Ya saben que el famoso escritor francés André Malraux, era bastante fabulador también en lo que concernÃa a su vida privada. Vamos, que mentÃa cada vez que hablaba. No mantuvo, como se pensaba, con Mao y Nehru las conversaciones que describe detalladamente en su libro "Antimemorias". No fue uno de los pioneros de la Resistencia francesa, sino que se unió a ella cuando vio que funcionaba. Tampoco fue el héroe guerrillero que decÃa, sino un jefe de despacho con las manos ocupadas de órdenes. Su evolución polÃtica asimismo resulta curiosa. En los años 30 declaraba ser comunista y defensor del estalinismo, pero después de la Segunda Guerra Mundial pasó a aceptar el cargo de Ministro de Cultura en el Gobierno conservador y nacionalista del general De Gaulle. Todo esto lo encontré en una biografÃa de Malraux, de más de setecientas páginas, escrita tras varios años de investigaciones por Oliver Todd. El señor Todd opina que Malraux se forjó su propia leyenda y era "un actor extraordinario, casi un personaje de tebeo".
Lo cierto es que la mayorÃa de los escritores se forjan su propia leyenda y exageran sus méritos. Seguramente Cervantes no luchó en Lepanto, ni estuvo cautivo en Argel, ni era manco. Luego la leyenda crece y se multiplica. Cervantes era un poeta pésimo, un dramaturgo mediano y un gran novelista. Y a los grandes novelistas no hay que hacerles demasiado caso, porque mienten. La mentira no es que sea un género literario, es que es el género de los géneros. La mentira es la propia literatura. No se le puede pedir a un escritor que se pase el dÃa transcribiendo mentiras a los folios y que luego, en su vida privada, sea un tipo sincero. Los escritores, como casi todos los empleados de oficina, de vez en cuando se llevan trabajo a casa, y le mienten a su mujer, a sus amigos, a sus editores, a los periodistas, incluso a sà mismos. Casi deberÃa poder afirmarse que los buenos escritores, como lo era Malraux, son los que más y mejor mienten. Lo falso, engañoso e incierto es tan necesario en nuestras vidas, que sin ello serÃamos apenas unos seres reales, medibles y catalogables, simples cuerpos carentes de esa capacidad fantaseadora que nos permite creer que el alma existe. Quiero decir con esto que todos tenemos sueños que sobrepasan los lÃmites de la cruda realidad, porque vivir sumidos en la verdad concisa puede resultar deprimente.
Si Malraux era feliz mintiendo a todo el mundo, exagerando y dándose importancia, mejor para él. Ahora me interesa más como escritor. Voy a volver a leerle.
Amado Gómez Ugarte













09.05.08 @ 14:00