Como todos los años en las mismas fechas, llegaba el funcionario Gómez al pueblo con su furgoneta cargada de libros. Libros de todos los tamaños y todos los colores, apilados en desorden en la parte trasera. Doblaba la esquina de la calle principal y entraba con estruendo de bocina en la plaza. Los vecinos salían de sus casas y rodeaban el vehículo, sabían que había llegado la diversión. Los niños corrían con alborozo gritando el nombre de Gómez, los viejos se abrían paso con lentitud, pero con persistencia, dispuestos a llevarse algunos ejemplares. Pronto la cola era multitud. Nadie en el pueblo quería quedarse sin sus libros y sabían que las existencias se agotaban con prontitud. Las mujeres preferían las novelas escritas por mujeres. Antonio Gala era su escritora favorita, pero también eran capaces de llegar a los empujones por un libro de Espido Freire, Rosa Regás, Laura Freixas, Pepa Roma, Luisa Etxenike, Marcela Serrano, Clara Janés, Isabel Allende, Lucía Etxebarría o Ana Rosa Quintana. Los hombres se decantaban por Tolkien. Y los niños, indudablemente, por Pérez Reverte y Stephen King. Los libros de poesía también tenían su público, más minoritario pero igualmente entusiasta. Los poemarios y reediciones de Pablo Neruda, José Hierro y Gamoneda siempre encontraban quién los solicitase.
Gómez salía de la furgoneta entre vítores y gritos de júbilo y rogaba a la multitud que guardasen la fila y las formas.
-No se preocupen que hay para todos -proclamaba-. Nadie se va a quedar en el Día del Libro sin diversión.
Muy cerca de la plaza, en un solar vacío, los empleados municipales preparaban la hoguera en la que poco después los vecinos arrojarían los libros a las llamas.
FIN
Amado Gómez Ugarte













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22.04.08 @ 16:52