros, Peter Books, un anciano decrépito y verde, de cuyo brazo colgaba el de una jovencita rubia de no más de veinte birthdays. En segunda fila, algunas amigotas de juergas sabatinas, con los ojos enrojecidos, tal vez por la resaca o por el llanto, y varios familiares lejanos, de esos que sueñan en vano con herencias inexistentes. También asomaba la cabeza de su modista, la señorita Dressmaker, y un par de peluqueros, los señores Bald y Wig, que probablemente la echarían en falta más que nadie. No faltaban, por supuesto, Octavio Fluff, su depilador de piernas y sobacos de los jueves por la tarde, ni Amado Black, el corrector de estilo literario que la editorial le había impuesto, y con el cual se acostaba mentalmente -así lo llamaba ella- a fornicar con el lenguaje.
Natalia lo veía todo de un modo extraño, sin necesidad de abrir los ojos. Le resultaba cómodo estar muerta, observando a los presentes sin que ellos lo notasen. Podía acercar la mirada a su voluntad, como con un zoom, y ver los primeros planos de sus rostros. Así descubrió que su marido, Víktor, consumado actor de teleseries, forzaba la faz triste de un modo exacto a cuando interpretó “Viudo con hijos”, su éxito más renombrado. O que la jovencita acompañante de Peter Books tenía un vívido amorotamiento en un ojo, que ni siquiera el espeso maquillaje podía disimular del todo. Descubrió arrugas seniles en las comisuras de los labios de Martina Keller; un par de preocupantes sombras en la mirada de Willy, su ex esposo, que seguramente tendrían que ver con sendas deudas de juego que su actual esposa se habría negado a costearle; la hendidura de un lujurioso mordisco en los labios carnosos de Mario; los destellos metálicos de un diente de plata en la afligida boca de la señorita Dressmaker; una especie de sonrisa mística, elevada, como de alguien que acabara de liberarse de un pesado yugo, por parte de su corrector literario, Amado Black. Descubrió, incluso, que su depilador, Octavio Fluff, usaba peluquín.
Se rió abiertamente, a carcajada limpia, durante un buen rato, de todos ellos. Ahí se quedaban, con sus estúpidas vidas sin sentido, sus falsos sentimientos, con sus cirrosis, artrosis y neurosis. Ella se iba derecha al infierno, por arpía y por haberse suicidado en primavera, pero prefería eso que seguir viviendo en ese mundo ficticio, literario, sin un atisbo de verdad, ni de amor, ni de esperanza.
Antes de decir el adiós definitivo, escupió unas maldiciones y su mirada buscó más allá de la gente, entre los cipreses, los postreros rayos de un sol que también moría. Después, se hizo la oscuridad y se sintió arrancada y transportada, como una hoja arrastrada por el viento. Se encontró atravesando un negro túnel. A su costado, un cartel luminoso indicaba: “Próxima parada Hell Street”. Unos instantes después regresó la luz. Estaba recostada en un diván de la salita de su casa. En las paredes sus cuadros de Leger y Kandissky, sobre la mesa su juego de té oriental, los ceniceros de plata, las figuritas de vidrio de Murano. Sonó el teléfono. Era su marido, Víktor Bloom, explicándole que llegaría tarde a dormir, que mejor se acostase sin él: “Han decidido hacer una nueva versión de Viudo con hijos, ¿no es maravilloso? Sonó el teléfono de nuevo. Esta vez se trataba de Willy Gómez, su ex marido, que quería pedirle un préstamo. En el cuarto de al lado se oía el teclear de la máquina de Amado Black, cambiando todo lo que ella escribía, y su voz gangosa recordándole en voz alta: “Pero, querida Natalia, la protagonista de la historia no puede apellidarse Nipples, es de mal gusto. Entiéndelo”.
Sobre una bandeja dorada estaba depositado el correo. Abrió una carta al azar. Era una factura de sus peluqueros. Abrió otra. Una factura de la modista. Abrió aún una más. Peter Books, su editor, le recordaba que si para finales de mes no hacía entrega definitiva del original de la novela, satisfactoriamente concluido, la demandaría en los tribunales.
Una vez más retumbó el timbre del teléfono. Sus amigas la invitaban a una bacanal de fin de semana en un antiguo monasterio reconvertido en apartamentos de lujo. Habían contratado a dieciséis tipos disfrazados de monjes para amenizar la fiesta.
Llamaron a la puerta. Fue a abrir. Era jueves. Entró Octavio Fluff, portando su instrumental de tortura: los tarros de cera y el calentador. “Vengo a hacerle la entresaca semanal”, dijo, frotándose las manos.
Natalia sufrió una crisis de rabia incontenible. Creía haber acabado para siempre con todo eso. Corrió escaleras arriba, hacia lo más alto del edificio. Abrió una ventana de par en par y se tiró.
Natalia Krunch acababa de ser enterrada…
Amado Gómez Ugarte













15.04.08 @ 19:18