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Archivos de: May 2008

HASTA SIEMPRE

por amagomis @ 2008-05-31 - 19:10:42

Deseo comunicar a los lectores, lectoras de este blog que voy a hacer un paréntesis, voy a colgar los guantes por un tiempo indefinido. Aquí quedan, navegando en la red a la deriva, como un barco fantasma por los mares del sur, mis opiniones, mis relatos, varias páginas de literatura que espero sigan siendo leídas por lectores ocasionales.
Ha sido un placer contar con todos ustedes, con sus opiniones siempre amables, y con su presencia virtual. Aquí les dejo con todo mi cariño. Un abrazo y hasta siempre.

Amado Gómez Ugarte


 
 

VALJAI PARA DOS LUNAS

por amagomis @ 2008-05-26 - 09:15:31

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El libro de Gloria de Frutos es la voz interior de mujeres que tienen vida interior. La introspección, los sueños, los pensamientos, la existencia cotidiana encerrada en el alma de sus protagonistas. Nos ofrece, no sólo un monólogo interior, sino un diálogo interior, convirtiendo al lector en cómplice y parte de todas esas historias que nos cuenta. El libro destila ternura, humor, dolor, y nos sitúa en el vértice de la condición humana, entre la debilidad y la firmeza, en ese punto de duda en que los humanos necesitamos expresarnos, contar lo que llevamos dentro, sincerarnos. Así son las protagonistas de las historias que conforman este volumen, mujeres que desean hacernos partícipes de su vida, de lo más profundo de sus sentimientos. Un libro para disfrutar de la belleza de las palabras, capaces de mostrarnos esa perfecta amalgama entre la realidad soñada y la simple y pura verdad, entre la nitidez de lo palpable y la bruma de los sueños. O sea, literatura.

Amado Gómez Ugarte

SE LO DIJO EL VIENTO

por amagomis @ 2008-05-20 - 08:02:27

El viento del nordeste soplaba sobre la costa como una mano fría palpando el rostro de la tierra firme. A su paso, corrían los sueños y las hojas alocadamente, empujados hacia cualquier lugar por la fuerza del destino. Y los hombres y mujeres se dejaban llevar de un lado a otro de la calle, de un lado a otro de la vida, peregrinos de su propia inercia, abocados al trayecto eterno de ese viaje de ida sin retorno.
Todos los viernes, a las cuatro de la tarde, María Ugarte abría el armario de su habitación y rebuscaba bajo la ropa limpia y ordenada un ajado sobre, del que extraía un pliego de papel. Dos lágrimas perpetuas cruzaban sus pálidas mejillas, mientras pasaba los ojos por la menuda letra impresa. Era una nota oficial dando por desaparecido en el mar a su marido. Eso le dijo, veinte años atrás, el párroco de la iglesia, el padre Anselmo. Ella no sabía leer, pero guardaba la carta desde entonces, porque era lo único que le quedaba del hombre con el que se casó.
Veinte años atrás el mundo parecía un sembrado de esperanzas. Antonio había encontrado trabajo en un barco pesquero, gracias a eso se pudieron casar. Vivieron dos semanas de amor antes de que él embarcase. Catorce días juntos de lunes a domingo. El lunes siguiente, a las cinco de la madrugada, el último beso. Lo vio salir, cargado con su hatillo de ropa de abrigo y un impermeable a la espalda. Siguió sus pasos, a través de la ventana, hasta que se perdió por el recodo que llevaba al puerto. Ya sólo le quedaba contar las horas y los días. Esperar su regreso. Volvió a la cama, pero no pudo dormir. Le venía a los oídos el sonido del viento, avisando con voz aguda desde la lejanía que la mar estaba herida y las olas se batían como fieras acorraladas. Sintió un sobresalto, un dolor en el pecho del tamaño exacto de un corazón. Pronto sonaron las sirenas de los barcos diciendo adiós. Sonaron largo rato, hasta que la distancia los engulló en el piélago remoto.
María Ugarte volvió a plegar la carta con sumo cuidado y la guardó en el sobre. Detuvo un instante la mirada en el espejo de la cómoda. La imagen que se reflejaba no podía ser la suya. Ella era una joven esposa que aún aguardaba impaciente la llegada de su marido. La imagen del espejo, sin embargo, correspondía a una mujer mayor, de rostro enjuto y arrugado, que miraba hacia sí misma con una tristeza hecha de soledad y años. No quiso seguir mirando. Guardó el sobre en el armario, hasta el siguiente viernes. "¿Quién era ella?", se preguntó. "¿Cuál de las dos mujeres?". Pero el miedo a la verdad le impidió, como cada viernes, indagar la respuesta. Salió huyendo de la habitación, huyendo de su propia duda.
El viento golpeaba los cristales del cuarto de costura, se colaba por las rendijas, atravesaba los umbrales de las puertas y susurraba palabras en voz baja, como un habitante más de aquella casa. Algunas muchachas, sentadas alrededor de una mesa, cosían varias piezas de ropa, puntada a puntada, mientras escuchaban la radionovela de la tarde. Doña María entró y se sentó en su asiento. Dio algunas órdenes referentes a un sobrehilado y un pespunte. En la radio se escuchaba una dolorosa voz femenina que decía: "Ya nunca más volveré a verle. Se fue para siempre. Apenas me queda de él el recuerdo de sus caricias, de sus besos. ¿Podré acaso resistirlo...?" Una de las jóvenes dejó escapar un hondo suspiro, que quedó prendido con alfileres en el aire, y musitó unas palabras de congoja. Doña María miró hacia la ventana y persiguió con la mirada la calle que torcía en dirección al puerto. Volvió a sentir dentro del alma el ulular del viento removiendo los recuerdos. Allí se le detuvo el tiempo y la esperanza. Y continuó cosiendo en silencio.
El primer día sin Antonio transcurrió lento y pesado. A cada instante deseaba imaginarlo navegando, sobre cubierta, con el cabello mecido por la brisa y los labios con sabor a sal marina. Pero de vez en cuando le asaltaba aquel oscuro presentimiento traído por el viento, y entonces lo echaba aún más de menos. Añoraba la amorosa opresión de su abrazo, el contacto de sus manos, la dulce convulsión de los sentidos. Añoraba, hora tras hora, su presencia. La casa le parecía demasiado grande sin él, demasiado fría y silenciosa. Se sentía pequeña y muda, cautiva en un vacío de inmensa soledad. Las mujeres de los otros marineros ya estaban acostumbradas, llevaban años viendo a sus maridos cada tres o cuatro meses. Para ellas la vida era un continuo pulso de cortos arribos y largas ausencias. Le aconsejaron que ocupase las horas, que buscase un medio de sobrellevar el insufrible transcurso de la espera. Por eso fue que comenzó a aprender costura. Así llenaba las tardes, hilvanando sueños, zurciendo esperanzas descosidas; remendando, con paciencia y tesón, la oquedad en que habitaban sus recuerdos.
Pasaron los meses, uno dos, tres, cosiendo cada tarde sin querer detenerse a pensar en su soledad, tratando de ahuyentar los malos presagios del viento, como si temiera que al dejar de coser un aire helado volviera a atravesarle el corazón. Y así, midiendo el tiempo puntada a puntada de la aguja se presentó, por fin, el día del regreso de los barcos. Pero, aquel viernes, en lugar de Antonio llegó la carta. Le explicaron que había sido un golpe de viento el que lo arrancó de la cubierta y se lo llevó a la hondura infinita, que nada pudieron hacer sino rezar en vano. Le dieron la mano y un beso en la mejilla, catorce besos de los catorce compañeros. Luego se quedó sola, tan sola como antes, a solas con el viento. Y continuó cosiendo en silencio.
Doña María Ugarte permaneció un largo rato con la mirada clavada en la ventana. Sus dedos manejaban maquinalmente la aguja enhebrada, punteando sobre las marcas de la sisa. La radio continuaba emitiendo un típico serial cargado de ficticias desgracias, que en el último capítulo tenían siempre arreglo. Pero ella no escuchaba. Le retumbaba en la cabeza el incesante sonido del viento. Y las palabras, tan cercanas como si fueran del presente, del padre Anselmo, veinte años atrás, leyéndole la carta. Palabra por palabra, con la necesaria parsimonia para que ella comprendiera el texto, para que fuera capaz de asimilar totalmente su desgracia.
Desde la lejanía llegó el pitido de los barcos regresando y el piar de las gaviotas alborotadas. Las muchachas lanzaron al unísono gritos de júbilo, y la alegría hizo que alguna se olvidase del dedal y se pinchase el dedo con la aguja. Todas tenían un padre o un novio que volvía a puerto. Doña María también despertó de sus meditaciones. "Podéis marcharos", dijo. "Hoy vosotras tenéis con quién encontraros y yo prefiero estar sola". En medio de un juvenil alborozo las aprendizas abandonaron la costura. María las vio correr escaleras abajo y doblar la esquina de la calle. Deseó sentirse como cualquiera de ellas, poder albergar en su corazón la esperanza de un regreso. Deseó dejar de ser la doña María triste y solitaria del presente, y retornar a la María Ugarte recién casada, que aguardaba ilusionada la llegada de los barcos.
Como cada viernes, al quedarse sola, rebuscó en el armario un vestido antiguo, de cuando era joven. Se tiñó los labios de carmín, coloreó sus mejillas y se aderezó los cabellos. Quería estar bella. Quería ser la más hermosa cuando Antonio regresase.
Lejano y a la vez cercano, dentro y fuera de su corazón, el viento del nordeste latía con la fuerza indómita de quien se resiste a perder la última esperanza.

Amado Gómez Ugarte

UNA MIRADA EXTRAÑA

por amagomis @ 2008-05-14 - 15:31:33

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De un tiempo a esta parte, Antonio Gómez vivía obsesionado con la muerte. En sus cincuenta años de vida, jamás había visto un cadáver, hasta que hacía un mes falleció su madre. La presencia de ese cuerpo yerto, que parecía en su quietud como ausente, como ajeno a lo que le rodeaba, le supuso un duro golpe. Fue como un mazo que le diese de lleno y le hiciese despertar de un sueño para situarlo frente a la cruda realidad del mundo. Nunca se había planteado que la muerte pudiera mirarle a los ojos tan de cerca. Los muertos que recordaba eran lejanos, parientes o conocidos que prefería recordar en vida y que no se había visto en la obligación de velar. Pero al morir su madre todo cambió de pronto y se vio ante su cadáver, tembloroso, sin saber qué hacer o qué decir o qué callar. Y mientras le daban el pésame, él meneaba la cabeza en señal de asentimiento sin escuchar a nadie. Desde ese día, hacía un mes, ya no pensaba en otra cosa que en la muerte. La vida, desayunar, comer, cenar, dormir y despertar, le parecían tan sólo peldaños de una escalera que conducía directamente al fin, a un último peldaño que quedaba de pronto interrumpido. “Un día dejaré de desayunar ya para siempre”, se decía. Nunca antes se había planteado la certeza de que la vida era caduca, de que su propia existencia tenía los días medidos y contados. Esa obsesión que ahora lo invadía lo llevó a volverse taciturno. Visitaba a menudo el cementerio. Y, tras una visita a la sepultura de su madre, se dedicaba a observar con cierto mórbido interés las lápidas de los demás nichos y descifrar las fechas, las dedicatorias y epitafios. Así comprobó que la muerte no sólo se llevaba a los viejos, que entre aquellas tristes inscripciones grabadas sobre el mármol había nombres de niños, jóvenes, hombres y mujeres en lo mejor de la vida. Eso le asustó aún más. Comprendió de golpe que cada uno de los habitantes del mundo era, al fin y al cabo, un cadáver. Y empezó a ver las cosas y las personas de otro modo. Le dio por pensar que, en realidad, los vivos ya estaban muertos, todos los seres con los que se cruzaba al cabo del día e intercambiaba unas palabras, los vecinos, el panadero, el cartero, el barbero que le recortaba el pelo cada dos semanas, los niños que metían ruido en la calle al salir de la escuela. Todos estaban muertos de antemano y nada más esperaban el momento adecuado de ocupar su nicho, como en el cine cada uno ocupa su asiento numerado. Por eso, de un tiempo a esta parte, Antonio Gómez miraba a la gente con mirada extraña, y la gente murmuraba que se había vuelto loco. Los veía pálidos, cada vez más pálidos y ausentes, y las conversaciones que mantenían entre ellos, siempre tan frívolas, tan superficiales, referentes al tiempo, a sucesos materiales, a pequeñas cosas sin importancia, le parecían una manera de distraer sus verdaderos pensamientos y la certeza de que detrás de todas las pantallas, de todas las máscaras, esperaba sigiloso el rostro de la muerte. Todos sabían que estaban muertos, pero disimulaban.
Poco a poco, la gente se fue apartando de Antonio Gómez, cruzaban a la otra acera para no encontrarse con él, tomaban otro camino si le veían acercarse, porque tenían miedo de sus ojos, de la inquietante profundidad de su mirada. Y así Antonio Gómez se fue alejando más del mundo que le rodeaba. Pasaba casi el día entero en el cementerio, allí le parecía que todo era verdad, que nadie trataba de engañarle, que los muertos se sabían muertos y se conformaban. Comenzó a hablar con ellos, su madre le dijo que no era bueno que estuviese tanto tiempo allí, que le convenía encontrar una mujer con la que compartir la vida, ser como los demás. Pero él prefería el cementerio. Así conoció a María, ante cuya lápida pasaba horas enteras, ella le explicó que nunca había conocido el amor verdadero, que en sus cuarenta años de vida siempre se había sentido sola y había añorado el formar una familia, tener hijos, una ilusión para afrontar el futuro. Pero que había muerto sin conseguirlo. Él comenzó a sentir por ella una rara sensación que le producía un hormigueo en el estómago. Ninguna mujer viva le había provocado ese sentimiento. Y ahora, que todo lo veía diferente, que sabía que la vida era mentira, una especie de sueño en el que cada cual se cree vivo, sintió que se podía enamorar de una muerta lo mismo que uno se enamora de las cosas inalcanzables y bellas, como un atardecer de otoño o el sonido del viento ululando entre las ramas de los árboles. Antonio Gómez le ofreció a María un amor verdadero. “Es demasiado tarde”, le dijo ella. “Ya no soy sino un simple recuerdo”. Pero él acarició su nombre grabado en la piedra y contestó que la verdad y la mentira, lo cierto y lo falso, la realidad y el sueño no eran nada, resultaban palabras insignificantes al lado de lo que sentía por ella. Los otros muertos le felicitaron como se felicita a un novio que acaba de declararse. Algunas mujeres derramaron unas lágrimas, que corrían por las losas como finas gotas de lluvia.
Al día siguiente, los vecinos de Antonio Gómez sintieron una cierta alarma cuando vieron que no había regresado a su casa. Llamaron a la puerta, pero nadie contestó. Alguien insinuó que seguramente habría pasado la noche en el cementerio. “Tiene perdida la cabeza y es posible que haya cometido una locura”, murmuraron. Y se dirigieron en grupo al cementerio. Antonio Gómez les miró como siempre les miraba, les vio tal cual eran. Estaba de rodillas, ante la sepultura de María, jurándole amor eterno. Nadie se atrevió a apartarlo de ese lugar hasta que muchos días después se comprobó que había muerto de inanición. Los que lo vieron sintieron despertar en sus almas un presentimiento y comenzaron a mirarse unos a otros de un modo extraño, con esa mirada que traspasa, que ve más allá de lo visible.

Amado Gómez Ugarte

TIERRA DE CAMPOS

por amagomis @ 2008-05-12 - 17:51:59

He estado el fin de semana en Castilla, en Tierra de Campos, en la magnífica compañía de mi amigo, el poeta Octavio Fernández Zotes. Y os dejo algunas fotos de la nueva quedada.

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En Ampudia, ambos dos.

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Cigüeña en su torre, Herrín de Campos.

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Tejados en Urueña

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San Martín de Frómista

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Tierra de Campos

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Torre del Castillo, con balcón.

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Octavio con Jorge Manrique, en Paredes de Navas.

MENTIROSOS

por amagomis @ 2008-05-09 - 10:59:57

Ya saben que el famoso escritor francés André Malraux, era bastante fabulador también en lo que concernía a su vida privada. Vamos, que mentía cada vez que hablaba. No mantuvo, como se pensaba, con Mao y Nehru las conversaciones que describe detalladamente en su libro "Antimemorias". No fue uno de los pioneros de la Resistencia francesa, sino que se unió a ella cuando vio que funcionaba. Tampoco fue el héroe guerrillero que decía, sino un jefe de despacho con las manos ocupadas de órdenes. Su evolución política asimismo resulta curiosa. En los años 30 declaraba ser comunista y defensor del estalinismo, pero después de la Segunda Guerra Mundial pasó a aceptar el cargo de Ministro de Cultura en el Gobierno conservador y nacionalista del general De Gaulle. Todo esto lo encontré en una biografía de Malraux, de más de setecientas páginas, escrita tras varios años de investigaciones por Oliver Todd. El señor Todd opina que Malraux se forjó su propia leyenda y era "un actor extraordinario, casi un personaje de tebeo".
Lo cierto es que la mayoría de los escritores se forjan su propia leyenda y exageran sus méritos. Seguramente Cervantes no luchó en Lepanto, ni estuvo cautivo en Argel, ni era manco. Luego la leyenda crece y se multiplica. Cervantes era un poeta pésimo, un dramaturgo mediano y un gran novelista. Y a los grandes novelistas no hay que hacerles demasiado caso, porque mienten. La mentira no es que sea un género literario, es que es el género de los géneros. La mentira es la propia literatura. No se le puede pedir a un escritor que se pase el día transcribiendo mentiras a los folios y que luego, en su vida privada, sea un tipo sincero. Los escritores, como casi todos los empleados de oficina, de vez en cuando se llevan trabajo a casa, y le mienten a su mujer, a sus amigos, a sus editores, a los periodistas, incluso a sí mismos. Casi debería poder afirmarse que los buenos escritores, como lo era Malraux, son los que más y mejor mienten. Lo falso, engañoso e incierto es tan necesario en nuestras vidas, que sin ello seríamos apenas unos seres reales, medibles y catalogables, simples cuerpos carentes de esa capacidad fantaseadora que nos permite creer que el alma existe. Quiero decir con esto que todos tenemos sueños que sobrepasan los límites de la cruda realidad, porque vivir sumidos en la verdad concisa puede resultar deprimente.
Si Malraux era feliz mintiendo a todo el mundo, exagerando y dándose importancia, mejor para él. Ahora me interesa más como escritor. Voy a volver a leerle.

Amado Gómez Ugarte

EL ASESINO EN SERIE

por amagomis @ 2008-05-03 - 20:53:28

Dicen que Artemio Arauca era un criminal, también dicen que era una buena persona y que nunca mató a nadie por la espalda ni de dos balazos. Tenía mujer y cuatro hijos, a los que llevaba al cine todos los viernes por la noche y a los que hacía regalos siempre que cobraba algún trabajo. Se encontró en la modesta biblioteca de su casa una estantería llena de libros de Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Wade Miller, Charles Williams, Ross Macdonald, Hadley Chase, Jim Thompson y Chester Himes. Se ve que era un hombre leído en lo suyo. También se halló un pequeño cuaderno donde anotaba cuidadosamente el nombre, el lugar y la fecha de todas sus víctimas, acompañado de algunas notas en las que comentaba qué había sentido al apretar el gatillo. El cuaderno era de tamaño reducido, con hojas de un octavo, pero como escribía en letra minúscula y clara cabían muchos nombres. Más de cien muertes se le atribuyen. Su esposa no quiso creerlo, dijo que era una maniobra del casero, maldito codicioso, para desalojarlos del departamento y poner otro inquilino que pagase más alquiler. Dijo que el dueño era un hombre odioso, que siempre se inventaba quejas del ruido de los niños y de la máquina de coser. Porque la mujer de Artemio Arauca cosía, a veces toda la noche, para ganarse un sueldo con que ayudar en la economía familiar. Las vecinas dicen que cosía bien y que su marido era un hombre amable, al que nunca se le vio borracho, y que siempre daba los buenos días en la escalera y estaba dispuesto a ayudar con cualquier peso que hubiera que acarrear. Pero sí se creen que pudiera ser un asesino, pues tenía un punto extraño en la mirada y no podía girar el ojo derecho. También dicen que el bigote que llevaba era idéntico que el de los matones del cine. Andan todas haciéndose cruces de las veces en que se lo han encontrado por los descansillos y que podría haberlas asesinado allí mismo. Les dan pena los hijos, que se los llevaron a un internado mientras investigan si la mujer tenía algo que ver. Pero les gusta que los periodistas merodeen por el barrio y les pregunten su opinión. Desde que ocurrió todo esto van más a menudo a la peluquería, no fuera a ser que alguien les haga alguna foto que salga en los diarios. La policía dice que siguen investigando y que el difunto opuso resistencia, por eso lo mataron, pero que no encontraron el arma con que opuso la resistencia, porque las armas a veces desaparecen, como es habitual en tantas investigaciones. El cabo Larrouy, que fue quien disparó, asegura que el sospechoso se llevó la mano al bolsillo y sacó un objeto, pero que no había luz suficiente para ponerse a identificar qué tipo de arma o lo que fuera sostenía en la mano. Dicen que la culpa es de los libros que leía el tal Arauca, que seguramente lo volvieron loco y lo empujaron al delito. El caso sigue abierto, pero ya no se sabrá nunca nada más. Porque dicen algunos periodistas, pero lo dicen en voz baja, que Artemio Arauca trabajaba para algún diputado, quitándole de en medio los estorbos, y que a la policía no le va a interesar llegar al fondo de la cuestión. Otros dicen, sin embargo, en voz alta, que hay que dejarse de tanta mitología política, culpa de las películas yanquis, y pensar que el tipo ése era un matarife muy modesto, por cuenta propia, que se sacaba unos billetes haciendo encargos de poca monta, a tanto el muerto, y al que seguramente contrataban mujeres hartas de sus maridos, prestamistas a los que las víctimas no podían ya pagar o gente que quería librarse de alguien y no sabía cómo. De todos modos, tampoco han aparecido los muertos. Se sabe por la libreta que fueron tiroteados, pero nadie ha denunciado sus muertes ni en funeraria alguna se dio parte de su entierro. Además, en esta ciudad, los escapes de los automóviles suenan igual que el estampido de las armas, con lo cual nadie se preocupa demasiado por semejantes ruidos. Artemio trabajaba en una pequeña oficina del Estado. Dicen que llevaba los papeles de los jubilados. Un trabajo mal pagado, pero fijo, que le tenía ocupado hasta las dos y treinta de la tarde. Después, dicen, pasaba el resto del día maquinando sus crímenes. Su mujer asegura que nunca salía de casa, que solamente se entretenía, sentado en el sofá de la pequeña sala, pasando las hojas de los malditos libros. Pero hay testigos en todos los barrios de la ciudad, que afirman de modo tajante haberlo visto merodeando a todas horas por las calles. Como la señorita Sebastiana Rodríguez, de cuarenta y tres años y soltera, que está bien segura de que ese hombre la seguía con frecuencia hasta el portal de su casa, e incluso lo había comentado con algunas vecinas, pero ellas no habían querido creerla. O como el señor Luis Feter, dueño de un quiosco de prensa y chucherías, el cual ha reconocido al interfecto como el hombre de los caramelos, un tipo que le compraba todas las tardes una bolsa de dulces y la repartía entre los niños del lugar, a saber con qué intenciones... Hay doscientos diecisiete testimonios en todo Maracaibo, de personas honradas, que juran ante la Biblia haberlo visto rondando sin descanso por las aceras y las plazas, incluido el del ciego Patrocinio Gil, vendedor ambulante de lotería, tabaco, preservativos, sellos de correos y medias finas de señora. En la oficina del Estado donde trabajaba nadie quiere decir nada, todos hablan en corrillos, pero nadie suelta prenda, porque el jefe ha dicho que es una gran mancha la que ha dejado Artemio Arauca, oficial de tercera, en la institución, y que el daño es irreparable. El jefe anda cabizbajo temiendo que le puedan incluso cesar, por no haber sabido detectar un monstruo así entre sus empleados. Y dice que si le cesan se irán todos con él a las cavernas, incluido el conserje, y serán todos rebajados de categoría y sueldo, y antes de irse abrirá un expediente a cada uno y será el llanto y el crujir de dientes. Así que en la oficina están de eterno funeral, y ya nadie sale a tomar el café de la mañana ni ganas tienen de palmearle las nalgas a la mecanógrafa. Y Azcúnaga, que ocupaba la mesa más cercana a Artemio Arauca, con el que intercambiaba algunas palabras y un pitillo que otro, es ahora señalado por todos con el dedo. Dicen que si alguien podía saber que Arauca era un criminal tenía que haber sido él, y que por su culpa se la van a cargar todos. Hace días que no le saludan, por mucho que el pobre Azcúnaga insista hasta desgañitarse en que sólo hablaban del tiempo, las condiciones laborales y las piernas de la mecanógrafa. Y los jubilados que atendía personalmente Artemio han pedido todos revisar sus expedientes, por si se había cometido algún crimen también con sus pensiones, y hay un enorme montón de papeles sobre la mesa vacía del difunto Arauca, y colas de viejos quisquillosos, protestando a todas horas, que nadie quiere atender. Y varias veces han tenido que llegarse las fuerzas de orden para calmar a los más exaltados. Lo peor es que alguien con ganas de medrar a cuenta ajena le ha ido con el cuento al mismo subsecretario, y han anunciado desde arriba que cualquier día inesperado les caerá una inspección. En el Bar Florida, que queda enfrente de la oficina, nadie ha vuelto a ocupar la mesita del rincón, donde se sentaba un rato Artemio a tomar su café. La gente se la queda mirando y pasa de largo, como si fuera un lugar maldito. El dueño del bar la ha limpiado con lejía y avisado a los clientes, pero ni por esas. Dicen que las manchas del alma no se quitan frotando. Así que, por el bien del negocio, ya está pensando en traer a un cura para que eche unas bendiciones y que todos lo vean. A ver si así todo vuelve a la normalidad y el recuerdo del endiablado asesino se diluye en el tiempo como los azucarilllos en el líquido hirviente. Quien no podrá ya nunca olvidar el rostro de Artemio Arauca es el guardia Echevarri, que fue quien lo atendió en la comisaría cuando a Artemio se le ocurrió aquel día pasar por allí a preguntar cuántos años le caerían a un asesino en serie. Al guardia le pareció muy extraña la pregunta y además de no contestarla decidió investigar a aquel tipo. Ahí comenzó todo. A Echevarri lo ascendieron a raíz de esto y ahora tiene un pequeño despacho compartido con dos inspectores. Dicen que encontraron un apartado de correos a nombre de Artemio, donde le llegaba todos los meses un giro en efectivo por el importe de sus servicios. No era mucho dinero, pero suficiente para darse unos caprichos. Por eso hacía regalos a sus hijos y a su mujer, y los llevaba al cine todos los viernes, cosas que no puede permitirse un funcionario decente. La culpabilidad de Arauca estaba demostrada. Y por si fuera poco, con el dinero le llegaba una nota que decía textualmente: "Como pago del ASESINO EN SERIE". Así que los policías se fueron a su casa y la revisaron de abajo a arriba, y encontraron la libreta. Luego, cuando llegó Artemio y, tratando de explicarse, sacó del bolsillo su estilográfica, ocurrieron los disparos y la historia se acabó, al menos para él. En la oficina de correos, la señorita Nancy recuerda que aquel hombre llegaba todos los meses dos veces, una a primeros para mandar un sobre grande a una revista de esas de papel de pulpa que cuentan historias policíacas, la otra a finales para recoger el dinero. Pero a ella nadie le preguntó por los envíos a la revista, sólo le preguntaron por el dinero. Y, por supuesto, no estaba dispuesta a meterse en líos. Así que contestó a lo que le preguntaron y basta. Recordaba que el hombre era amable y que alguna vez imaginó que pudiera estar interesado en ella. Le gustaba que llegase y desearle un buen día y aceptar de buen grado su sonrisa. Pero el hombre nunca le insinuó nada ni le pidió una cita ni siquiera le dijo un piropo. Sólo era amable. ¡Lástima!, pensó ella tantas veces. Un escritor, eso es lo que debía ser, un escritor de historias de detectives y asesinos, ésas que se venden y cambian en los quioscos. Pero a ella nadie le había preguntado por eso y no estaba dispuesta a meterse en líos. En la redacción de la revista "Círculo del Crimen" no habían vuelto a recibir los relatos de Elliot Brave, el autor de EL ASESINO EN SERIE, que estaba teniendo bastante éxito. Los lectores lo reclamaban. Pero el tal Elliot Brave había desaparecido. Cuando Artemio Arauca tuvo la infeliz idea de acercarse hasta la comisaría más cercana para resolver un problema que no le permitía concluir una de sus historias criminales, no sabía que esa oscura profesión que practicaba bajo seudónimo como un sobresueldo después de las horas de oficina, y que ocultaba incluso a su esposa, podría costarle la vida. Artemio nunca se hubiera atrevido a presentarse en la comisaría de no ser porque últimamente Elliot Brave le dominaba y le infundía un cierto valor que él no poseía. Pasó dos noches enteras meditando sobre la pena que impondría la ley a su asesino en serie. Necesitaba saberlo para acabar con él. Estaba harto de su personaje, de pasarse las tardes anotando posibles maneras de cometer un crimen, embebido en el ambiente sórdido que sus historias exigían. Estaba cansado de observar días azules y describir cielos grises, de engañarse y engañar a los lectores, a cambio de unos billetes a fin de mes, de contar de mil modos diferentes la misma maldita historia. De relatar en primera persona las andanzas asesinas de ese diabólico Elliot Brave que se había inventado, un prototipo de homicida bien parecido y sin escrúpulos, de labios finos y crueles y sonrisa estática, que cometía media docena de crímenes por capítulo. Él no era así, era un pacífico ciudadano, amante de la paz y la familia, y decidió que había llegado el momento de acabar para siempre con el asesino. Así que contra su costumbre, aquella tarde, tomando prestado un poco del valor y la osadía que le confería la literatura, salió de casa y se acercó a la comisaría más cercana a preguntar. Dicen que a su entierro acudieron muy pocos y que la lluvia disolvió las escasas lágrimas que allí se derramaron. Dicen que la viuda quemó, antes de marcharse, todas las novelas policíacas que constituían la pequeña biblioteca de su esposo, en una pira que amontonó en el patio, y que algunas vecinas le ayudaron. Y dicen que se quedó mirando cómo se esparcían las cenizas y los trocitos negros de papel volaban cielo arriba, cielo abajo. También dicen que poco después casó en segundas nupcias con un tipo guapo, de labios delgados y perpetua sonrisa, que nunca levantó la más mínima sospecha, a pesar de llevar un bulto del tamaño y la forma de un revólver debajo de la americana.
FIN

Amado Gómez Ugarte

Este relato fue publicado por entregas en el diario El Mundo.
Las imágenes de la publicación:

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