Le lancé un zurdazo al hígado y un derechazo a la mandíbula. El homínido se tambaleó unos instantes y me miró con ojos casi humanos. Medía más de dos metros y su peso rondaría los doscientos kilogramos. Así que, cuando su espalda golpeó violentamente el suelo, hubo un pequeño temblor de tierra en el área de combate.
Los Grumpys agitaron sus antorchas de llama azul en la oscuridad nocturna y rugieron maldiciones contra mí. Era su prisionero y esperaban divertirse a mi costa, no que les noquease a su mejor animal luchador.
Las ramas de las viejas coníferas estaban repletas de pájaros-picairis, devoradores de ojos, que sacudían el plumaje gris azulado de sus alas bajo los rayos de una luna mediada. Una orquesta de músicos ciegos entonaba los sones inconfundibles de una triste y anticuada canción de duelo, titulada: “Murió el tiempo de la golondrina bajo el alar del tejado”. Al ritmo de cuyas notas plañideras se acostumbraba antiguamente a enterrar a los muertos. Cuando a los muertos se los enterraba, porque aún no escaseaban los alimentos.
El jefe Grumpy dio la orden de que soltasen el siguiente animal. Dos de sus esbirros, babeando como niños de pecho, retiraron el cerrojo de la jaula. Sus risas idiotas acallaron, durante unos instantes, los aullidos de la fiera. Pero, en cuanto se hubo abierto la puerta metálica, enmudecieron y corrieron a esconderse tras la alambrada espinosa. A mi vez, reculé también, hasta sentir en la espalda el contacto del alambre. Esta vez se trataba de un mastín asesino, más grande que un lobo solitario, un perro gigante acostumbrado a la carne humana. Los espectadores aplaudieron ardorosamente en las gradas, y a muchos les castañeaban los dientes por la emoción. Esperaban poder presenciar una carnicería. Sin embargo, yo estaba entrenado para luchar no contra uno, sino contra dos o incluso tres de esos animales, y mi espíritu no se inmutó lo más mínimo. Avancé hacia él. Le mostré, ostensiblemente, el desnudo cuello y esperé su salto. Se trataba de aprovechar su instintivo impulso para hundir, a modo de puñal, los dedos de la mano diestra –lo más profundamente posible- en sus entrañas.
Se mantuvo suspendido en el aire apenas unas décimas de segundo. Después emitió el último aullido de su vida. El bullicio cesó de inmediato. Las bocas de los Grumpys se quedaron abiertas de asombro, hasta el punto de amenazar con desencajarse. De sus ojos brotaron mudas lágrimas de desencanto. La orquesta siguió tocando, porque eran ciegos. Pero cientos de objetos lanzados certeramente contra sus cabezas les hicieron comprender que el ambiente no estaba para músicas.
El jefe Grumpy, pálido como la luna y manteniendo la compostura a duras penas, gruñó a sus guardias lanceros que me atacasen. Eran doce, todos mancos del brazo izquierdo. En el otro sostenían la lanza, de cuya destreza en el manejo dependía la longevidad de su vida. A paso marcial se situaron en dos filas de a seis. Los componentes de la primera fila tomaron impulso y arrojaron sus lanzas contra mi persona. Desvié una con el hombro y dos con los antebrazos. Las otras tres iban mal dirigidas y no tuve necesidad de molestarme en esquivarlas. La segunda fila de lanceros entró en acción. Estos con mejor puntería, pues a pesar de que logré zafarme incólume de cinco de los proyectiles, el sexto me rozó levemente el costado, de donde comenzó a manarme un hilito de sangre. Tal vez fue eso lo que me encolerizó: percibir el color violáceo de la sangre propia serpenteando flanco abajo a través de mi torso desnudo. El caso es que embestí furioso contra los guardias, y acabaron todos enredados en la cerca espinosa, gritando desconsoladamente de dolor. Ya que, al intentar salir de ella, las férreas púas se les clavaban más y más, produciéndoles terribles heridas en la casi totalidad de la superficie de sus cuerpos.
Una tempestad de desolación asoló los graderíos. Parte del público comenzó a pedir injusticia. Otros callaban, pero asentían con la cabeza. En la tribuna principal tenían sus asientos los ancianos sabios, máximas autoridades en cuestiones de ética y moral convencional, y hacia ellos se volvieron todas las miradas. Hubo por su parte reunión de cabezas, cuchicheos, murmullos, bisbiseos y algunas malsonancias expresadas en voz comedida. Finalmente, el coro de ancianos se levantó solemnemente de sus asientos y proclamó; “Nos guste o no, hay que cumplir las escrituras. Para eso se escribieron”. El jefe Grumpy tragó saliva y, entre sollozos, tomo de un arca un viejo y empolvado libro y leyó: “Sea el más fuerte de los seres humanos, el más valiente, el más inteligente, el vencedor de las bestias y los hombres, quien merezca el beso de la mujer hermosa”.
Sonó una trompeta y, tras una cortina de tintineantes estrellas plateadas, asomó la figura de una diosa. Cabellos bermejos, cintura esbelta, rostro moldeado en ternura. Los Grumpys morían de envidia. Apretaban los puños, se mesaban los cabellos, golpeaban sus cabezas contra el suelo. La mujer hermosa llegó a mi altura, sonrió como le habían enseñado, y posó sus rojos y brillantes labios en los míos.
El timbre del despertador comenzó a sonar con insistencia. Desperté hecho un lío con las sábanas. La almohada yacía derrotada a los pies de mi cama. Miré de reojo hacia la esfera del reloj. Sus agujas fosforescentes indicaban las siete cuarenta y cinco. Tenía el tiempo justo de darme una ducha tibia, desayunar y salir corriendo para la oficina.
En realidad soy un tipo flaco y bajito, incapaz de matar una mosca al primer golpe. Pero, en sueños me comporto como todo un héroe.
Amado Gómez Ugarte
(Este pequeño relato ha sido escrito con la intención de ironizar sobre algunos actuales héroes literarios y cinematográficos, que no ofrecen sino violencia e insensatez. Héroes que, por otra parte, son los preferidos de la mayoría de los jóvenes. En protesta)













24.04.08 @ 16:11