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Archivos de: May 2008, 14

UNA MIRADA EXTRAÑA

por amagomis @ 2008-05-14 - 15:31:33

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De un tiempo a esta parte, Antonio Gómez vivía obsesionado con la muerte. En sus cincuenta años de vida, jamás había visto un cadáver, hasta que hacía un mes falleció su madre. La presencia de ese cuerpo yerto, que parecía en su quietud como ausente, como ajeno a lo que le rodeaba, le supuso un duro golpe. Fue como un mazo que le diese de lleno y le hiciese despertar de un sueño para situarlo frente a la cruda realidad del mundo. Nunca se había planteado que la muerte pudiera mirarle a los ojos tan de cerca. Los muertos que recordaba eran lejanos, parientes o conocidos que prefería recordar en vida y que no se había visto en la obligación de velar. Pero al morir su madre todo cambió de pronto y se vio ante su cadáver, tembloroso, sin saber qué hacer o qué decir o qué callar. Y mientras le daban el pésame, él meneaba la cabeza en señal de asentimiento sin escuchar a nadie. Desde ese día, hacía un mes, ya no pensaba en otra cosa que en la muerte. La vida, desayunar, comer, cenar, dormir y despertar, le parecían tan sólo peldaños de una escalera que conducía directamente al fin, a un último peldaño que quedaba de pronto interrumpido. “Un día dejaré de desayunar ya para siempre”, se decía. Nunca antes se había planteado la certeza de que la vida era caduca, de que su propia existencia tenía los días medidos y contados. Esa obsesión que ahora lo invadía lo llevó a volverse taciturno. Visitaba a menudo el cementerio. Y, tras una visita a la sepultura de su madre, se dedicaba a observar con cierto mórbido interés las lápidas de los demás nichos y descifrar las fechas, las dedicatorias y epitafios. Así comprobó que la muerte no sólo se llevaba a los viejos, que entre aquellas tristes inscripciones grabadas sobre el mármol había nombres de niños, jóvenes, hombres y mujeres en lo mejor de la vida. Eso le asustó aún más. Comprendió de golpe que cada uno de los habitantes del mundo era, al fin y al cabo, un cadáver. Y empezó a ver las cosas y las personas de otro modo. Le dio por pensar que, en realidad, los vivos ya estaban muertos, todos los seres con los que se cruzaba al cabo del día e intercambiaba unas palabras, los vecinos, el panadero, el cartero, el barbero que le recortaba el pelo cada dos semanas, los niños que metían ruido en la calle al salir de la escuela. Todos estaban muertos de antemano y nada más esperaban el momento adecuado de ocupar su nicho, como en el cine cada uno ocupa su asiento numerado. Por eso, de un tiempo a esta parte, Antonio Gómez miraba a la gente con mirada extraña, y la gente murmuraba que se había vuelto loco. Los veía pálidos, cada vez más pálidos y ausentes, y las conversaciones que mantenían entre ellos, siempre tan frívolas, tan superficiales, referentes al tiempo, a sucesos materiales, a pequeñas cosas sin importancia, le parecían una manera de distraer sus verdaderos pensamientos y la certeza de que detrás de todas las pantallas, de todas las máscaras, esperaba sigiloso el rostro de la muerte. Todos sabían que estaban muertos, pero disimulaban.
Poco a poco, la gente se fue apartando de Antonio Gómez, cruzaban a la otra acera para no encontrarse con él, tomaban otro camino si le veían acercarse, porque tenían miedo de sus ojos, de la inquietante profundidad de su mirada. Y así Antonio Gómez se fue alejando más del mundo que le rodeaba. Pasaba casi el día entero en el cementerio, allí le parecía que todo era verdad, que nadie trataba de engañarle, que los muertos se sabían muertos y se conformaban. Comenzó a hablar con ellos, su madre le dijo que no era bueno que estuviese tanto tiempo allí, que le convenía encontrar una mujer con la que compartir la vida, ser como los demás. Pero él prefería el cementerio. Así conoció a María, ante cuya lápida pasaba horas enteras, ella le explicó que nunca había conocido el amor verdadero, que en sus cuarenta años de vida siempre se había sentido sola y había añorado el formar una familia, tener hijos, una ilusión para afrontar el futuro. Pero que había muerto sin conseguirlo. Él comenzó a sentir por ella una rara sensación que le producía un hormigueo en el estómago. Ninguna mujer viva le había provocado ese sentimiento. Y ahora, que todo lo veía diferente, que sabía que la vida era mentira, una especie de sueño en el que cada cual se cree vivo, sintió que se podía enamorar de una muerta lo mismo que uno se enamora de las cosas inalcanzables y bellas, como un atardecer de otoño o el sonido del viento ululando entre las ramas de los árboles. Antonio Gómez le ofreció a María un amor verdadero. “Es demasiado tarde”, le dijo ella. “Ya no soy sino un simple recuerdo”. Pero él acarició su nombre grabado en la piedra y contestó que la verdad y la mentira, lo cierto y lo falso, la realidad y el sueño no eran nada, resultaban palabras insignificantes al lado de lo que sentía por ella. Los otros muertos le felicitaron como se felicita a un novio que acaba de declararse. Algunas mujeres derramaron unas lágrimas, que corrían por las losas como finas gotas de lluvia.
Al día siguiente, los vecinos de Antonio Gómez sintieron una cierta alarma cuando vieron que no había regresado a su casa. Llamaron a la puerta, pero nadie contestó. Alguien insinuó que seguramente habría pasado la noche en el cementerio. “Tiene perdida la cabeza y es posible que haya cometido una locura”, murmuraron. Y se dirigieron en grupo al cementerio. Antonio Gómez les miró como siempre les miraba, les vio tal cual eran. Estaba de rodillas, ante la sepultura de María, jurándole amor eterno. Nadie se atrevió a apartarlo de ese lugar hasta que muchos días después se comprobó que había muerto de inanición. Los que lo vieron sintieron despertar en sus almas un presentimiento y comenzaron a mirarse unos a otros de un modo extraño, con esa mirada que traspasa, que ve más allá de lo visible.

Amado Gómez Ugarte