Dicen que Artemio Arauca era un criminal, también dicen que era una buena persona y que nunca mató a nadie por la espalda ni de dos balazos. TenÃa mujer y cuatro hijos, a los que llevaba al cine todos los viernes por la noche y a los que hacÃa regalos siempre que cobraba algún trabajo. Se encontró en la modesta biblioteca de su casa una estanterÃa llena de libros de Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Wade Miller, Charles Williams, Ross Macdonald, Hadley Chase, Jim Thompson y Chester Himes. Se ve que era un hombre leÃdo en lo suyo. También se halló un pequeño cuaderno donde anotaba cuidadosamente el nombre, el lugar y la fecha de todas sus vÃctimas, acompañado de algunas notas en las que comentaba qué habÃa sentido al apretar el gatillo. El cuaderno era de tamaño reducido, con hojas de un octavo, pero como escribÃa en letra minúscula y clara cabÃan muchos nombres. Más de cien muertes se le atribuyen. Su esposa no quiso creerlo, dijo que era una maniobra del casero, maldito codicioso, para desalojarlos del departamento y poner otro inquilino que pagase más alquiler. Dijo que el dueño era un hombre odioso, que siempre se inventaba quejas del ruido de los niños y de la máquina de coser. Porque la mujer de Artemio Arauca cosÃa, a veces toda la noche, para ganarse un sueldo con que ayudar en la economÃa familiar. Las vecinas dicen que cosÃa bien y que su marido era un hombre amable, al que nunca se le vio borracho, y que siempre daba los buenos dÃas en la escalera y estaba dispuesto a ayudar con cualquier peso que hubiera que acarrear. Pero sà se creen que pudiera ser un asesino, pues tenÃa un punto extraño en la mirada y no podÃa girar el ojo derecho. También dicen que el bigote que llevaba era idéntico que el de los matones del cine. Andan todas haciéndose cruces de las veces en que se lo han encontrado por los descansillos y que podrÃa haberlas asesinado allà mismo. Les dan pena los hijos, que se los llevaron a un internado mientras investigan si la mujer tenÃa algo que ver. Pero les gusta que los periodistas merodeen por el barrio y les pregunten su opinión. Desde que ocurrió todo esto van más a menudo a la peluquerÃa, no fuera a ser que alguien les haga alguna foto que salga en los diarios. La policÃa dice que siguen investigando y que el difunto opuso resistencia, por eso lo mataron, pero que no encontraron el arma con que opuso la resistencia, porque las armas a veces desaparecen, como es habitual en tantas investigaciones. El cabo Larrouy, que fue quien disparó, asegura que el sospechoso se llevó la mano al bolsillo y sacó un objeto, pero que no habÃa luz suficiente para ponerse a identificar qué tipo de arma o lo que fuera sostenÃa en la mano. Dicen que la culpa es de los libros que leÃa el tal Arauca, que seguramente lo volvieron loco y lo empujaron al delito. El caso sigue abierto, pero ya no se sabrá nunca nada más. Porque dicen algunos periodistas, pero lo dicen en voz baja, que Artemio Arauca trabajaba para algún diputado, quitándole de en medio los estorbos, y que a la policÃa no le va a interesar llegar al fondo de la cuestión. Otros dicen, sin embargo, en voz alta, que hay que dejarse de tanta mitologÃa polÃtica, culpa de las pelÃculas yanquis, y pensar que el tipo ése era un matarife muy modesto, por cuenta propia, que se sacaba unos billetes haciendo encargos de poca monta, a tanto el muerto, y al que seguramente contrataban mujeres hartas de sus maridos, prestamistas a los que las vÃctimas no podÃan ya pagar o gente que querÃa librarse de alguien y no sabÃa cómo. De todos modos, tampoco han aparecido los muertos. Se sabe por la libreta que fueron tiroteados, pero nadie ha denunciado sus muertes ni en funeraria alguna se dio parte de su entierro. Además, en esta ciudad, los escapes de los automóviles suenan igual que el estampido de las armas, con lo cual nadie se preocupa demasiado por semejantes ruidos. Artemio trabajaba en una pequeña oficina del Estado. Dicen que llevaba los papeles de los jubilados. Un trabajo mal pagado, pero fijo, que le tenÃa ocupado hasta las dos y treinta de la tarde. Después, dicen, pasaba el resto del dÃa maquinando sus crÃmenes. Su mujer asegura que nunca salÃa de casa, que solamente se entretenÃa, sentado en el sofá de la pequeña sala, pasando las hojas de los malditos libros. Pero hay testigos en todos los barrios de la ciudad, que afirman de modo tajante haberlo visto merodeando a todas horas por las calles. Como la señorita Sebastiana RodrÃguez, de cuarenta y tres años y soltera, que está bien segura de que ese hombre la seguÃa con frecuencia hasta el portal de su casa, e incluso lo habÃa comentado con algunas vecinas, pero ellas no habÃan querido creerla. O como el señor Luis Feter, dueño de un quiosco de prensa y chucherÃas, el cual ha reconocido al interfecto como el hombre de los caramelos, un tipo que le compraba todas las tardes una bolsa de dulces y la repartÃa entre los niños del lugar, a saber con qué intenciones... Hay doscientos diecisiete testimonios en todo Maracaibo, de personas honradas, que juran ante la Biblia haberlo visto rondando sin descanso por las aceras y las plazas, incluido el del ciego Patrocinio Gil, vendedor ambulante de loterÃa, tabaco, preservativos, sellos de correos y medias finas de señora. En la oficina del Estado donde trabajaba nadie quiere decir nada, todos hablan en corrillos, pero nadie suelta prenda, porque el jefe ha dicho que es una gran mancha la que ha dejado Artemio Arauca, oficial de tercera, en la institución, y que el daño es irreparable. El jefe anda cabizbajo temiendo que le puedan incluso cesar, por no haber sabido detectar un monstruo asà entre sus empleados. Y dice que si le cesan se irán todos con él a las cavernas, incluido el conserje, y serán todos rebajados de categorÃa y sueldo, y antes de irse abrirá un expediente a cada uno y será el llanto y el crujir de dientes. Asà que en la oficina están de eterno funeral, y ya nadie sale a tomar el café de la mañana ni ganas tienen de palmearle las nalgas a la mecanógrafa. Y Azcúnaga, que ocupaba la mesa más cercana a Artemio Arauca, con el que intercambiaba algunas palabras y un pitillo que otro, es ahora señalado por todos con el dedo. Dicen que si alguien podÃa saber que Arauca era un criminal tenÃa que haber sido él, y que por su culpa se la van a cargar todos. Hace dÃas que no le saludan, por mucho que el pobre Azcúnaga insista hasta desgañitarse en que sólo hablaban del tiempo, las condiciones laborales y las piernas de la mecanógrafa. Y los jubilados que atendÃa personalmente Artemio han pedido todos revisar sus expedientes, por si se habÃa cometido algún crimen también con sus pensiones, y hay un enorme montón de papeles sobre la mesa vacÃa del difunto Arauca, y colas de viejos quisquillosos, protestando a todas horas, que nadie quiere atender. Y varias veces han tenido que llegarse las fuerzas de orden para calmar a los más exaltados. Lo peor es que alguien con ganas de medrar a cuenta ajena le ha ido con el cuento al mismo subsecretario, y han anunciado desde arriba que cualquier dÃa inesperado les caerá una inspección. En el Bar Florida, que queda enfrente de la oficina, nadie ha vuelto a ocupar la mesita del rincón, donde se sentaba un rato Artemio a tomar su café. La gente se la queda mirando y pasa de largo, como si fuera un lugar maldito. El dueño del bar la ha limpiado con lejÃa y avisado a los clientes, pero ni por esas. Dicen que las manchas del alma no se quitan frotando. Asà que, por el bien del negocio, ya está pensando en traer a un cura para que eche unas bendiciones y que todos lo vean. A ver si asà todo vuelve a la normalidad y el recuerdo del endiablado asesino se diluye en el tiempo como los azucarilllos en el lÃquido hirviente. Quien no podrá ya nunca olvidar el rostro de Artemio Arauca es el guardia Echevarri, que fue quien lo atendió en la comisarÃa cuando a Artemio se le ocurrió aquel dÃa pasar por allà a preguntar cuántos años le caerÃan a un asesino en serie. Al guardia le pareció muy extraña la pregunta y además de no contestarla decidió investigar a aquel tipo. Ahà comenzó todo. A Echevarri lo ascendieron a raÃz de esto y ahora tiene un pequeño despacho compartido con dos inspectores. Dicen que encontraron un apartado de correos a nombre de Artemio, donde le llegaba todos los meses un giro en efectivo por el importe de sus servicios. No era mucho dinero, pero suficiente para darse unos caprichos. Por eso hacÃa regalos a sus hijos y a su mujer, y los llevaba al cine todos los viernes, cosas que no puede permitirse un funcionario decente. La culpabilidad de Arauca estaba demostrada. Y por si fuera poco, con el dinero le llegaba una nota que decÃa textualmente: "Como pago del ASESINO EN SERIE". Asà que los policÃas se fueron a su casa y la revisaron de abajo a arriba, y encontraron la libreta. Luego, cuando llegó Artemio y, tratando de explicarse, sacó del bolsillo su estilográfica, ocurrieron los disparos y la historia se acabó, al menos para él. En la oficina de correos, la señorita Nancy recuerda que aquel hombre llegaba todos los meses dos veces, una a primeros para mandar un sobre grande a una revista de esas de papel de pulpa que cuentan historias policÃacas, la otra a finales para recoger el dinero. Pero a ella nadie le preguntó por los envÃos a la revista, sólo le preguntaron por el dinero. Y, por supuesto, no estaba dispuesta a meterse en lÃos. Asà que contestó a lo que le preguntaron y basta. Recordaba que el hombre era amable y que alguna vez imaginó que pudiera estar interesado en ella. Le gustaba que llegase y desearle un buen dÃa y aceptar de buen grado su sonrisa. Pero el hombre nunca le insinuó nada ni le pidió una cita ni siquiera le dijo un piropo. Sólo era amable. ¡Lástima!, pensó ella tantas veces. Un escritor, eso es lo que debÃa ser, un escritor de historias de detectives y asesinos, ésas que se venden y cambian en los quioscos. Pero a ella nadie le habÃa preguntado por eso y no estaba dispuesta a meterse en lÃos. En la redacción de la revista "CÃrculo del Crimen" no habÃan vuelto a recibir los relatos de Elliot Brave, el autor de EL ASESINO EN SERIE, que estaba teniendo bastante éxito. Los lectores lo reclamaban. Pero el tal Elliot Brave habÃa desaparecido. Cuando Artemio Arauca tuvo la infeliz idea de acercarse hasta la comisarÃa más cercana para resolver un problema que no le permitÃa concluir una de sus historias criminales, no sabÃa que esa oscura profesión que practicaba bajo seudónimo como un sobresueldo después de las horas de oficina, y que ocultaba incluso a su esposa, podrÃa costarle la vida. Artemio nunca se hubiera atrevido a presentarse en la comisarÃa de no ser porque últimamente Elliot Brave le dominaba y le infundÃa un cierto valor que él no poseÃa. Pasó dos noches enteras meditando sobre la pena que impondrÃa la ley a su asesino en serie. Necesitaba saberlo para acabar con él. Estaba harto de su personaje, de pasarse las tardes anotando posibles maneras de cometer un crimen, embebido en el ambiente sórdido que sus historias exigÃan. Estaba cansado de observar dÃas azules y describir cielos grises, de engañarse y engañar a los lectores, a cambio de unos billetes a fin de mes, de contar de mil modos diferentes la misma maldita historia. De relatar en primera persona las andanzas asesinas de ese diabólico Elliot Brave que se habÃa inventado, un prototipo de homicida bien parecido y sin escrúpulos, de labios finos y crueles y sonrisa estática, que cometÃa media docena de crÃmenes por capÃtulo. Él no era asÃ, era un pacÃfico ciudadano, amante de la paz y la familia, y decidió que habÃa llegado el momento de acabar para siempre con el asesino. Asà que contra su costumbre, aquella tarde, tomando prestado un poco del valor y la osadÃa que le conferÃa la literatura, salió de casa y se acercó a la comisarÃa más cercana a preguntar. Dicen que a su entierro acudieron muy pocos y que la lluvia disolvió las escasas lágrimas que allà se derramaron. Dicen que la viuda quemó, antes de marcharse, todas las novelas policÃacas que constituÃan la pequeña biblioteca de su esposo, en una pira que amontonó en el patio, y que algunas vecinas le ayudaron. Y dicen que se quedó mirando cómo se esparcÃan las cenizas y los trocitos negros de papel volaban cielo arriba, cielo abajo. También dicen que poco después casó en segundas nupcias con un tipo guapo, de labios delgados y perpetua sonrisa, que nunca levantó la más mÃnima sospecha, a pesar de llevar un bulto del tamaño y la forma de un revólver debajo de la americana.
FIN
Amado Gómez Ugarte
Este relato fue publicado por entregas en el diario El Mundo.
Las imágenes de la publicación:















03.05.08 @ 22:56